Brenda : 24

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Brenda : 24
Del tocador al cupé​
 de Eduardo Acevedo Díaz

Abnegación sincera, denuedo estoico, intrepidez tranquila como si se tratase de una actitud de conquista ante una mujer hermosa: esto es poco común, y por lo mismo envidiable y atrayente. Comprendo ahora por que mi ánimo, de suyo prevenido, se exalta y admira, a pesar de todo... ¡Inclina el corazón de veras! ¿Cómo explicarse, sino, aquel cariño virginal, intenso, al héroe sombrío, en el drama de los celos, cariño que a su vez suscita un amor salvaje en la dura entraña del león célibe, embriagado hasta entonces con el aroma del desierto y el humo de la gloria?... Prueba de que para un alma exigente, el amante debe ser entero; pero algo más que el negro paladín. Voluntad firme e inteligencia superior: ¡qué carácter profundo! Únase a eso el modelo anatómico, aunque el rostro no sea bello, y se obtendrá un tipo soberbio esculpido en carne; por dentro y fuera al varón fuerte, capaz de ese amor humano, ardiente, generoso, que desborda y palpita, arrastra y subyuga, haciendo gozar y sufrir con la poesía encantadora, unida a la misma la fría realidad del mundo. Debieran ser muchos los hombres así, en esta tierra ardorosa e inquieta donde he nacido: uno he encontrado a mi paso en un minuto de peligro, no sé si para persuadirme de que no me engañaba al soñar que lo encontraría algún día, tal como lo había anhelado en mis horas silenciosas, o para convencerme de que al suspirarlo con tanto ardor, estaba yo lejos de constituir el ideal de su mente. ¡Compulsamos siempre las fuerzas propias, para tentar una victoria sobre el mérito o el carácter que nos cautiva; pero rara vez incluimos en el inventario ese algo incomprensible y fatal que interviene en el génesis de la pasión, ajeno a nuestra voluntad, y que viene a ser el primordio de la lucha en que se goza a la idea de ser una dominada y vencida!...

Así pensaba Areba, una tarde, de pie delante de un espejo, dándose la última mano a su peinado. Hacía poco que había dejado el baño, y respirábase a su alrededor una atmósfera saturada de esencias. Concluido el arreglo y el adorno de su persona, en traje de paseo, entreteníase en llamar leves y graciosas ondas de su negro cabello hacia la frente tersa y blanca, con esa natural coquetería de la que confía a los detalles la misión de encarecer el conjunto. Estaba muy hermosa, Zelmar la habría hallado insuperable. Más de una ocasión compúsose las cejas, y mirose la dentadura; concluyendo por anudar de una manera airosa en su cuello enhiesto de extrema blancura, una cinta muy delgada de terciopelo negro, de la que pendía una pequeña cruz de oro.

Dirigiose después a la antesala y allí permaneció algunos instantes en actitud de espera. Mientras se calzaba los guantes de estación con cierta impaciencia visible, su mente en incesante actividad seguía pidiendo materiales a la memoria y coordinando extraños pensamientos.

Mucha fue su conmoción -se decía-, en la noche del baile, cuando le recordé el episodio de los tordillos negros. ¡Se comprende! Lo trabaja la conciencia. Me singularicé a propósito, y la alusión llegó al fondo, de un modo repentino e inesperado. Tentaremos los últimos esfuerzos, ahora que parece ya estar él prevenido. ¿Cómo hacer para que el doctor de Selis gane terreno?... El asunto puede complicarse de un momento a otro, y sobrevenir un desenlace imprevisto y fatal, dada la aventura de aquella noche, en la avenida del lago; porque en definitiva, los dos pretendientes no han hecho más que postergar un encuentro, de suyo inevitable, que haya de dirimir violentamente acaso la doble cuestión de amor y dignidad... Esto sería muy grave, y estoy muy lejos de desear que él arriesgue su vida, que me es tan cara como puede serlo para Brenda.

Areba volvió de pronto el rostro, al ruido de pasos. El señor Perea apareció en el dintel, saludando con mesura y respeto. Como viese que Areba se encontraba en disposición de salir, apresurose a dar un paso atrás, diciendo:

-Volveré en otro instante, señorita...

-No, don Leoncio: hablaremos de pie. ¿Tiene usted algo de nuevo que comunicarme en lo relativo a mis instrucciones?

-Sí, señorita. Con arreglo a ellas me trasladé hoy a la casa del finado Carlo Roveda, para atender a vista de ojos las necesidades de su hija. Parece que las gentes del barrio han llegado a compadecerla un poco, a causa de hallarse enferma y abatida.

