Brenda : 25

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Brenda : 25
Confidencias​
 de Eduardo Acevedo Díaz

A aquella misma hora, en la casa-quinta de la señora de Nerva, Brenda Delfor, después de haber acompañado a la anciana largos momentos en el patio, hacía su paseo de costumbre hasta el estanque y la choza, ya algo más tranquila sobre el estado de la enferma. La dolencia, declinando sensiblemente, tendía a desaparecer.

Caminaba la joven por la larga calle de arena del centro, reproduciendo en su memoria las impresiones sucedidas desde un mes atrás. Tenía la mente serena y el corazón sin congojas, sin duda porque sobre él llevaba a manera de talismán, la carta de Raúl. El baile en casa de Stewart; sus conversaciones con Henares; el episodio con de Selis; la actitud suspicaz y extraña de Areba; la enfermedad de su protectora; la partida de Raúl, y otros incidentes pasados, entretenían sucesivamente su pensamiento y la inclinaban a meditar con calma. Después del suceso con el doctor de Selis, la repugnancia instintiva que hacia él había sentido siempre, había tomado cuerpo y prevenídola para lo futuro. Sin embargo, en las reiteradas visitas que posteriormente hiciera de Selis a la quinta, mostrose ella inalterable, la misma que otras veces, comprendiendo que esto halagaba a la anciana viuda. Creía la joven que no sería compelida a un sacrificio, nunca, por razones diversas; la escena del lago debía haber persuadido a de Selis de la inutilidad de sus esfuerzos, aun cuando su conducta actual autorizase a sospechar de sus designios; y las revelaciones que ella hiciera a su protectora de su amor por Henares, parecían haber modificado los propósitos adversos a su destino, a juzgar por el silencio guardado desde entonces por la señora de Nerva. Las causas de amistad y estimación al doctor de Selis no eran tan poderosas que indujesen a aquélla a persistir en un enlace opuesto a su dicha. Aparte de esos motivos, ¿qué interés podía intervenir en la consumación de un acto tan violento y cuyas consecuencias no pudiese ella tal vez sobrellevar resignada? No lo concebía. Nunca pensó tampoco Brenda en un cálculo egoísta de parte de su noble bienhechora, al concertar una unión incomprensible; ni ocurriósele en ningún momento la idea de que ella llegaría a ser poseedora de una gran fortuna, a la muerte de la anciana. Con todo, el móvil que inspiraba a ésta, revelaba algún misterio. ¿Qué pensaría ella de Raúl? El concepto que se había formado del joven no parecía muy favorable, y así lo ponían en evidencia ciertas demostraciones elocuentes de que Brenda no había podido menos de condolerse. ¡Un misterio!...

Así preocupada, Brenda se detuvo, con la mano en la mejilla, frente a una calle lateral que concluía en el seto, y desde donde se divisaba la casa de Raúl. La tarde era tibia y serena. Ni una oscilación leve en las altas copas cónicas de los álamos, ni un susurro en el ramaje espeso y umbrío de los bosquecillos; el aire denso y templado, oreaba apenas la frente. La joven miró largos momentos la casa solitaria, y el ombú gigante, que extendía sus brazos hacia la ventana del gabinete, cargados de racimos verde mar: todo le pareció triste. ¡Él no estaba allí! ¡Aquel árbol inmóvil, enorme, aislado, con sus ramas inútiles para el fuego, pero cuyas hojas alivian las heridas, y cuya sombra mitiga los efectos de un sol abrasador, simbolizaba bien la soledad! Brenda siguió adelante, suspirando.

En las cercanías del estanque halló a Zambique, ocupado en remover la tierra de los bordes del sendero. Al verla, el viejo negro se incorporó, abandonando la azada, y ciñéndose su abierta carmañola negra de trabajo, que tal simulaba la raída levita de recortados faldones; una sonrisa plácida entreabrió sus grandes labios, juntando los últimos verrugones que adornaban su frente y entrecejo, y se quedó mirándola en una actitud de éxtasis profundo.

Le hizo ella un saludo cariñoso con la mano, y fuese a sentar en un ancho tronco de eucalipto, que había sido cortado por su base.

