Brenda : 39

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Brenda : 39
Un año después​
 de Eduardo Acevedo Díaz

Corrieron los días.

A las tardes cálidas y serenas se sucedieron bien pronto los fugitivos crepúsculos otoñales, las mañanas de sol invernizo, las frías auras, los cielos oscuros, la atmósfera sin golondrinas, los bosques en esqueleto, los paisajes grises, las hilachas de hielo en vez de verdes hojas pendientes de los troncos desnudos como barbas de ancianos.

Pero, estos cuadros desolados se borraron también. Pasaron los meses, y la naturaleza empezó a sonreír tras un sueño profundo, con la gracia de una mujer bella que ciñe su cabeza con perfumada diadema y se apresta a seducir desplegando todas las galas de juventud y esparciendo en su redor aromas, luces y esperanzas.

Volvieron las flores y las hojas, las legiones aladas, el sol resplandeciente, el aire tibio y puro, los horizontes diáfanos, las copas umbrías, dioramas espléndidos con sus jardines y bosques llenos de savia prolífica y vida exuberante: el tiempo se reproducía por ley inmutable sobre ruinas y recuerdos, y los mismos árboles viejos se vestían de lujo, echando su cana al aire al beso de primavera.

Nada había cambiado, pues, al parecer, en las preciosas quintas de los suburbios, que volvemos a visitar después de un transcurso regular de tiempo: todo revelaba en ellas aquel esmero prolijo o artístico cuidado con que se atienden los sitios predilectos a que nos suelen ligar dulces memorias y encantos.

Las quintas de Nerva y de Henares, con su verde y espesa vegetación arbórea, parecían formar un solo bosque.

Habíanse aumentado los ejemplares de naranjos, durazneros, nísperos, manzanos y cerezos; las higueras y nopales en estrecha alianza confundían las ramas ásperas y las palas espinosas, acercando a las hinchadas brevas los higos chumbos; los membrillos, ya sin flores color de carne alargaban sus vástagos correosos llenos de velludos frutos hacia el soto, que cubrían con sus nutridas hojas verdi-plateadas; las grandes peras sin sazón, encorvaban los flexibles gajos en compactos grupos, teñidas de solferino y verdemar; en los extensos viñedos las cepas dirigían multitud de sarmientos a todos rumbos llenos de racimos apiñados, que aparecerían después blancos, oscuros y color de rosa: ni una maleza, ni una zarza, ni un cardo se veía a lo largo de los agaves del fondo, al final de cuya línea de pitacos, distribuidos a trechos como guías de granaderos, se percibía el extremo cónico de la choza de Zambique, hasta donde llegaban en confusas espirales las silvestres enredaderas cuajadas de florescencia.

Desde la muerte del liberto, aquel lugar solitario no había sufrido modificación alguna. La choza conservaba en su interior todos los muebles y objetos caprichosos que pertenecieron al fiel negro, sin excluir la marimba, que se mantenía junto al ventanillo empolvada y silenciosa por siempre. En cambio, la naturaleza espontánea y pródiga fecundando las semillas caídas alrededor, había envuelto toda la choza en un espeso manto de parietarias hasta cubrir la puerta por completo, cual si hubiera querido preservar la oscura mansión de toda mirada indiscreta.

La calle que conducía al estanque había sido cubierta con enormes zarzos de hierro para sustento de numerosas viñas, después de ser derribados los eucaliptos que adornaban los flancos.

El estanque parecía un inmenso vivero, por la multiplicación extraordinaria de sus peces; en el segundo departamento, separado por un fino tejido de alambre, las aves de viva y hermosa pluma pululaban como rápidos esquifes de fondos negros, rosados, blancos y cenicientos comprometidos en regatas de honor.

En una tarde apacible de verano, una joven que vestía de luto, encaminaba sus pasos por la calle del estanque, acompañada de una niña de tierna edad.

Esta joven había estado sentada, momentos antes, en el banco de piedra colocado junto al seto, en la parte que daba al mar.

En el semblante blanco y bello de la paseante solitaria, podíanse notar esos signos inequívocos que graban en las facciones los dolores morales; esas huellas leves, pero elocuentes, buriladas por la cavilación de lo que la vida enseña, en armonía con un aire de resignación noble y tranquila, de que sólo son capaces los organismos selectos, en las luchas despiadadas del corazón.

Al primer golpe de vista, seducía esta joven por sus encantos sin artificio, de conjunto afiligranado, por decirlo así, de formas tornátiles, de perfiles correctos, animados por una expresión dulce, sencilla y atrayente, que daba a su cabeza escultural un realce admirable.

Un tul negro encubría en parte su cabellera rubia.

Tenía los ojos de un azul profundo; el seno alto y turgente; las manos pequeñas, de afilados dedos, color de rosa pálida.

Fácilmente habrá reconocido el lector en esta joven a Brenda.

