Brenda : 33

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Brenda : 33
Los dos amigos​
 de Eduardo Acevedo Díaz

El golpe, como se ve, había sido rudo.

Muchas horas pasaron antes que Raúl pudiera recobrar la calma y el reposo necesarios ara darse cuenta del hecho y de sus consecuencias ulteriores.

¡Cuán tristes las primeras que se siguieron a la revelación!

La noche fue velada, llena de sombras, de fiebre y de pesar. Los abismamientos interiores se sucedieron en serie no interrumpida, a cada excitación nerviosa, lo mismo que acaece en los días de duelo. Todas las ilusiones que había acariciado en la ausencia, todas las esperanzas dulcísimas que la pasión fomenta y la fantasía engalana, surgían y revolaban en la boca de la sima en que se hundía su pensamiento atormentado, para desaparecer fugaces a cada asomo de la amarga realidad de su destino.

En el fondo de aquella sima, no menos oscura y honda que un espacio insondable, vio agitarse la sombra muda y fatídica del padre de Brenda, que se alzaba lenta y manchada de sangre, para ahuyentar de su cerebro los ensueños de ventura; y luego, en los bordes, con las manos tendidas y demudado el semblante por una inmensa pena, la blanca imagen de la huérfana, que pedía al fantasma le revelase un nombre...

Acordábase después, de la escena en el cementerio, de la fecha inscrita en la piedra negra del sepulcro de Pedro Delfor, de su encuentro con la joven, y de la impresión que su presencia causara en el ánimo de su protectora, renovada la noche del baile en casa de Stewart. Estas reminiscencias iluminaban su espíritu, a intervalos; hasta que otras, más lejanas, acudiendo en tropel, concluían por vencer toda duda acerca del sangriento episodio, de que él fuera protagonista. Ante ese convencimiento íntimo doblegábase su ánimo al peso formidable del recuerdo, y desvanecíase la más humilde esperanza de piedad y de perdón.

¿Podría ella, acaso, imponerse al hecho tremendo; a la ley moral que lucha con el sentimiento en las profundidades del alma, al que vulnera cuando no domina, y provoca las reacciones severas que postran y abaten los organismos delicados?

¡Y él! ¿Qué podría exigir al amor casto y puro, amargado por la certidumbre absoluta de ese hecho, u ofrecerle en desagravio, que no fuese una corona de azahares adornada de crespón?

Había que rendirse a una realidad inflexible y abrumadora.

¡Ah! Fácil era al ingeniero inteligente y hábil, vencer los obstáculos de la naturaleza, corrigiendo sus formas y modificando su estructura; abrir caminos a través de las moles de granito haciendo bóveda inmensa de una montaña; lanzar hilos por encima de los esteros y boscajes espesos y hundir cables hasta donde no alcanza el furor de las tormentas; descender audaz a la mina oscura, a las criptas pavorosas y a los declives de los torrentes, donde apoyar un machón de fábrica; desviar las aguas de un río, ahondar su cauce y convertir con su riego en suelo fértil una pampa desolada; hacer palacio aéreo de lo que fue choza humilde y espléndido parque de la floresta virgen; improvisar vergeles llenos de florescencia, vigor y fecundidad allí donde nunca creció arbusto, y como a un golpe de vara mágica, erigir monumentos al trabajo y a la industria que difundan en contorno el calor de las fraguas y la fiebre de los talleres: fácil era todo esto, a la audacia y a la iniciativa del talento. Pero ¿era posible reanudar los lazos de una pasión que la adversidad destruye o abate, como al echarse sobre él un puente se unen los bordes de un precipicio, o vuelven a ligarse arrancados al abismo de las aguas los extremos de un cable que se rompe?

En la triste imaginación de sus amores, halagábale la idea de que ella lo querría siempre como él la querría, aunque nunca más pudieran encontrarse.

Parecíale que en estas líneas paralelas del sentimiento, la regla matemática se imponía en rigor de una manera inexorable.

