Brenda : 35

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Brenda : 35
Comentario​
 de Eduardo Acevedo Díaz

Raúl le observaba con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño adusto, en esa actitud pasiva del que experimenta todo el rigor de un hecho incontrastable.

De pronto, Zelmar se volvió diciendo:

-El precedente histórico de que acabas de enterarme, hace fuerza; ¡por mi vida! Pero, no me parece el caso de rendirse a discreción. Consideremos el hecho de una manera aislada, trasladémonos al instante mismo en que se consumó, desligándolo de su afinidad absoluta con Brenda: ¿qué dice tu conciencia?

-Me absuelve -repuso Raúl con calma.

-¡Ya es mucho! Toda la dificultad -que es seria- consistiría en llevar esa conciencia a la mujer que amas. Del punto de vista legal, la cuestión no admite duda: la sentencia sería absolutoria.

-Lo reconozco. En el caso faltó la voluntad criminal que hace odiosa la culpa. Una ley preexistente a las escritas armó mi mano, porque estaba en mi misma naturaleza, y me lo exigía en nombre de su conservación. Agredido con riesgo inminente, estrechado en el vado por un fuerte adversario, los dos a solas, inhibido de retroceder so pena de morir de una manera oscura y miserable, el lance fue de defensa legítima y necesaria.

-Por otra parte una aventura de guerra -observó Zelmar-; y los que en ella se lanzan, no ignoran que al final se encuentra el sepulcro o el laurel. Es un dilema de hierro, dos extremos distintos, pero muy cercanos como la punta y la cruz de una espada. Advierte también que en aquellos instantes tenías un delicado deber que cumplir, aunque fuera hacinando cadáveres; complemento notable a tu favor. El deber militar en lances tan supremos, es más inexorable que la rueda de una pieza a todo el correr del tiro que buscando posición, estruja y mutila heridos y moribundos, sorda como el bronce, inflexible como la muerte que oculta en su ánima sombría.

Del punto de vista moral, o a faz de tus amores, el hecho cambia de aspecto. Me imagino el dolor de Brenda, sobrecogida a un paso de su dicha por una revelación semejante, la lucha tenaz entre el recuerdo y la pasión, el deber y el sentimiento, disputándose un predominio imposible por ahora, si hemos de creer que el cariño filial subsiste en la intensidad de sus ternuras y el amor ha seguido en ella un crecimiento noble sólo propio de los seres elevados. Me figuro su aspecto físico, su quebranto visible, sus espasmos y soledades cual sucede en las grandes tribulaciones, en que no se piensa ni se descansa, sino que se sueña o se delira, en que la idea semejante a un ave que no se posa, se alza, desciende, gira, se complace en su tormento mientras dura la excitación del cerebro; y deduzco de todo esto, que la misma gravedad de las circunstancias te impone el deber de esperar.

No hay duelos que resistan al tiempo, ni obstáculos insuperables para un amor verdadero. La tendencia irresistible a expulsar el temible huésped del dolor aproxima a la dicha suspirada, aunque quede alguna raíz de la pena.

Pero la persuasión no será obra exclusiva del tiempo, sino tuya también...

-Mía, ¿has dicho?

-¡Sí! En tu lugar yo conservaría toda mi fe, y andaría paciente sobre la arena circundada de oscuros horizontes, convencido de llegar al fin al oasis.

Si ella recogiera alguna vez de tus labios la narración del episodio, llegara quizás a conmoverse lo bastante para no consentir que tú enjugaras sus lágrimas y calmaras su aflicción; porque al ser verídico y sincero hallarías en su ánimo mas que la resistencia tristemente severa de la huérfana, el arranque espontáneo y generoso de la mujer sensible, de la mujer que en su amor primero ha sufrido por tu culpa sin que tú la hayas engañado.

Raúl se incorporó en su asiento con los ojos brillantes; y tendiendo el brazo, lleno de ansiedad:

-¿Crees eso posible? -preguntó.

-Sin que me asalten dudas. Agrega una circunstancia deplorable, que preveo, y sobre la que tú mismo no habrás dejado de meditar: la de la muerte de la señora de Nerva en plazo más o menos breve, según los informes que me fueron trasmitidos por Areba.

