Brenda : 22

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Brenda : 22
En la avenida​
 de Eduardo Acevedo Díaz

-Seguiremos por esta avenida de la derecha -dijo Areba, mirando para atrás-. La de la izquierda está más solitaria, como para un secreto...

-A la verdad -repuso Bafil, dejándose llevar por su compañera y fijando en ella una mirada ardiente-, que yo me siento con disposición de revelar alguno. ¡Esta noche no se parece en nada a mis otras noches!

-No pocos de los que en el baile se encuentran, amigo mío, pueden decir lo mismo. De todas las noches mal dormidas y peor empleadas, quizás ésta sea la única excepción, porque siquiera se ofrece como tregua para retemplar el espíritu con satisfacciones y goces morales, de que sólo se acuerdan aquellos que los han desdeñado, cuando los placeres bajos y los deleites obtenidos con mengua de la inocencia y el amor, les advierten que la copa se ha apurado, y que es preciso refinar el gusto para mantener la ilusión que rebajaron al nivel de las seducciones indignas.

Me refiero a varios de los que ahí están -continuó Areba con sorna-. Parecen contemplarse a sí mismos, sin tener para nada en cuenta sus impurezas.

-¡Sensualismos en cuerpo y alma! -arguyó Zelmar.

-Habrá usted visto que también hay poetas que no dicen nada que se parezca a versos. Todos temen comprometerse. Ya no es el tiempo de antes, de ingenuidades y estrofas. Si usted abandona a uno de esos soñadores en una selva, será capaz de cantar en loor de las mismas espinas, que otros nos suelen ceñir en las sienes; pero colóquelos al lado de una mujer de corazón, y ya los tendrá mudos como un arpa rota, como si la poesía no más que emana de nuestro sexo les atrofiara el numen y les matase la palabra en la raíz.

-Son inmigrantes de la altura: en materia de amor, se alimentan de infusorios.

Conque...

-Están otros que no son poetas: bien lo habrá observado usted peor aún. Me fastidian hombres que, aparte de eso, tienen cabezas de chingolo. Creen que bastan los bigotes para ser varones. No les saca usted de la mecánica del baile. Mueven las piernas y apenas los labios, y la razón es obvia: se imaginan que en la gracia de la pirueta estriba el secreto del prestigio.

-¡Tallas de chorlito! Iba a decir...

-No por eso se figure usted que hablo de todos. Salvo las debidas excepciones. En esto de hacerse querer, las pretensiones son muchas y los méritos pocos. Para sacar aquí un candidato -me deslizó no hace una hora Julieta al oído, yendo del brazo de un escribano respetable-, sería preciso votar con fraude.

-¡Oh inconsolable Julieta!

-No se burle usted, que en rigor decía verdad; hay muchos entretenidos en desperdiciar sus años. Con este motivo la recordé que ella hacía mal en tener afición tan loca para embalsamar pájaros, que así hace Julieta con sus ilusiones; y entusiasmo tan grande por una rana que toca el violín, firme sobre dos pies, y que ella enseña a todos, sin advertir que ésta es una imagen fiel del solterón que se solaza a solas, ¡como hay tantos en nuestro pequeño mundo!

-¡Cierto que solazarse a solas con un violín es una iniquidad!... Vea usted, Areba: yo estoy resuelto a no ser comparado con una rana; y me siento con disposiciones excelentes para abordar el problema con toda madurez. No sé por qué en este momento mismo el corazón se impacienta, como si una influencia muy cercana perturbase la normalidad de sus funciones.

Areba miró para atrás, sonriose y apoyó con más fuerza su brazo en el de su compañero, que se había callado.

-¿Qué más? -preguntó con aire seductor y levantándose un poco la falda con ademán altivo.

-Que me siento apasionado de veras, mi bella amiga, e impelido de una vez a manifestarlo; porque tengo aquí en el fondo del pecho un ansia profunda y en la mente excitada, una imagen que supera al común de los humanos, y se identifica con sus aspiraciones secretas...