Allí se entabló entre los dos un diálogo de frases breves y cariñosas sobre asuntos familiares, sin excluirse las plantas, el riego, la poda, las flores y las aves. Zambique se revelaba locuaz y decidor en estos coloquios con Brenda, estimulado por la dulce benevolencia de la joven. Era ésta, acaso, la única excepción a su regla de sobriedad y de silencio. Ella se complacía en hacerle hablar y sonreír; de manera que era día nublado para el liberto, aquel en que no veía a la reina. Tan blanca y tan linda, producíale el efecto de una visión de luz, destacándose del verde de los árboles, con alas de abeja y rostro de imagen bendita. Se había figurado así, a los seres que no eran de este mundo. Muchas veces, en presencia de ella, arrancaba a un jazmín del Cabo que él había plantado y cuidaba asiduamente, uno de sus botones a medio abrir, níveo, delicioso, embriagador, y miraba la flor primero y el rostro de su reina después, cual si comparase el grado respectivo de encanto o de belleza; enseguida movía la cabeza, con una mueca singular, y mudo, arrojaba con desprecio el botón sobre la planta. Brenda le reñía suavemente. Zambique seguía su faena, refunfuñando contra el jazmín. En otras, cuando la joven hacía oír el piano, él se paraba frente a la ventana del salón que daba a la quinta, y allí permanecía hasta haberse extinguido la última nota. Parecíale entonces que en el intervalo de música todos los pájaros habían enmudecido. ¿Valían, acaso, más que sus dedos, sus arpadas lenguas? Cuando supo que el mancebo, a quién él tanto debía, hacía pensar a su reina, era feliz de creer que los dos se habían fabricado expresamente para refundirse; pero ¡cuánto le dañaba la idea de que ella llegase a abandonar los jardines!

En la tarde de que hablamos, Brenda le dirigió algunas preguntas relativas a Raúl. Y al hacerlo, con fe y abandono, asaltola el pensamiento de que aquel mísero ser gozaba de un privilegio que ella no había concedido a Areba. ¿Por qué? La joven se sentía perpleja. En diversas ocasiones hubo de revelárselo todo; pero un impulso secreto desvió su intención y no llegaron a ser confidencias las esperanzas que aleteaban con alborozo en los asilos de su alma. Desde la noche del baile Areba empezó a inspirarla temor, ¡y no tardó en adivinar el origen de sus alarmas y desazones! Triste era para Brenda su derecho a ser envidiada, especialmente por una amiga de corazón; mas no era suya la culpa, ni por eso debía ella dejar de quererla. ¡Ay, cuando el amor viene envuelto en su iris de ventura, cómo huyen los afectos que uno deseara retener! El vacío se hace en rededor, hasta donde alcanzan los haces luminosos; y desde lejos, observan todos los ojos penetrantes esta dicha nueva, a que aspiran los pechos sin amores, y que recuerdan con tristeza los corazones ulcerados.

El pobre Zambique inválido, negro, senil, ruina humana que no tardaría en desmoronarse por completo al menor empuje de cualquier borrasca de la vida era el único que recogía y guardaba los desahogos, las puerilidades y los fervores de aquella pasión contrariada, tanto cuanto parecía ser de irresistible y profunda. Por eso la joven hallaba más grato que el soliloquio, el diluir sobre aquel ente fiel, oscuro y silencioso, toda la claridad de su ilusión. ¿No había sido él el testigo mudo y discreto de las primeras entrevistas? Hablábale sin zozobra: tenía ella la llave del sepulcro de piedra.

Zambique satisfizo las preguntas que le hiciera Brenda; y después narró el hecho por el cual debía a Raúl la existencia.

La joven le escuchó con interés, fijos en él los ojos, sin interrumpirle en sus patéticas manifestaciones.

Luego volvió a interrogarle, con cierto orgullo, mezclado a un goce íntimo:

-¿Fue eso en un combate?

Zambique contestó afirmativamente; y entreabriendo los labios hasta descubrir la caverna de su boca, imitó con un ronquido la voz del cañón, para oprimirlos después y remedar el silbido siniestro de las balas.

-¡Noche de Navidad! -exclamó enseguida-. En esa brega, niña, murió el coronel Delfor.

Brenda fue acometida de un estremecimiento; y por algunos instantes respiró con pena. Pasada esa emoción, púsose grave y pensativa. En verdad, en ese día hacía años de la muerte de su padre. Cogió, meditabunda, una ramita, y entretúvose maquinalmente en trazar una fecha en la arena. Después extrajo de su seno la carta de Raúl para releerla despacio.

Zambique, empuñando su azada, volvió a la tarea, acompañándola en voz baja con uno de sus monótonos aires africanos.

En tanto, minutos hacía que el cupé de Areba se había detenido frente a la verja.