-¡Pobre Cantarela, ¿qué la aqueja?

-Dicen que fiebre, y mucha, desde el día en que murió el pescador; de manera que no ha sido posible transportarla a otro sitio. Delira a cada hora.

-Es preciso que la asista un médico de confianza, Perea; y ya sabe usted que el doctor de Selis lo es de la casa. Provea usted al caso, sin perjuicio de una recomendación particular mía... ¿Tuvo usted ocasión de verla y de oírla?

-Sí, señorita. Hablaba cosas de trastorno.

Areba quedó un instante en suspenso. Luego agregó:

-Yo deseo verla, don Leoncio, quizás esta misma noche, y usted me acompañará. ¿Se atribuye su dolencia a la muerte del padre, exclusivamente?

Perea hizo un gesto muy grave, acomodándose los espejuelos en mitad de la nariz; y contestó:

-Parece ser, señorita, que hay por medio un amorío desgraciado, y que la han requebrado con perfidia, como acaece en estos tiempos.

Mordiose el labio la joven, murmurando, cual si hablase consigo misma:

-¡Hazañas de Zelmar!... Es cierto. Caso frecuente, don Leoncio, en éstas como en épocas antiguas, y siempre que haya corazones excesivamente tiernos y apasionados. Por lo general, la mujer no ha de variar mientras el hombre no cambie; una dependencia absoluta perpetúa los infortunios, o los prepara... ¡Qué crueldad inútil! ¿No lo cree usted así?

-Es un evangelio. Abundan los mancebos llenos de impudicia, que atacan a la debilidad con arte diabólico...

-Aunque la víctima se esconda entre las redes, Perea. Tienen olfato de felinos, los que cuando una vez gustan de carne fresca y rosada, constituyen un peligro permanente. ¡Lástima grande que no haya para ellos trampas especiales!

-Verdad que no existe escondrijo que valga, señorita; todo lo husmean esos libertinos. El progreso del siglo no ha hecho mucho, a mi parecer, por un invento eficaz...

-Por el contrario, ha facilitado los refinamientos, a juzgar por lo que ocurre todos los días, hasta incitar al saboreo del fruto ajeno... En sus buenos años, don Leoncio, las mujeres no usaban escote, ni exhibían la garganta del pie; y los novios sólo se permitían besarse en la punta de los dedos, allí donde se sentían los últimos estremecimientos de la palpitación.

-Muy cierto. Se hacía el amor a dosis, con todo recato. ¡Oh, la educación era correcta! En el templo, el velo discreto; en el paseo, los ojos bajos y pudorosos; en el baile, nada de roces inconvenientes. Con las reservas necesarias, andaba mucha virtud por el mundo. Las visitas tenían su hora y término fijos; de sobremesa se rezaba el rosario; al toque de ánimas, la plegaria; la malilla y el dominó, a las nueve; los enamorados cerca de los ancianos, para oír sanos consejos. ¡Ah, mi respetable señorita, de aquella moral sólo quedan vestigios!

-Muy rigurosa era. Bello tiempo me pinta usted, aquel en que los jóvenes no eran capaces de juntarse los labios, ni a hurtadillas, siquiera para chupar un poco de miel, con el mismo derecho que la abeja o la avispa. Un algo desabrida, se andaba esa virtud... ¿Nunca vio usted una liga ceñida a una pierna hermosa, Perea?

Ruborizose bastante don Leoncio, tosiendo con dificultad y pestañeando con alguna agitación. Estaba escandalizado.

Areba le miraba a través del velo que cubría en parte su rostro, con sus grandes ojos luminosos, llenos de malicia. Tal vez Perea, al experimentar fuerte temblor en su flaco cuerpecillo, se condolía en ese momento de no ser un mancebo de boca encendida como roja flor, para contestar debidamente a aquella graciosa y gentil burlona; pero, la verdad es que por su pensamiento honesto no paso nada que pudiese traducirse como un principio de pecado. Viéndole poco menos que aturdido, en el penoso conflicto de mentir o de declarar con franqueza que él no había diferido mucho del gusto de los demás, la joven salió en su ayuda, preguntando con aire serio:

-Nada me ha dicho usted sobre ese sujeto don Diego Lampo, que recomendé a usted viese.

Don Leoncio respiró lentamente.

-Me disponía a informar a usted, señorita, acerca del particular. Tuve oportunidad de verle hoy, y hame prometido venir mañana a la hora indicada, para ponerse a las órdenes de la señorita.