-¿Será acaso -le interrumpió la joven fríamente-, una mujer hermosa de tipo hebreo, con ojos y cabellos muy negros, cintura de junco, melancólica, pero ardorosa e ingenua, que tal vez no está aquí?

Turbose un poco Zelmar; mas luego repuso con firmeza:

-No conozco ninguna de tales calidades. Aquella a quien yo me refiero se encuentra a mi lado.

Areba dejó oír su risa armoniosa, y abriendo de golpe el abanico, interrogó con mucha gravedad:

-¿Cuándo se recibe usted de médico, amigo mío?

-¿Tanto interesa eso a usted?

-Mucho, ciertamente. Necesito de sus servicios profesionales en bien de mis protegidos, y quiero que sea usted el médico de casa. ¿Desagradale acaso esta proposición?

-De ningún modo, y agradezco desde luego efusivamente ese honor. Marcho en breve a Buenos Aires para obtener el diploma y quedar enseguida a las órdenes de cliente tan distinguida.

Y sintiendo aún Bafil la acritud y la dureza singular del tono empleado por la joven, agregó con acento simpático y triste:

-¿Por qué me hace usted sufrir, Areba?

Puso ella un dedo en los labios, y se detuvo creyendo percibir allá en la parte opuesta la voz del doctor de Selis.

-Volvamos en busca de Brenda -dijo-. Es preciso que no se califiquen nuestros actos de inconveniencias.

Las dos parejas se habían separado cuando bajaron al jardín, al llegar al ángulo formado por el bosquecillo; siguiendo de Selis por la avenida de la izquierda, e internándose en ella, antes que Brenda pudiera darse cuenta de la separación, entre la concurrencia que animaba hasta allí la plazoleta.

De Selis había ido revistiéndose de resolución a medida que el sitio se hacía poco a poco más solitario; Brenda era presa de un malestar visible, y de vez en cuando volvía el rostro hacia el camino recorrido, como presintiendo una escena penosa.

Había hecho alguna insinuación de regresar, sin ser atendida, en presencia de árboles altos y hojosos que aparecían más tupidos por las enredaderas que culebreaban en todas direcciones o se exhibían como prolongados setos de siempreverde, doradas ligeramente por el resplandor de escasas luminarias esparcidas acá y acullá, cual enormes coleópteros inmóviles en los troncos. Los mil brillos rutilantes de la altura, y la atmósfera en calma, el silencio majestuoso, apenas interrumpido por rozamientos de élitros de grillos campestres, y uno que otro trino aislado cuando una ráfaga leve producía murmullo entre las hojas, a manera de suave beso robado al sueño, daban un aspecto solemne a aquel lugar, adonde llegaban flébiles y perdidos los ecos de la fiesta, permitiendo oír las estridulaciones misteriosas, y las trovas tenues y suspirantes de la noche. Lucían en la yerba de los flancos los lampíridos verde-dorados que cantara Klopstock, y en gran número giraban otros en el aire como una lluvia de meteoros diminutos, que concluían por sembrar primero de chispas fosforescentes las copas altivas, y bajaban luego a confundirse amantes y encelados, con las lentejuelas de oro del manto de esmeralda. Alguna vez, de la parte del lago salían notas roncas de los palmípedos -preludios de fagot- que anunciaban el alba; y se estremecía el pequeño mundo invisible bajo su capa de césped y rocío, cual si pasara sobre él algún mensajero alado modulando risueño el himno de la aurora.

Brenda sintió de súbito el frío de la soledad, toda trémula e inquieta. Su brazo empezó a resistirse por momentos, y al fin se detuvo con firmeza.

-Hemos avanzado mucho -dijo conmovida-, y tiempo es ya de regresar.

-Deseo enseñar a usted las bellezas del lago que está allí cerca, y que ha atraído también su concurrencia... ¡Por qué esa obstinación! ¿Tengo acaso la desgracia de no inspirarla confianza, Brenda?

-Este lugar está desierto, y no me agrada. Bien ve usted que estoy afligida. Volvamos...