Muchas fueron sus transiciones violentas desde el día de la muerte de su protectora, y desde el instante en que le fue revelado el secreto del encuentro trágico y fatal entre su padre y Raúl.

Cerca de un año había transcurrido desde aquellos sucesos; y aún conservaba frescas las emociones de entonces, abstraída en el culto de los recuerdos, indiferente a los cuadros de alegría extraña para ella, concentrada con fervor en la esperanza y en la fe a que los propios rigores del pesar suelen dar crecimiento y energía.

Si en la vida psicológica basta para el goce una ilusión que quede, ¡cuánto hace un alma sensible por conservarla intacta, por mantenerla siempre excitada y vívida aun enmedio de transitorias dudas y quebrantos!

Brenda había sido declarada heredera universal de los cuantiosos bienes de la señora de Nerva, en cuyo testamento por acto público así se consignaba de una manera formal e irrevocable, sin cláusula restrictiva alguna, como una prueba del profundo afecto que la dulce huérfana mereciera en vida de su benefactora. En la misma escritura de últimas voluntades se designaba la persona que debía ejercer la tutela, y que lo era el señor Enrique Linares, hermano de Areba.

En posesión de esa fortuna, ella habíase sonreído...

¿De qué la serviría?

Sólo para hacer el bien; y al pensar así, la había consolado la creencia de que a su noble protectora sería grato el destino que ella reservaba a sus riquezas.

El mundo había hincado en sus plantas dolorosas espinas; y solía preguntarse, meditando en sus recogimientos prolongados, cuántos no sufrirían más que ella y habrían menester de aquel exceso de opulencia.

Por el dolor propio había alcanzado a penetrarse del dolor humano, desprendiéndose de todo sentimiento egoísta, del ensimismamiento que aísla y no escucha más que una queja, que comúnmente se juzga superior al lamento del infortunio extraño.

Y así cavilando, iba por fin su pensamiento a concentrarse todo entero en Raúl; en aquel ser amado que había muerto a su padre, meses antes que él la encontrara a su paso, cuando aún llevaba luto, y que no veía hacía mucho tiempo, sino a través del húmedo velo de sus ojos, tal como quedó grabada en la mente enardecida su imagen la última vez que escuchó su habla y se extasió al mirarlo.

En los primeros tiempos se había limitado a acordarse, ¡acordarse siempre! sin el deseo de volver a verlo.

No podía desasirse del fuerte lazo de un pesar rígido y severo.

Después, llegó a sentir como un ansia de mirarle un poco, o por lo menos de saber de él...

¿Era esto un crimen? Se estremecía, sin darse cuenta de su inquietud. Una noche soñó que lo había visto, helado e indiferente.

Al despertar, creyó por largos minutos que aquello era cierto; y se había arrojado del lecho llorando.

Desde entonces, fue creciendo el deseo, vago en su origen, ardiente más tarde, de verle en realidad; de oírle, de observar en su rostro los efectos de la ausencia y los resplandores de la pasión que él parecí a sentir en días venturosos como una necesidad suprema de su vida.

Areba, que se había consagrado con extremo afán a las obras de beneficencia, retrayéndose poco a poco de los círculos en que descollase por sus méritos indisputables, solía acompañar a su amiga algunas veces; sin que en esas oportunidades hubiese abandonado nunca su actitud fría y reservada respecto a Raúl.

La muerte de Lastener de Selis, que había hecho en Brenda Delfor una honda impresión, parecía haber introducido en los hábitos y gustos de la señorita de Linares un cambio notable; a partir de aquel suceso dramático y sangriento, Areba concurría al templo con frecuencia, a los hospicios, asilos de expósitos y misteriosos lugares de pobreza vergonzante, donde derramaba piadosa y discreta nobles beneficios.

En la tarde de que hablamos, acababa de dejar a Brenda, cuando nosotros hemos visto encaminarse a ésta por la calle del estanque hacia la glorieta.

La niña que iba a su lado era una de las hijas de su tutor.

Meses hacía que la joven no visitaba la quinta, y complacíase ahora en recorrer todos los sitios predilectos que traían a su memoria recuerdos tan dulces y queridos.

A pocos metros de la glorieta se paró a mirar hacia la casa del lindero.

La ventana del gabinete estaba abierta; y este detalle insignificante para otros ojos que los suyos, la conmovió...

En ese instante la niña desprendiose de su mano, y echó a correr detrás de una mariposa blanca con todo el goce radiante de la inocencia.

Brenda la observó un momento alejarse, y siguió caminando muda y abstraída.

Ya enfrente de la puerta, alzó la mirada, y en el instante mismo, ahogó una gran voz, alargando el brazo trémula, pálida, fría, como si una fuerza eléctrica hubiese crispado todos sus nervios.

Un hombre con la frente baja, los brazos cruzados y el ceño adusto, se hallaba enmedio de la glorieta.

Era Raúl Henares.

Brenda no se movió de su sitio.


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