-Bien. No olvide usted de prevenirme de su llegada, en el acto. Lo hará usted pasar a su escritorio.

Y como Areba se dispusiese a salir, dando por terminada la conferencia apresurose el señor Perea a retirarse.

Mientras recorría la galería el digno administrador, iba diciéndose medio confuso:

-¡Líbreme Dios de conjeturas vidriosas! Pero, ¿qué puede ocurrírsele a la señorita, con un sujeto de las entretelas, dobleces y bastardías de Diego Lampo?

Areba, en tanto, condoliéndose interiormente de la suerte de Cantarela, por quien siempre se interesaba, hacía al bajar las gradas una especie de proceso de la vida de Bafil. Diversas eran las proezas que lo comprometían, con circunstancias agravantes.

Sin salirse del juicio sumario, viose pronto la joven en la vereda, en momentos en que llegaba al sitio su amiga Julieta, moviendo a todos lados la cabeza y el abanico, con un gesto estudiado parecido a sonrisa, sin duda para disimular un poco el volumen de su labio inferior de esponja, y los párpados bien levantados, para que sus pestañas, que eran negras y crespas como las cejas, aumentasen a distancia con su sombra, el tamaño de sus ojillos vivaces y escudriñadores.

Areba la saludó afablemente, invitándola a subir.

-No, mi querida amiga -apresurose a decir Julieta-; me detengo sólo a saludarte. Veo el cupé con la portezuela abierta. Voy hasta casa de Casilda, a quien debo visita. La costumbre me ha hecho pasar por aquí; sabes que mis itinerarios son fijos; y al efecto me vine por la calle 25 de Mayo, que debiera llamarse de Artigas. Conoces mi tema, y sobre él inculco siempre a mi respetable padre para que influya en sentido de modificar la nomenclatura. El amor localista ante todo, y el buen sentido por delante. ¿Por qué denominar 25 de Agosto a una calle, en vez de Libertad, y a otra 18 de Julio, en vez del Juramento, lo que es más corto y expresivo? Sobre esto venía meditando, cuando al llegar a la esquina de Ituzaingó me encontré con Guma. Me detuvo un instante la muy andariega, y conversamos sobre tópicos muy distintos, a salto de cabra... ¿Sabrás que el caballero Raúl Henares marchose hace tres días al Brasil, y que su ausencia durará un mes? Muchas cosas se dicen acerca de sus relaciones con Brenda Delfor, y se susurran misterios graves. Todos creían que tú serías la preferida, y con este motivo las nuevas ocurrencias han desorientado a las atisbadoras, que se reputan muy certeras e infalibles en sus opiniones... Por lo que a mí afecta, nunca yerro en mis juicios: ahora mismo decía a Guma que las vecindades de campo, en las condiciones de los dos jóvenes, traen por consecuencia amores de pájaros, y citas de ramas o en la espesura, como quien no quiere la cosa... Tú ves, Areba, que aquel incidente en la quinta de Stewart, de que te hablé, pone al descubierto el secreto de monja, que guardaban tan bien, y en que se envolvían los dos enamorados: ¡imposible parece que las impropiedades no se trasluzcan de aquí a poco!... ¿Qué opinas tú?

-¡Qué borbollón, Virgen santa! -exclamó Areba rompiendo un silencio estudiado, y riéndose con la mejor voluntad-. Aún no tengo pruebas de los hechos que me relatas, y me son necesarias para abrir juicio discreto. Soy enemiga de las conjeturas y de los prejuzgamientos...

-Yo tampoco prejuzgo; pero hay presunciones vehementes. No falta quien dude; fundándose en que tú, que tan íntima amistad tienes con Brenda, nada has dicho.

Areba púsose seria y repuso:

-Pues que no quieres subir, pasemos al zaguán por poco que sea lo que tengamos que conversar. ¿No lo crees conveniente?

-Como gustes. Distraeré a tu tiempo cinco minutos.

Las jóvenes entraron, deteniéndose al pie de la escalera.

-Agregan -siguió diciendo Julieta-, que la oposición de la señora de Nerva a esos amores es muy pronunciada, y que tú estás en el secreto... ¿Es tan grave, por Dios? Te aseguro que ardo en deseos de enterarme... Soy franca contigo, porque tú nunca los guardas para tu amiga. ¡Veamos, mi adorada! Una punta del velo, no más...