La joven se encontró con la señora de Nerva en la galería, en su silla de hamaca, como de costumbre, aspirando el aire puro y libre que le hacía tanto bien. Estaba su rostro bastante demacrado, con huellas visibles del último quebranto e indicios a la vez de una absoluta decadencia. Con todo, se sentía con ánimo y excelente espíritu.

Areba se enteró de su estado, siempre solícita y cariñosa, congratulándose de hallarse por el instante a solas con ella.

La anciana viuda mostrose amable y contenta. Aquella visita le era muy grata en todo tiempo, pero aún más en esa hora. Quería oírla y hablarla también sobre su asunto de interés predilecto, aprovechando la corta ausencia de Brenda.

-El corazón me ha dejado en paz hace dos días -agregó luego-: el mal está ahí, yo lo conozco; y aunque no tengo mucha fe a estas mejorías, hoy me encuentro tranquila.

Después de un breve cambio de palabras afectuosas, la señora de Nerva pasó a hablar de su pupila.

Con este, puso en conocimiento de Areba la confesión de Brenda sobre su pasión por Raúl Henares, sin omitir detalle alguno; confesión dulce e ingenua, que no la había cogido de sorpresa, dados los precedentes que eran de su dominio; pero que, a pesar de todo, no había dejado de atribularla y entristecerla de una manera penosa. La sinceridad de los propósitos que abrigaba sobre el porvenir de la huérfana, se estrellaba contra aquella revelación elocuente de una naturaleza apasionada, que no parecía ya dueña de sus impulsos. Sintiose sin fuerzas para hablarla en tono severo.

-Siempre creí -prosiguió la anciana-, que el doctor de Selis, por la estima en que le tengo, era un buen partido para mi pupila, y que ésta se mantenía un tanto fría e indiferente, por razones que muchas veces no se explican las jóvenes, cuando un hombre rico de bellas prendas no les ha dado motivo de odio o de repugnancia. Ahora, natural es que modifique mis pareceres en posesión de datos que no exigen prueba. Aflígeme el hecho de un desengaño completo para el doctor de Selis; pero más grande es mi angustia al pensar que Brenda, a quien tanto quiero, vive ignorante acerca del verdadero móvil que me ha inducido y compele a contrariar sus amores.

Nada opuse a sus confidencias. Mis palabras habrían podido ser imprudentes, y hasta crueles, por el estado de su ánimo. Aquella incertidumbre de que hablé a usted acerca de la identidad de la persona de ese señor Henares, detuvo mi lengua y acalló la voz interior de mis recuerdos; sin embargo de que insisto en que mi memoria no me engaña, como no me engañara el presentimiento que me asaltó la primera vez que le vi.

Areba, que había oído con suma atención lo que precede, tras una breve tregua de silencio, dijo con calma:

-Usted estuvo en lo cierto. Todas sus presunciones al respecto han sido confirmadas por ese sujeto de que hablamos, y que se encontraba en el establecimiento de campo de usted, refugiado y oculto, desde muchos días antes a aquel en que ocurriera el lance sangriento.

-¿Ha tenido usted con él alguna entrevista? -preguntó la anciana, incorporándose, con ansiedad.

-Sí, señora. Mañana debo celebrar una segunda, para la que lo he invitado, a fin de que esclarezca ciertos puntos dudosos y se ratifique en todas sus conclusiones. Me parece un sujeto de pocos escrúpulos y de menguado espíritu, a juzgar por su amor a la dádiva; pero creo que en este delicado asunto dice verdad, pues que corrobora, sin ampliar ni omitir detalle alguno, la relación de usted.

Pienso arrancarle su declaración por escrito, como testigo ocular. Después de esto, creo que nos hallaremos en actitud de usar del secreto en la forma que juzguemos más acertada.

-Luego, ¿no me equivoqué en mis aprensiones? -volvió a interrogar la señora de Nerva con viva expresión en los ojos, y como dudando todavía de la rigurosa exactitud de los hechos.

-¡No queda la menor sombra de duda! -respondió Areba con acento trémulo. ¡Raúl Henares fue el matador de Pedro Delfor!

-¡Oh!...

Esta exclamación salió del pecho de la protectora de Brenda como un grito de angustia o de dolor inconsolable, acentuada y vigorosa, en un arranque que era síntesis completa de preocupaciones ardientes, de deberes sagrados y de memorias queridas.

En pos de ese arranque, cubriose su cara de una palidez profunda, y quedose muda y abismada, cual si hubiese asomado la cabeza a la boca de una sima de donde surgiera el espectro lívido de Delfor, recordándole su trágico fin.

Siguiose una pausa prolongada, en que las dos damas se reconcentraron en sí mismas, para medir tal vez la magnitud y severas consecuencias del hecho.