-¡Oh! el sitio es escogido, como para almas enamoradas -replicó de Selis con pasión-. Nada tema usted ¿Por qué tan cruel conmigo? Yo pensaba que en su pecho ya había hallado un eco mi perpetuo ruego, y bien lo merece el grande amor que usted me inspira. ¿Habré de consumirme estérilmente en mi propio fuego, o habré de esperar que su corazón acepte con la misma vehemencia la ofrenda del mío?

-¡No diga usted esas cosas ahora que me siento estremecida, por favor!... Esos árboles tan altos y tan negros. ¿Y no siente usted ese canto triste?

-Por favor, digo también, Brenda, ¡un instante más! ¿He cambiado de figura hasta el punto de despertar en usted un sentimiento de repugnancia o de terror?

-No es eso... pero no me encuentro tranquila aquí. ¡Ruego a usted que regresemos!...

-Antes ha de disipar usted las angustias que me devoran, aunque sea con una sola frase de cariño -dijo de Selis con acento concentrado y ademán febril. ¡Cese usted de ser inexorable!

-Si yo nunca le quise mal...

-¡No: otra cosa es la que deseo -exclamó de Selis airado, y cogiendo con fuerza la mano yerta de la joven-; quiero su amor, a eso aspiro hace tiempo, a eso anhelo con todo ahínco, y ahora exijo una palabra final que mate la zozobra cruel, o que destroce de un golpe mi corazón. Hable usted, y brote de su boca una esperanza o una repulsa, que yo no puedo vivir en la duda, más amarga que un tósigo letal, y más mortificante que su desprecio; y sus labios han de abrirse en este momento solemne, que va a decidir del mío y de su propio destino, o el vértigo se apodera de mi cerebro y no respondo de mí mismo!...

Brenda vio llena de pavor una llamarada siniestra en el rostro del doctor de Selis, que se acercó al de ella, desencajado y lívido, y sintió en su mano un estrujamiento enérgico y doloroso.

Quedose intensamente pálida, y espiró una queja en su garganta, que pareció anudarse con un anillo de hierro.

-¿Nada dice usted? -prorrumpió de Selis excitado y violento, sacudiendo aquel junco fino y endeble, como pudiera hacerlo un viento impetuoso-. ¡Ah! no ignoro la causa de esta actitud sin piedad, helada y soberbia... Conozco que fui imbécil en pretender arrancar de su pecho la pasión que por otro hombre alimenta; ¡pero él no será más feliz, porque trataré de abrir un abismo insondable entre los dos, porque él no será suyo ni usted de él, mientras la amargura que agria mis entrañas inspire mi pasión desgraciada, bañándola en la hiel negra del odio, mientras yo sienta irresistibles ansias de poseerla y de no permitir que otro se goce en mi dolor!

La joven, demudada, temblorosa, con los párpados caídos y el seno palpitante, parecía no escuchar nada.

¡Cuán bella surgía de las sombras, con su traje de baile y su cabellera undosa y reluciente de angélica aureola!

De Selis la atrajo de la cintura, clavando en su semblante de lirio una mirada ansiosa y lúbrica.

La tentación se dibujó en su cara descompuesta; dilatáronse sus labios delgados para dar paso a una sonrisa maligna, y le agitó algún pensamiento lascivo... ¡Aquel simple espasmo le prometía la impunidad, y él estaba dominado todavía por el vértigo!

Pero de pronto, como si en rigor sintiese en su sopor la proximidad de un peligro, y el aliento de una pasión siniestra e impura, arrancase Brenda de los brazos que la oprimen con un movimiento enérgico, alejase algunos pasos tambaleante, vacila, cae de rodillas, uniendo sus manos y lanzando un sollozo ahogado.

De Selis avanzó mudo, presa de una agitación extrema. ¡Qué funesto delirio bajo su cráneo!

En ese instante, entreabriéronse las ramas inferiores de los árboles, abatidas vigorosamente y un hombre se lanzó al sendero, con la cabeza descubierta, pálido y ceñudo.