Te impondré de ellos. En la junta de facultativos realizada ayer, el resultado fue de funesto augurio. Ningún remedio sería bastante heroico para combatir el vicio orgánico: la hipertrofia llevaba rápidamente la enferma a su terminación fatal. Era cuestión de días, quizás de horas.

Tendría derecho a presumir, por mi parte, después de haberte oído, que una violenta escena íntima, coincidiendo con la que tuviste con de Selis por la misma causa y sobre el mismo hecho en la habitación de la enferma haya influido, de un modo considerable en su grave estado físico; y a ser cierta esta sospecha, no, deberíamos extrañar el inmediato desenlace.

Calcula sus efectos. La muerte de su protectora afligirá a Brenda en la medida de sus anteriores infortunios; pero, al quedar de nuevo sola en el mundo, ha de sentir la necesidad de un consuelo que nadie podrá ofrecerle, sino aquel que la hizo llevar luto desde su primera juventud, y que es precisamente el que ella ama y no olvidará un instante en la soledad de su dolor. Estarás presente en su espíritu y contigo ha de soñar; te acariciará a toda hora, preguntándose qué pena ha de imponer por una culpa inexpiable a su noble caballero, besándote en el misterio sin permitir que tú la beses, y gozándose en los deliquios indecibles que la ilusión crea en los grandes, perdurables amores.

¿Deseabas que te hablase así?

-¡Oh, gracias amigo mío! -exclamó Raúl con gratitud-. Tus palabras me llenan de dulces esperanzas.

Pero -añadió con acento bajo-, ellas irradian al penetrar en mi espíritu, para desvanecerse como hermosos juegos de luz al frío soplo de la realidad... ¡Paréceme imposible!

-¿Imposible? No lo veo así. ¡No se trata de la Yocasta de Edipo, ni de la Jimena de Corneille, a quien el gran trágico exhibe en la terrible actitud de tender la mano al matador de su padre mientras llevan a éste al cementerio; de su padre, a quien el amante mata, sabiendo que lo era! Tu situación moral es distinta, y el hecho en que se funda natural y lógico por las contingencias del conflicto en que se produjo.

Los años pasan sobre esa aventura de guerra civil, el acaso te acerca a la huérfana, interviene una pasión robusta, y cuando sueñas con realizar tus votos, se rompe un secreto que debió guardar la piedra de la tumba: ¡tú eras el causante de esa orfandad!

Mas como todo daño se indemniza y todo infortunio se compensa, por ley natural cuando no escrita, siempre que dos organismos selectos sepan compenetrarse, infundirse el uno al otro sus noblezas y abnegaciones profundas, ¿por qué dudar Brenda de la dicha, y tú de su perdón?

Raúl estrechó la mano de su amigo con cariño, diciendo, entre alentado y vacilante:

-Lo meditaré. Mi voluntad es fuerte; pero toda su energía no basta a arrancarme en pocas horas esta impresión penosa.

-No lo niego; y difícil sería que otro en tu caso dejara de doblegarse.

Cuando la metralla destroza a un héroe las dos tibias, no es cierto que su bravura acalle por completo los gritos de la carne: la entraña se encoge y el tronco se retuerce. Hay sufrimientos morales que superan a la congoja del héroe. Pero, sin ellos, ¿habría seres superiores?

Empieza a meditar, amigo mio, y adiós.

Sabes que un compromiso serio reclama mi presencia a esta hora en cierto sitio.

Cuenta conmigo después. Confío hallarte más tranquilo y mejor dispuesto a mi vuelta. ¡Alza corazón!

Los dos jóvenes volvieron a oprimirse sus manos, sonriendo.

Raúl acompañó a Zelmar hasta la puerta, deseándole un feliz éxito en la misión profesional recomendada por Areba.

Bafil dio orden a su cochero de conducirlo a la calle de Médanos, a una casita solitaria, de propiedad de la señorita de Linares, situada cerca de la costa.

A pesar de los primeros tortuosos trayectos, la distancia podía ser fácilmente recorrida una vez que hubiese entrado el carruaje en la calle de Cebollatí.

Zelmar miró su reloj. Marcaba las cuatro y media.

-Te doy quince minutos -dijo al cochero.

El coche arrancó con la mayor celeridad.


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