Felizmente, Raúl tuvo un verdadero momento de goce y satisfacción como tregua a su amargura, en ese día. La visita de Zelmar -cuyo regreso había él olvidado enmedio de sus desazones-, vino a confortarle y a ofrecerle la ocasión, tan rara, y por lo mismo tan preciosa, de conceder ensanche y desahogo a su espíritu sin temor de que se perdieran sin eco sus confidencias graves en el vacío que el criterio egoísta e indiferente abre sin escrúpulo ni reserva al pesar ajeno. ¡Ya era esto bastante! Su espíritu, por firme y seguro que fuese, necesitaba expandirse y proyectarse, buscar en esa amistad sincera y noble, cuyos caracteres distintivos parecen irse perdiendo de día en día, al paso que asume mayor rigor la lucha por la vida y los instintos hereditarios, refinándose, reemplazan a los sentimientos grandes y elevados, las inspiraciones puras y felices, que la tiranía del dolor no permitía sugerir a su propia inteligencia.

Zelmar se presentó contento, casi radiante, abrazando efusivamente a su amigo, inquiriendo con interés el éxito de su empresa, y mezclando a sus preguntas impresiones personales, llenas de gracia y colorido.

Raúl lo acogió con alegría y emoción, significándole en sus elocuentes pruebas de afecto, cuán grato le era el volverle a ver en esos momentos, tan nutrido de buena savia y animado de tan envidiables satisfacciones morales.

-No te equivocas, mi querido amigo -decía Zelmar-; efectos de la vida porteña, que si en mucho difiere de la parisiense, tiene en cambio su sabor original. Pero, no está ahí precisamente la causa de este estado especial de nervios que te sorprende: hay varias concurrentes, ¡y a fe que muy dignas de apreciarse!

-Te escucho con placer.

-Mis exámenes, en primer término; éxito completo, notas excelentes, felicitaciones honrosas de la mesa, tesis de sensación, diploma de suficiencia, adquirido a todo rigor, sin balbuceo ni dudas en la prueba. Así lo dijeron, y aunque me esté mal, yo te lo repito en confianza. Te aseguro que nunca supuse tal denuedo en mis fuerzas.

-Jamás dudó de tu triunfo.

-Los encantos y placeres de la gran ciudad, enseguida; ciudad de agitación perpetua, de intercambio enorme, de millones circulantes, de vitalidad absorbente, de atracción insaciable, foco de cultura y de esplendor intelectual nativo, centro de clases que la fortuna gradúa y la igualdad protege, englobamiento de razas laboriosas y fuertes, diversidad de lenguas que se refunden en el idioma democrático, ancho asilo de costumbres de todos los climas y latitudes, condensadas en un grande espíritu nacional que evoluciona y deriva, utilizando los mismos desechos y brozas que arrastran las corrientes migratorias en la gran fábrica de la transformación, y cincelando pacientemente el tipo singular del porvenir, en ese prodigioso conjunto de materiales vivos, soldados por la libertad y el trabajo, que se llama cosmopolitismo... Pero, mira Raúl, a fuer de caballero, por arriba de todo eso, están sus mujeres, como están las agujas sajonas y torrecillas elegantes por encima del conjunto arquitectónico sólido y chato de los barrios populosos. ¡Oh, las porteñas! Tú las conoces. Cultura, gracia, donaire, atractivo, seducción, aticismo, todo ello encuadrado hasta en los rostros feos, ¡que los hay, por vida mía! como si allí fuese atributo indispensable de la juventud, lo que en otras partes la naturaleza niega a las mismas hermosuras. Bellezas arrogantes, en plenas actitudes para disputarse el premio en concurso, que subyugan al pasar y no se olvidan, grabándose en la mente como imágenes sobre acero. De bustos interesantes, y de cabezas encantadoras ¡qué torbellino, en un paseo por Palermo! Contemplándolas una vez desde un montículo del parque ocurrióseme pensar que en esas figuras graciosas, agitándose a una en espiral de ricas carrozas y soberbios troncos, la delicadeza del gusto estaba en el examen recíproco de adornos y semblantes, sin voces ni risas, ni otro rumor que el sordo de los rodados. En cuanto a estaturas, te diré: escasas palmas, muchos lirios de tallo elegante y esbelto, no pocos arbustos lánguidos; pero en general, donosura, espiritualidad, gusto exquisito para apartar al ojo observador de los defectos y concentrarlo en la faz saliente de los méritos.

