Brenda : 40

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Brenda : 40
Clemencia​
 de Eduardo Acevedo Díaz

Una breve mirada al pasado, ante todo.

Enmedio de los inesperados sucesos que a la partida de Zelmar sobrecogieron a Raúl, hallose éste perplejo, sin resolución bastante para tentar por el momento paso alguno en sentido de acercarse a la huérfana.

¡Cuán difícil le hubiera sido eso!

Su espíritu había sufrido quebrantos harto crueles y dolorosos para determinarse, libre y enérgico, a asumir actitudes osadas, o a afrontar un problema moral que se le ofrecía con dificultades mayores que la más complicada ecuación algebraica.

Su situación le sumía en la inercia; el presente estaba oscuro; lejos, el albor de la mañana, ¡fresca y sangrando la ancha herida en su pecho y en el de ella!

Resolvió alejarse.

Durante dos meses, Raúl viajó por el interior del país, buscando otras impresiones, otra atmósfera, otra vida; pero, bajo el mismo cielo, en la tierra misma de la patria, no le fue posible devolver a su organismo la calma y el reposo.

¿Los encontraría, acaso, lejos de ella, allá enmedio de sociabilidad extraña, donde nada reavivase las profundas amarguras de su espíritu?

Probó apartarse mucho.

Después de algún tiempo de permanencia en el Brasil, trasladose a Buenos Aires, recorrió las provincias del interior y cruzando la cordillera, se internó en Chile, la extraña tierra tendida entre nidos de cóndores y espumas de océano, entre paralelas de mares y montes excelsos, que la arrullan con música gigante de cráteres y de ondas.

Allí residió largos días, dirigiendo una obra de fábrica.

Concluida su tarea, pensó en excursiones más lejanas.

Pero, sintiose débil ¡al fin! y cediendo al hondo anhelo de volver a ver lo que más había amado, decidió el regreso a las playas uruguayas.

Llegado enmedio de singulares emociones, dirigiose a su quinta, en donde se propuso pasar algunos días.

Selim le había conservado su morada con un esmero digno de encomio. Todo estaba en orden y artísticamente dispuesto, desde la alcoba hasta el gabinete de estudio.

Raúl se encontró con varias cartas y tarjetas. Dos de aquéllas eran de Zelmar, dirigidas la una de Venecia y la otra de París. Su lectura fuele muy grata, impregnada como estaba de aquel espíritu gentil y ático que tanto distinguía al joven médico. Pedíale en la de última fecha, que le informase del estado de sus cosas íntimas que él no podía olvidar ni un momento, aun enmedio de los mil accidentes y seducciones de las grandes capitales.

Este reclamo arrancó al joven ingeniero una sonrisa de tristeza; y como si le impulsase irresistiblemente a una resolución, de que hubiese una hora antes desistido, preguntó a Selim, sin embozo ni reserva alguna si sabía algo de la moradora de la quinta de Nerva.

Selim contestó que hacía mucho tiempo que sólo habitaba una corta servidumbre la casa vecina, desde el día siguiente al de la muerte de la señora; pero que ocho días atrás había tenido ocasión al inspeccionar los setos, de ver sentada en el banco de piedra a la niña de luto.

Raúl quedose pensativo.

Transcurrida media hora, se levantó; y resolviéndose visitar la quinta, bajó las gradas de la escalinata.

Varias veces se detuvo en las calles de árboles, aspirando con placer el aire tibio de la tarde.

¡Cuántos recuerdos!

Allí estaba la escena tranquila y solitaria del poema de otros tiempos, apenas separada del sitio en que posaba su planta por un seto de arbustos, entre los que asomara ella un día su cabeza encantadora.

Delante la glorieta silenciosa, por cuyos arcos cubiertos de doseles de madreselva atravesaban en raudos vuelos las alegres golondrinas; más allá, la calle del estanque, los bosquecillos de naranjos y limoneros, el laberinto de sendas festoneadas de boj; hacia el fondo la línea de tunas, el banco de piedra, el vértice de la choza de Zambique, sobrepujando las verdes y flotantes bóvedas como el cono de un templo africano enmedio de las florestas.

¡Todo hablaba del tiempo que fue, removía fibras, renovaba en la visión los mirajes del pasado ensueño!

Inmóvil estuvo Raúl con la cabeza descubierta, la mirada fija, fiebre en las sienes, de pie junto al seto, pensando quizás que aquel color de esperanza, flores y frutos, todo aquel paisaje de encanto y de luz reaparecía misterioso a la vuelta de un año, con la misma facilidad que en el corazón humano la pena ahonda, marchita y destruye los ideales de la vida.

De pronto, cual si cediese a un deseo vehemente, el joven se aproximó más al seto. No se veía persona alguna en el interior de la quinta de Nerva, que él podía dominar a su frente; reinaba completa soledad.