Toda esta escena fue breve, rápida, sin intervalo sensible entre el pensamiento y la acción.

Brenda se alzó con un grito de alegría al reconocer a Raúl, y corrió a refugiarse su lado, temblando, extenuada, casi sin fuerzas; y él la apoyó la cabeza en su pecho, diciendo con una calma que envolvía profundo desprecio:

-Nada tienes ya que temer.

-¡Había estado usted escuchando! -exclamó de Selis con aire iracundo y cruzándose de brazos, como para contener un arranque agresivo.

-El acaso me colocó ahí -repuso Raúl en voz baja, breve, incisiva-; y he oído sin desearlo ni quererlo. ¡Feliz casualidad que me hizo testigo de la infame aventura! Quedo advertido de sus extremos, y aguardo desde ahora el cumplimiento de las amenazas, para darme el triste goce de ver ahogar sus instintos en la baba de su propia locura!

De Selis quiso abalanzarse colérico: una nube de sangre se agolpó a sus ojos. Henares alargó el brazo acerado y nervudo.

-¡Ni un paso más -añadió con firmeza-, o no respeto el sitio y trasciende el vergonzoso episodio!

Y estrechando de nuevo la cabeza de Brenda, que se había puesto de por medio desolada:

-¡Así! -dijo vehemente y enconado-; así como en aquella noche en que te hallé llorando a la puerta de ése que está delante, cuando de él implorabas auxilio para tu madre moribunda; conócele, si ya no lo has adivinado: ¡ése era!... ese fue, el que sordo a tu ruego se negó a asistir a la enferma que agonizaba en el aislamiento; y ahora que lo sabes...

-¡Ah! -exclamó Brenda, con un grito herido, volviendo sus ojos asombrados a de Selis y afirmándose con crispados dedos al brazo de Henares.

La inesperada revelación había hecho reaccionar todo su ser, esparciendo por su fisonomía una expresión dura y rígida, que dejó el llanto pronto a brotar pendiente de sus párpados, como gotas que congela de improviso una ráfaga helada.

Lastener de Selis, inclinó la frente, y fue retrocediendo con lentitud, torva la mirada y los brazos caídos. Zumbaba en su redor un enjambre de recuerdos.

-¡Y ahora que lo sabes -prosiguió Raúl implacable-, castiga su osadía, confundiéndolo con tu repulsa!

De Selis sonrió de una manera sardónica al oír estas palabras, levantó el brazo con ademán convulso, y alejose silencioso hacia el lago.

Volvíanse de allí, a paso lento, algunas parejas. Pocos minutos después de esta escena, Brenda, y Raúl se encontraban en la plazuela con Areba y Zelmar.

La señorita de Linares sufrió una impresión violenta. La sorpresa embargó al principio su voz, e hizo divagar sus ojos por todas partes, cual si en alguna pudiese descubrir la clave del secreto que de tal modo sobrecogía de súbito su ánimo. Ningún indicio, sin embargo, la dio luz.

-¡Qué bien afirmó la alidada! -se dijo con estupor.

Bafil, por su parte, abrió cuan grandes eran los suyos con el más profundo asombro, y no pudo a menos de murmurar, riendo sin escrúpulo:

-¡Es un colmo salir al jardín sin compañera, y volverse del lago, nada menos que con la reina del baile; y un colmo mayor el del doctor de Selis, que ha hecho una gran perdiz, antes de empezarse los lanceros!

-¿Me explicarás, Raúl -dijo luego, en voz alta-, el origen de este enigma?

Areba estrujó su fino pañuelo de manos, febril y nerviosa. Se sentía seriamente contrariada.

-No reviste el hecho tal carácter -contestó Henares sonriendo, reposado y tranquilo-. Habíamos acordado con la señorita de Delfor formar pareja para el primer vals que se siguiese a los últimos lanceros; y de una manera casual nos encontramos en la avenida del lago, cuando resonaban ya en el salón aquellas armonías. Me apresuré entonces al reclamo, y Brenda defirió galantemente, así como su compañero, el doctor de Selis, que abdicó de un modo delicado el derecho de restituirla a los salones.