-Veo que vas desertando -observo Raúl, que hacía momentos esforzaba una sonrisa.

-No creas; y en prueba de ello, vengo a mi tercera razón de regocijo, que es la primera en grado de importancia: la buena acogida de Areba. Acabo de saludarla; nunca la hallé tan afable, tan comunicativa y llena de promesas. Baste afirmar que mi esperanza se ha confortado, mi fe robustecido y elevádoseme la mente al poético devaneo; el recibimiento fue más que cordial y amistoso, intencionado y sentimental. Lamenté un detalle: la presencia de Julieta. Estuvo agresiva, rebosante de malicia en sus preguntas y ocurrencias. En justa represalia, pude haberle narrado el sueño que en la noche anterior me solazó en mi camarote; pero, me tenía Areba demasiado entretenido, para darla el placer de una réplica. En realidad, amigo mío, hasta ese sueño me había predispuesto a dudas y sospechas graves: cerrado apenas el párpado, en altas horas, exhibióseme primero Julieta, disfrazada de india, con plumas de loro en la cabeza y cintura, carcaj lleno de flechas con curaro y hacha de piedra, a propósito para derribar un jaguar de un solo golpe. Si bien esta visión me hizo gracia, y me distrajo, a pesar de sus gestos y vaticinios acerca de lo que me reservaba el regreso, lo cierto es que no sucedió así con Areba, la cual se me representó silenciosa y fatídica, con una pluma de ave en la cabellera, el pie sobre sandalia y la pierna desnuda -como la Güendolen de la leyenda de Scott-, invitándome a beber en un vaso de plomo cierto líquido extraño. Parecíame que estábamos en máscaras, a juzgar por los detalles; y en rigor, son pocos los días que nos separan de aquellos en que muchas caretas de carne, graves, tersas y falaces todo el año, sudan libremente sus rubores bajo los de seda. El hecho es, que esta parte interesante de mi sueño no dejó de impresionarme, cuando al reproducirlo en mi memoria, tuve en cuenta la conducta de Areba desde la noche del baile, artificiosa, suspicaz y prevenida. Y ya lo ves: ¡me he encontrado con un cambio notable! Reputo de excelente augurio para nuestros amores esta nueva campaña, en que empiezo recogiendo lauros, o por lo menos marcadas simpatías de parte de quien no las prodiga fácilmente. Para tus cosas íntimas, importa mucho que esta potencia se incline de mi lado, pues de esta manera los grandes peligros se neutralizan. ¿Sabrás que ahora soy su médico de confianza?

-Es eso muy honroso para ti, y te felicito de veras, Zelmar. Tales distinciones de parte de la señorita de Linares significan elocuentemente, o una promesa muy agradable, o un designio oculto, dado que ella se determina siempre por los extremos. El término medio no parece entrar nunca en sus resoluciones prácticas.

-Así es. Pero ¿un designio oculto? no creo... Hablome de un reconocimiento médico que debía practicarse esta tarde en el cadáver de una mujer, pidiéndome me prestase a acompañar a de Selis y otro facultativo en la autopsia. Según sus informes, se trata de un crimen misterioso por las circunstancias que lo rodean, y en cuyo esclarecimiento la justicia se preocupa con excesivo celo. Añadió -interrumpiendo a Julieta empeñada en demostrarme cuán enterada estaba siempre de las tragedias de amor-, que la victima había sido uno de los seres infortunados a quienes ella protegía; y que la interesaba vivamente el triste drama en todos sus pormenores, por lo que se había permitido hacer esfuerzos en sentido de que yo interviniese en el reconocimiento, con éxito satisfactorio. Manifestó que mi regreso no podía, pues, haber sido más oportuno, y que empezaba por utilizar mis servicios en un caso que la afectaba hondamente. Lejos de rehusarme, agradecí la distinción, prometiendo instruirla mañana en todo lo relativo al suceso de la muerte de su infeliz protegida...