Raúl salvó el seto, y fuese con paso firme y resuelto a la glorieta, donde se entró.

Fue la suya una determinación súbita, como de quien se siente atraído irresistiblemente por una fuerza secreta hacia un lugar que no se creía volver a ver, y que de improviso se exhibe ante los ojos sorprendidos, hiriendo en lo más vivo el recuerdo.

Cuando divisó a Brenda, creyó que soñaba.

La realidad tenía que imponerse pronto; y una emoción profunda se apoderó del joven, cuando ella al presentarse en la puerta, extendió su mano y sofocó un grito, bajándola luego, con la cabeza, para quedarse quieta.

Allí estaban los dos, el uno muy cerca del otro; temblantes, mudos, sin moverse un paso, lo mismo que aquellas estatuas que se erguían blancas entre yedras y nutridos follajes en el cercano bosquecillo.

La sorpresa les había hecho contener hasta el aliento.

Poco a poco fueron levantando las cabezas con desconfianza, y se miraron con la pupila fija y los parpados temblorosos.

Parecía que querían cerciorarse, con miedo de que aquello no era una ilusión de los sentidos: se compenetraron; y al mismo tiempo, tal vez, creyeron que uno y otro arrastrados por su destino habían puesto intención y voluntad para aquella aproximación.

Apenas más tranquila, dueña de sí misma, Brenda recogiose un poco con la izquierda el crespón que cubría su cabeza; frunció el labio y le miró al soslayo, con aire inquieto y esa perplejidad adorable que en la mujer enamorada se traduce en estremecimientos y suspiros.

Raúl arrancándose de súbito a su situación violenta, rompió el silencio, diciendo en voz baja y trémula:

-Ha sido necesario que llamase a mí todas las memorias gratas al espíritu... para atreverme a dar este paso, Brenda. Lejos estaba de esperar este encuentro, aunque algo me lo hacía presentir...

Quizás este deseo ardiente, duradero, que nunca se apaga, que me arrastra y subyuga; ¡acaso, un ansia profunda e intensa de ser oído antes de ser olvidado por siempre!

La joven asumió una actitud grave y severa, al escuchar estas palabras.

Tenía el semblante casi transparente, el seno agitado, los ojos húmedos con una expresión extraña, que era mezcla de dolor, de altivez y de cariño.

Aquella voz llegola al fondo como un arrullo delicioso, enmedio de las hondas tribulaciones que estremecían su ser; convencida de que no podría odiar ni maldecir, ¡aun cuando a su eco se agolparan a su mente las sombras de una historia fatídica y sangrienta!

Como le mirase muda y fría, Raúl prosiguió:

-Yo bien conozco que no tengo ya derechos...

Pero, séame concedido el consuelo de una confidencia íntima, como un descargo de conciencia, aunque ella renueve pasadas amarguras o encone la herida abierta por la más negra fatalidad.

Yo diré lo que pasó, confesaré mi culpa, si pudo haberla en quien no tuvo tiempo de odiar; que no fue el encono el que armó mi mano, Brenda, para arrancar una vida, en otra hora para mi inviolable y sagrada, sino el grito de la carne y de la propia conservación, enmedio de toda la fuerza impetuosa de la primera juventud...

-¡No fue el odio! -balbuceó Brenda como aterida, la frente plegada, las mejillas ligeramente sonrosadas de improviso, y los ojos llenos de ese fluido que parece condensar cien emociones.

-¡No fue el odio! -repetía en tono muy flébil y dulce cual si hablara a solas, poniendo su mano en el nacimiento del seno que ondulaba a intervalos a los golpes del corazón henchido de amores y de lágrimas.

¡Nunca lo supe bien!...

Y así diciendo levantó los ojos de azul sombrío, que puso en los de Henares, con una expresión de ansiedad indecible.

Animose Raúl entonces, aventurándose en el relato.

-Pasó aquello en la guerra...

Los bandos estaban enconados y las pasiones embravecidas; pero, en el lance singular de que hablo, a solas, enfrente de un adversario para mí desconocido, altivo y arrogante, enmedio de un vado estrecho, sin poder retroceder ni avanzar, porque la muerte me aguardaba por doquiera, yo no estaba, sin embargo, animado de rencor y de venganza, ni quise agredir el primero, aunque el deber me exigía sacrificarlo todo a mi paso sin clemencia ni perdón.

Fue preciso que la lanza del coronel Delfor desgarrara mis carnes y comprometiese seriamente mi vida, para que yo me decidiera a la defensa enérgica de tan fatales resultados para él; y eso sucedió, cuando ya la sangre brotaba a raudales de mi herida, y no me quedaba otra solución en el duro trance que la de matar o morir...