Mordiose Areba los labios con gesto de incredulidad.

Brenda está pálida como una muerta -pensó: ¿Qué habrá ocurrido?

-¡La señorita de Delfor con el caballero Henares! -dijo de improviso una voz a su oído, llena de curiosidad y sorpresa.

Volviose Areba, encontrándose con el rostro cetrino de Julieta, que se había abierto paso entre otras muchas parejas que llenaban aquel sitio. Traía a remolque a su joven poeta.

-Vi salir del salón las dos parejas, y me supuse que buscaban tregua en el jardín, que está tan delicioso. Si he de ser franca, tuve envidia y me lancé a mi vez...

-Pero, ¿qué pasa, Areba? ¡Estas cosas raras! Confieso que me desorientan. No veo aquí al doctor de Selis.

Y señaló la hermosa pareja que caminaba delante, cambiándose frases en acento muy bajo, sin preocuparse al parecer de otro mundo que el reflejado en las pupilas de dama y caballero.

-De todo quieres hacer problema, Julieta -respondió Areba con una sonrisa afectuosa-. Lo que resulta sencillamente del hecho, es que mi querida Brenda está en alza, y se la disputan con ahínco. ¡Estoy segura que ha de llevar fuertes impresiones de la fiesta!

-Ya se ve... Me felicito por Tula.

¡Qué callado va el doctor Bafil!

-A la verdad, iba juntando los extremos de esta delgada red cuyo tejido se aprieta por momentos, mi enciclopédica amiga; por más que todo parezca muy natural, como dice Areba.

Y sin dar oídas a una ocurrencia picante de Julieta, se dijo: ¡Es preciso ponerse en guardia! Areba misma está prevenida contra mí, y mucho me temo que Raúl y yo seamos las víctimas expiatorias del amor y del orgullo.

Subían ya la gradería marmórea que en forma de herradura daba acceso al vestíbulo. Por las puertas y grandes ojivas del frente brotaban raudales de claridad y armonías mezcladas al bullicio entusiasta y atrayente de las voces y risas sonoras. El baile duplicaba sus encantos y seducciones a medida que avanzaba con el alba la hora de la partida, como si recién entonces se pusieran en juego los ocultos resortes del deseo reprimido, y se abriesen las válvulas de la expansión y del contento.

Areba invitó a Brenda a pasar al tocador, lanzando a Raúl una mirada escudriñadora y sostenida.

Una vez allí oprimió la mano de su amiga, fría bajo el guante, y la dijo con un acento indefinible:

-Estás muy pálida, querida amiga. Arregla tu semblante y reprime un poco las palpitaciones violentas que te agitan.

Aquí tienes una esencia que te hará bien. Tú sufres: ¿no es verdad?

-No, mi buena amiga; no tengo motivo de malestar, y te agradezco el afectuoso interés. La fiesta está muy brillante y me deleita... Ya sabes que me es fácil palidecer, y que soy algo nerviosa.

-No tanto: ¡aspira! -repuso Areba, rozando su pecho con el de la joven-. ¡Cómo golpea tu corazón! Alguna cosa triste te ha sobrecogido y la congoja ha dejado un rastro notable en tu frente y en tus ojos, tan bellos. ¿Ya no me quieres?

-¡Oh, siempre! ¿Por qué lo dudas?... Pero nada tengo. Tú eres la que pareces no ser la misma, mi hermosa Areba... y yo no sé si te hice algún daño, sin quererlo.

-¡Ninguno! -murmuró Areba estremecida-. Yo deseo tu dicha. Deja que te arregle las flores del cabello.

Y la besó suavemente, con su boca llena de calor. Brenda sintió en su mejilla, todavía helada, como un botón de fuego.

En tanto, Zelmar, aguardando de pie con Raúl junto a la puerta, decía a su amigo.

-Mañana hablaremos. Ya es tiempo de que seas franco; por mi parte lo seré. Has hecho una aparición con ruido; todos los ojos investigan; se susurran misterios, y algo preveo de complicado en lo futuro. Hay que prepararse.