¡Pero, estoy advirtiendo, Raúl, que tu semblante denuncia algo anormal! Esa palidez, ese gesto de disgusto, esa mirada lánguida, esa tristeza en el sonreír, esa concisión en el hablar, esa actitud, en fin, de encogimiento y de reserva, me indican que tú sufres...

-Y no te engañas. Algunas horas llevo ya de dolorosa tribulación.

Zelmar le miró con asombro.

-Me he contenido en lo posible, para no interrumpir tus expansiones, feliz al oírte relatar con entusiasmo los primores y emociones de la vuelta, que yo también soñé tan llena de encantos y nutrida de promesas, desvanecidas a un soplo de aciaga suerte. Pues que me interpelas, y adivinas lo que en mi interior ocurre, no debo seguir callando, y he de confiártelo todo. Siento necesidad de hacerlo, y te ruego me escuches.

-Estoy ansioso, Raúl -repuso Zelmar aproximando su silla, y disponiéndose con verdadero interés a recoger sus confidencias-. Mas, ante todo, dime: ¿es de tus amores que se trata? y esto pregunto, porque en casa de Areba, donde hallé reunido selecto número de damas, nada pude sorprender que tuviese atingencia contigo o se refiera a Brenda. Aunque... aguarda... ¡ahora infiero! Julieta hablaba a media voz, a priesa y casi febril con algunas de esas damas, mientras yo lo hacía con Areba; sus flechillas bañadas en curaro atravesaban la sala diestramente dirigidas. Luego aquéllas me observaban con cierto disimulo y extraño aire de discreción, y hasta de impaciencia, agregaré, como si mi entrada al salón hubiese interrumpido el relato de una grave historia. ¡Me explico por qué los semblantes revelaban tan distintas impresiones, y fluía misterio, de los ojos y corrían frases singulares en el círculo! Empiezo a sospechar que fueran el tema tus amores, es decir, lo sensacional y reciente, que otros comentan, expurgan y critican antes que aquel a quien interesan haya podido penetrarse bien, muchas veces, de la importancia o trascendencia de sus actos.

-Tal vez. No sería eso tampoco de extrañarse; lo que voy a referirte no es ya un secreto, para los que pudieran interesarse en conocerlo. Cuando el rigor del destino abruma, nada escapa a los vientos de la publicidad, ni el sollozo íntimo que se confía al silencio y a la noche. De tal modo las alegrías o los infortunios de un solo ser, traen consigo mismos un rumor que al propagarse, se entra en todas las almas, y despierta cien ecos, como el cuerpo vivo que al rodar de lo alto de una montaña arranca con sus voces en las concavidades y vacíos, lo único que el desierto puede dar, en su alivio: ¡inútiles y vagas repercusiones!

Sincero, apasionado, henchido de esperanzas, y de fe -¡cual se está una vez siquiera en la vida!- yo he sido a mi regreso, ese viajero que pierde pie en la cumbre al fin de la ímproba jornada y vese arrastrado en la caída, sin fuerzas ni voluntad para asirse a los arbustos espinosos que cubren el áspero declive.

¿Recuerdas que más de una vez hemos departido acerca de la causa que podía obrar en el ánimo de la señora de Nerva para hacer oposición a mis pretensiones?

-¡Sí!

-Pues bien: de esa causa he de enterarte ahora.

En la ausencia no dejó ella de preocuparme, sin conseguir, sin embargo, dominar mi espíritu, que dividía su actividad entre las atenciones propias de mis tareas, y las memorias del amor en las horas de descanso, bajo la tienda del campamento.