-¡Oh! -profirió Brenda cubriéndose el rostro con ambas manos y avanzando un paso a impulsos de la emoción-. Él ¿hirió el primero?...

-¡Sí! ¡Yo no tenía por qué odiarle!

Lejos uno y otro del centro de la acción, del fuego que enardece, del entusiasmo febril que circula por las filas, comunicando a los brazos una actividad implacable, y a las pasiones de partido una excitación temible, yo pensé al principio, que en aquel encuentro aislado uno y otro depondríamos nuestras diferencias en homenaje al sentimiento de la fraternidad, que no se extingue por completo en los hombres de corazón; ya que el estéril sacrificio de mi vida, o su fin oscuro, lejos de las líneas, banderas y entusiasmos de la batalla, allí en aquel sitio apartado y solitario, nada añadiría al orgullo del vencedor ni a la justicia de la causa.

Éramos como dos dispersos en quienes hubiera concluido la fiebre del combate, que se encuentran al fin de la jornada, se miran, y pasan, ya sin razón de ofenderse o de agredirse.

Pero, él era bravo y cedió a los arrebatos de la sangre rica y ardiente.

Me atacó, y me defendí.

¡Grave infortunio, a veces, el de ser afortunado!

¿Sabía yo acaso que aquel valiente era tu padre?

Cuando la verdad lució, pensé que no había castigo mayor que el conocerla, y que para este destino no se hizo consuelo alguno.

¿Qué alma fuera tan piadosa que restañara en el vivo, una herida peor que la del muerto?... ¡Oh! ¡Si mi vida pudiera rescatar la de tu padre!...

La voz del joven era baja, lenta, suave como un trémulo, como de quien reprime profundos arranques que llegan a la garganta en forma de nudos que amenazan ahogar y al fin descienden de nuevo al fondo del pecho oprimido.

Brenda le miró, con las pupilas veladas por el llanto y las mejillas encendidas, acercándose a él por un impulso maquinal, inconsciente, entreabierta la boca, por el ansia de decir algo que su lengua se negaba a articular; pero que su rostro denunciaba a lo vivo.

Los dos quedaron en suspenso, por un instante; ella, inquieta, casi vencida; él, lleno de ardor, insinuante, alentado por la pasión férvida que trasmitía unción a sus frases y fuego a su mirada.

Adelantose luego, hasta ponerse casi en contacto con la joven y quemarla con su aliento; y como ella bajase la cabeza fascinada y suspirante, dijo encima de su oído:

-No, me guardarás odio, ¿verdad?

Lo quiso así mi destino infeliz; y mira en qué grado soy culpable, ahora que los años han pasado, y el dolor recién viene a marchitar la dicha que soñé... ¡la dicha de la huérfana en cambio del infortunio del padre!

Si no quemara tu labio una palabra...

Levantó Brenda los párpados lentamente, con una expresión de amor intenso en sus ojos y preguntó febril:

-¿Cuál?

-De clemencia y de perdón...

Puso ella sus manos temblorosas en el pecho agitado de Raúl, y posando en su hombro la cabeza suavemente, llena la mejilla de calor, teñido en grana el labio, en vano reprimiendo los latidos de su seno que ondulaba con violencia, balbuceó en tono tan ledo como un hálito una sílaba, que los labios de su amante recogieron en una aspiración suprema, al sellar su boca deliciosa con un beso de inefable ternura.

¡Aquel beso les hizo olvidar!

Era síntesis de anhelos reprimidos, de pasiones profundas porque habían sido contrariadas, y compensaciones de un año de ausencia.

Enmudecieron; disipáronse las sombras de las frentes; buscáronse las manos en cariñosa alianza, la mano blanca y pura de la virgen y la mano del matador; plegáronse los párpados al influjo de un vértigo veloz, y al estremecerse los cuerpos estrechados suavemente, unidos los rostros en transporte de deliquio, parecieron trasmitirse todos los ensueños y esperanzas reconcentrados hasta entonces en el fondo de sus almas por los rigores de la duda y del quebranto.

En ese grato momento de amor, de clemencia y de perdón, la niña que acompañaba a la huérfana, volviendo con la mariposa en la mano, asomó sorprendida su carita de rosa y púrpura, despierta y vivaz contemplando con asombro la escena.

Desprendiose la joven, y vino hacia ella sonriente.

La niña miró a Raúl con aire de extrañeza, mezclada de simpatía; y extendiendo a él su manecita, preguntó con dulce candor: ¿Ése es tu novio, Brenda?

-Sí -dijo ella, besándola en la boca-. ¡Es el que será mi esposo!

Y volviéndose a Raúl con los ojos brillantes de amor y de ilusión, agregó antes de alejarse con imperio:

-¡Irás mañana!


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