La anciana había apoyado la cabeza en el respaldo, fija la vista en las copas de los naranjos, con un aire desolado, oprimiendo con sus manos arrugadas y temblorosas los brazos de la silla.

Areba se había recogido, como abstraída, moviendo uno de sus pequeños pies, cruzado sobre el otro, y alzando a ratos sus ojos al semblante de la señora para examinar las nubes que en él se esparcían y disipaban por momentos.

Al fin rompió ella el silencio, diciendo en tono de convicción:

-En cualquier caso, será preciso revelar el hecho.

-¡Es verdad!

-Los sentimientos morales, con escrúpulo respetable de conciencia, los impulsos naturales de la sangre, el culto de los recuerdos, y más que todo eso, el predominio del deber en un espíritu culto, delicado y sensible a los afectos y memorias de la familia, aniquilada por un hecho adverso, no dejaría de influir severamente sobre Brenda, y hasta provocar una reacción favorable, aunque entregue su pobre alma al dolor en el primer período del desencanto.

-¡Qué decepción cruel!

-El caso es duro, verdad. Mas ¿qué hacer? La pasión gana camino con una celeridad pasmosa, y no da tiempo a prevenir mayores males en un corazón virgen que se entrega por entero. Ahora que Henares está ausente, es la oportunidad de preparar un desenlace lógico y necesario. Nuestra querida Brenda sufrirá lo indecible, convengo; pero al fin ha de resignarse. La nieve puede quemar en parte la flor, y eso poco importa, si el cáliz queda intacto.

-Sí, hay que decírselo...

Y la anciana movió a uno y otro lado su cabeza, con un gesto de amarga pena.

-¿En qué momento?

-Deje usted que yo proceda. Prepararé su espíritu con la prudencia posible; que en toda afección seria, al período elegido o a la crisis, deben preceder siempre pequeños sobresaltos e intermitencias naturales a su proceso. Y ¿qué sabemos? Al final pueden surgir con lo inesperado, la paz y el consuelo.

-¡Cuánto tendré que agradecerla, Areba! Yo me siento débil...

-Repose usted en mí. Cuando ella sepa que él mató a su padre, el golpe no será tan rudo que llegue a romper sus fibras. El secreto está en templarlas con sucesivas emociones.

Sucediéronse nuevos instantes de silencio.

La señora de Nerva, con los ojos muy abiertos y el labio caído, parecía como absorta en una contemplación ideal. La joven volvió a su reposo, dándose aire dulcemente con su abanico de marfil y raso blanco, y poniendo oído al canto de los canarios, que llenaban con sus trinos armoniosos todo el espacio del jardín.

En esos momentos presentose Brenda.

Cambiáronse con su amiga los cariñosos saludos de siempre, y lamentose la joven de no haber sido advertida antes de su llegada, para gozar de la hora entera de su presencia.

Pero enmedio de sus naturales transportes y efusivos afectos de la intimidad, no pudo Brenda menos de observar en la fisonomía de su protectora huellas de emociones demasiado recientes, que llenaron de sospechas su espíritu, induciéndola a creer que alguna relación existía, muy sensible y estrecha entre ellas y sus preocupaciones morales. Los presentimientos de la joven eran fundados, según se ve, y si bien ella no había adquirido persuasión alguna al respecto, involuntariamente pensé en su padre y Raúl.

¿Qué vínculo misterioso podía ligar a esos dos seres en su mente?

No se daba cuenta; mas, tenía muy grabada en la memoria la relación de Zambique, cuya existencia salvara Raúl, el mismo día y en el mismo combate en que sucumbió el coronel Delfor.

Desprendíase del relato, que Zambique había figurado en las filas de su padre; y que herido e indefenso, ya a punto de perecer a manos de enemigos implacables, un joven oficial enemigo se había interpuesto para evitar un crimen inútil. Luego, este joven oficial, generoso e intrépido, ¡estaba entonces en el campo opuesto al de Delfor!...

Llamando así sus recuerdos y vinculándolos con los del episodio, cuando entraba al jardín en el momento a que nos hemos referido, Brenda venía diciéndose con seriedad:

-¿Por qué me preguntaría una vez Raúl cómo era mi padre?...

De esta reflexión la apartó la presencia de Areba. El aspecto de su protectora, sin embargo, grave y taciturno, en aquel día aniversario de la muerte de Delfor, la impresionó vivamente. Llegó a notar que ciertas nubes empezaban a extenderse en el límpido azul de sus ideales.


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