-Bien.

-Me consuela el hecho de que no hayas dado en un árbol con el cráneo de Lastener de Selis, pues lo veo cruzar por los intercolumnios con la bellísima Tula. Eso prueba que procedes con admirable discreción y que el plan es matemático. Si adviertes que la señora de Nerva tiene fija su vista en nosotros, en tanto conversa con el señor Stewart, te penetrarás de la conveniencia de que abandones a Brenda, inmediatamente de su salida del tocador. Algunas frases recogidas al acaso, me han prevenido un poco de lo que ocurre; lo demás lo adivino. Convendría que cambiáramos de compañeras; aunque muy solicitada, Areba hará de ti absoluta distinción.

-Acepto.

En ese momento aparecían las dos jóvenes del brazo en el umbral: radiante la una y fascinadora la otra, con sus vestidos colores rosa y marfil, de correcta armonía con el tipo de belleza peculiar a cada una. Brenda estaba más tranquila; Areba impasible.

Varios caballeros esperaban allí cerca su turno, con la impaciencia propia de la vanidad comprometida.

Zelmar se apresuró a decir:

-Ha concluido el vals, Brenda. Reclamo ahora su favor, si es que usted se ha dignado reservarme un lugar en su programa.

Los jóvenes se miraron; pero la hesitación duró poco. Sonriose Areba, y Brenda dio su brazo a Bafil.

Raúl se había acercado a la primera, quien sin poner en ello atención, se excusaba graciosamente con otros solicitantes. Después volvió el rostro con aire risueño, y tendió su mano al joven en silencio. Henares comprendió que no se había ocultado a Areba la causa de la evolución; y aparte de eso, experimentó a su pesar la misma emoción de otras veces, aunque más acentuada ahora, al sentir en su brazo el contacto del de ella.

En su pasada visita a casa de la señorita de Linares, de forma breve y discreta, efectuada como un deber de cortesanía, a que habíalo obligado una manifestación de gratitud, los cumplimientos y frases se mantuvieron dentro de los límites de una política fría y reservada. En el instante actual, y enmedio de los entusiasmos del baile, fácil sería que el concepto encubriese mayor intención y el amor propio alcanzara a rozar susceptibilidades mal encubiertas.

La interesante pareja, confundiéndose en el núcleo selecto, sin tomar parte activa en la agitación de la danza, mantuvo diversos diálogos animados. Manifestose Areba dulce y afectuosa, con esa gracia llena de encanto con que reviste sus menores gestos una mujer que aspira a conquistar la simpatía de un hombre de mérito, poniendo de relieve la faz más brillante de su espíritu y apelando a los recursos secretos de la seducción, cuando no del amor que la conmueve y ansia por surgir, estremeciendo sus fibras y sus labios a cada palabra o a cada aliento.

En uno de sus paseos, cambió un saludo con Lastener de Selis, y observó la fisonomía de su compañero. Raúl habíase conservado inalterable y grave.

Ella lo llevó a una ventana abierta, que daba al jardín. Parose delante, y apoyose con languidez y abandono en el brazo de Henares, aspirando una flor que había en parte deshojado distraída. Llevaban ya algunos momentos de silencio. De vez en cuando, notaba el joven que ella ponía en los suyos sus ojos rasgados y luminosos, con esa expresión profunda que envuelve todo un poema de esperanzas; y sufría los vagos estremecimientos que provoca la proximidad del misterio o del peligro. La cabellera de la joven, casi rozando sus mejillas en cada movimiento lento y voluptuoso, exhalaba un suave bálsamo que iba al sentido en inhalaciones sutiles; y alguna vez sintió cómo una llamarada de fiebre, cuando Areba volviéndose de frente al salón con lentitud, sin abandonar su brazo, se acercó bien a él y miró por arriba de su hombro, suspirante, dejando a una línea de su vista el rostro anacarado, y los labios húmedos, rojos, entreabiertos.