Pero lo cierto es que fue indispensable una escena violenta, a mi regreso, para que yo advirtiera el error en que vivía, y de la poca importancia que había dado a aquella conducta, o al móvil que la aconsejaba. Me penetré recién del alcance de la duda o incertidumbre que me asaltó alguna vez, y deseché luego, cuando al recordar uno de mis hechos pasados -precisamente el del fatal secreto-, creí descubrir en él cierta relación misteriosa con los sencillos recuerdos de Brenda sobre la muerte de su padre.

¿Podía yo, acaso, por vagas presunciones, rendirme a la terrible evidencia de haber causado su orfandad? ni ¿cómo esperar, en mi tranquilidad de espíritu al respecto, que más tarde de Selis me arrojara el apóstrofe de matador, firme y resueltamente?

-Luego, ¿eso era cierto? -preguntó Zelmar, con estupor, recalcando en cada una de sus palabras.

-Amarga verdad -dijo Raúl-; hace años, en un lance de la guerra civil, lance singular e inesperado, yo di muerte a un adversario cuyo nombre he conocido recién ahora: ese adversario era el coronel Pedro Delfor, padre de Brenda.

Zelmar se quedó aturdido, mirando a su amigo fijamente, sin desplegar los labios. Parecíale aquello extraordinario e inaudito.

-Por qué causas, y en que sitio, lo sabrás pronto -continuó Henares-. Antes quiero referirte lo acaecido ayer en casa de la señora de Nerva, adonde me trasladé dos horas después de mi llegada a Montevideo. De ese instante data este pesar.

Bafil recobró su serenidad y fuese recogiendo en sí mismo, callado y serio, como sucede cuando se someten todas las facultades del espíritu al estudio de un tema arduo y complicado.

Su amigo hizo un fiel relato de los hechos, que él escuchó atentamente.

Así que hubo concluido, Raúl agregó:

-Debo ahora enterarte del episodio, que a través de los años, viene a ejercer tan grave influencia en mi destino. Deseo que lo conozcas en todas sus circunstancias y detalles, y lo juzgues con la mayor severidad de conciencia, si consideras que así debes hacerlo, desligándote por un momento del estrecho vínculo amistoso que nos une. A nadie lo he revelado, y serás tú el único que lo recibas en confidencia.

¡Cuán lejos estaba yo de imaginarme en la época en que se consumó el hecho -sin mayor trascendencia entonces-, que él llegaría a decidir de mi suerte en lo futuro, como si constituyera un delito expiable y ominoso!

Después de meditar mucho sobre ese suceso, he inferido, la situación difícil del que escribe historia al ligar circunstancias y escenas separadas por el tiempo, que coinciden y se traban para poner de relieve el espíritu y tendencias de una época sin confundir las causas primitivas con lo derivado, y dar la razón de episodios dramáticos cuando no de hechos extraordinarios, que hagan surgir del olvido las pasiones de los hombres, más poderosas a veces que las ideas. La verdad, que es su luz, suele perderse en los fondos ya sin ecos del pasado; y cuánto tino y sagacidad deben emplearse, al ahondar y escudriñar!

-Algo análogo sucede al anatómico -observó Bafil, como hablando consigo mismo-, que busca en labor delicada y paciente, y logra al fin coger con la pinza, entre carnes trituradas y deshechos tejidos, el extremo de la arteria que desangra.

- Sí -prosiguió Raúl, reuniendo sus recuerdos-, paso a buscar el perdido eslabón, transportándome para ello al tiempo de los entusiasmos ardientes, o edad en que nada se rehúsa, cuando una grande ilusión de la patria, pura y radiante, llena todo el espíritu de ideales y de ensueños, y confunde en estrecha alianza las últimas inocencias del niño con las primeras pasiones del hombre.

Pero, ante todo, lee estas líneas que escribí hace años, y que he hallado entre mis papeles.

Así que concluyas, reanudaré el relato.

Y Raúl dio a su amigo unas cuantas páginas manuscritas, que en la noche había colocado en la mesa, después de pasar por ellas, su vista con precipitación febril.

Zelmar las desdobló silencioso, y se puso a leer.


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