Mirola Areba, risueña, arreglándose un extremo del que le cubría en parte el rostro, y respondió, poniendo su pequeña mano en el hombro de Julieta

-Estoy tan afanada como tú en conocer a fondo lo que ocurre al respecto. Que ellos se han encontrado, al azar, se han dado las manos y han creado un vínculo de simpatía o amor, no me queda duda; y todo esto es muy natural. También es cierto que la señora de Nerva no gusta de la elección de su pupila, porque es sabido que siempre fue su designio -en el que creo persiste-, prepararla un enlace con el doctor de Selis, quien de mucho tiempo atrás ha logrado atraerse toda su estimación. ¿Por qué no atribuir a esta sola causa la razón de su conducta? Si acaso no fuera ésa, yo trataré de inquirir la verdadera, y te hago promesa de revelártela cuatro horas antes de que se conozca en ningún círculo social.

-Ya ves -añadió Areba, con un tono ligeramente irónico, a la vez que cariñoso-, que no es mucho el término indicado, y que ha de porfiar entre el conocimiento de la noticia y su divulgación.

-Todo por decirme bachillera...

-¡No así!

-Me reconozco algo curiosa, y me agrada estar en todos los enigmas y acertijos sociales, para no aparecer indiferente al tema hebdomadario o quincenal en los salones; pero no hasta el punto que algunos me atribuyen... ¿Sabes lo que ha dicho el atrevido Zelmar Bafil, a quien se la guardo? Que yo era la bocina de la intriga.

Riose Areba.

-Ya le conoces el buen humor; raro sería en él un día melancólico. Estuvo ayer a despedirse.

-Sabía que se marchaba. Pidió órdenes por tarjeta, y ayer mismo partió. No ignoras que va a recibirse de médico. ¿Conque vino a despedirse?

-Sí siempre me dio pruebas de aprecio. Su relación no es de hoy.

Mordiose los labios Julieta, con mal reprimido arranque, replicando:

-Es muy descortés con otras amigas... ¡Ahora se me ocurre por qué me moteja con epítetos inusitados! Yo he sido una de las que han difundido que te galantea en vano, pues que no podías perdonarle su afirmación de que toda la iniciativa del lance en el Paso del Molino se debía exclusivamente a su amigo Raúl Henares.

Una sombra rápida pasó por la frente de Areba -así como esas que proyectan en la superficie del agua tranquila nubes desgarradas.

-Ya ves -dijo-. Tú le provocas, con motivo infundado, en mi concepto. A nadie he dicho si yo lo amo o no.

-Se supone lo último, sin embargo. Más avanzaría, acerca de versiones... pero me lo reservo por el momento.

Julieta pronunció estas palabras con cierta malicia, que daba a su semblante una expresión particular, pasando sus dos manos por el talle para deshacer alguna arruga y disponiéndose a irse. El doble sentido en sus frases tenía el inconveniente de disminuir de un modo ostensible la poca gracia de su rostro. Areba se penetró del alcance de la frase, y en vez de contestarla con la rapidez y concisión que acostumbraba, rompió a reír con su risa más armoniosa, tendiéndole la mano, y acompañándola hasta la puerta.

Allí Julieta se volvió diciendo con mucha gravedad:

-Entretanto, querida, veremos cómo destruye el doctor de Selis los efectos de la revelación de Henares la noche de la aventura... ¡Aquel sí que fue episodio oscuro! Te advierto que el caso está previsto en el código penal, que consultamos con mi padre, pues él mismo no tenía muy fresca la memoria... ¡No olvides la promesa!

El reloj de la catedral daba las cinco.

Despidiose Julieta, y Areba quedó un instante en el umbral, fría y pensativa. Felicitándose de no haber confiado nada a la joven; pues sus planes y proyectos no habían tenido aún sino un principio de realización. El viaje tan imprevisto como oportuno de Henares, y el alejamiento de Bafil, iban a permitirla obrar sin inquietudes. El doctor de Selis debía recuperar, a favor de esta ausencia, y del secreto, acaso, de que ella era poseedora, el terreno ganado sin mayor esfuerzo por su rival; de lo contrario, la campaña estaba perdida irremisiblemente. ¡Gran ventura sería la de Areba, si su habilidad en este drama íntimo, en que ella desempeñaba un papel de trascendencia, puesto que su corazón estaba envuelto en los hilos de la intriga, lograba destruir un efecto quizás profundo, y aislar la personalidad de Henares de manera que, en su desaliento, buscase al fin las ternuras indecibles que para él reservaba en el fondo de su pecho y tras el escudo de su altivez! Ardua era la empresa; mas ¿por qué no luchar?...

Areba tomó asiento en su cupé, diciendo al cochero:

-¡Quinta de Nerva!


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