Quiso desviarla; pero ella, sin moverse y ciñendo con más fuerza su brazo, lo miró en las pupilas con un reflejo intenso de amor y de despecho, obligándole a incendiarse en su luz y a empalidecer bajo la influencia de la emoción. Siguieron los dos callados. Irradió de placer el semblante de Areba, y de pronto dijo, con acento tan ledo y suave como un hálito:

-¿Se acuerda usted del tordillo negro?

A esta pregunta, que pareció arrancarle de un sueño, Raúl experimentó una sacudida, algo semejante a un desgarramiento interior, y transfigurose su rostro por completo. Areba se alarmó, agregando solícita y con un fondo de tristeza:

-¡Nunca creí que mis palabras producirían tal efecto! Dígnese usted disculparme, si fuí imprudente... Me refería al lance del Prado.

-¡Oh no! -repuso Raúl pasando la mano por su sien.

-Usted es la que debe perdonarme... No he podido reprimirme, pues sus palabras evocaron en mi memoria lejanos recuerdos, muy distintos a aquel que ellas tendían a despertar.

-¡Singular coincidencia!

Me acuerdo, Areba. Grande fue mi dicha, de poder merecer desde entonces el aprecio de un espíritu delicado y noble.

Removiéronse los labios de la joven en silencio. Luego dijo:

-Era lo menos que podía dispensarse al autor de acción tan generosa.

-¿Lo menos?

-Las mujeres llevamos siempre muy lejos nuestra admiración o gratitud: para un momento de verdadero sacrificio en el hombre en nuestro obsequio, solemos reservar años de... dulce recuerdo.

Raúl se puso pensativo. Ella lo atrajo hacia sí, y echó a andar despacio. El joven podía sentir los latidos de aquel pecho turgente, algo más precipitados que lo natural, y descubrir en Areba un signo inequívoco de pesar hondo y dominante, mezclado a su gesto de altivez.

Preocupábale la frase que había motivado su sobresalto, y con ella el episodio del pasado, que cada día revestía nuevas formas en su espíritu.

Areba continuó silenciosa un intervalo regular, hasta que levantó nuevamente los ojos hacia él, viendo cruzar a Brenda con Bafil por medio del salón.

-Incomparable como una diosa está la huérfana -dijo.

Pareciole a Raúl que la última palabra envolvía una ironía cruel y sangrienta; y un segundo estremecimiento agitó todas sus fibras. Sobre esta palabra recalcó Areba, dejándola caer como una plomada en el ánimo del joven. Observó él también, que su compañera no era ya la misma: un aspecto glacial había reemplazado de súbito, al aire simpático y afable, en su rostro de líneas esculturales. Apeló entonces a las energías de su carácter, para ahogar la penosa impresión e imponerse el silencio, recordando las advertencias de Zelmar.

Felizmente, aquel estado violento de su espíritu duró poco. Muchos eran los admiradores de la señorita de Linares, y Raúl fue muy en breve reemplazado. Areba le estrechó la mano consagrándole una sonrisa, y manteniéndose inmóvil, en tanto él se apartaba algunos pasos para retirarse.

Media hora después, cuando el baile tocaba a su fin, Julieta se acercó a Areba, trayéndose a priesa, como de costumbre, a un compañero, que era esta vez una persona seria y flemática, ya entrada en años, del cuerpo consular, con un distintivo rojo en el frac y un lente en el ojo izquierdo. Este caballero trataba de mantener su aplomo y su tiesura en el remolque, evitando poner el pie en las faldas de raso, y haciendo respetuosas cortesías, en tanto su pareja tirándole de la muñeca, se abría camino por entre la concurrencia.

Julieta se inclinó al oído de su amiga, con los ojos brillantes y el aire misterioso, diciéndola:

-Mañana te contaré lo ocurrido en la avenida... ¡Estoy bien enterada! Me dio datos Casilda, que volvía del lago delante de otras parejas, y pudo oír cosas de sumo interés... Pero, ¿has visto los aires de Tula del brazo del doctor de Selis? ¡Ya hecha, una alcorza!


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