Brenda : 7

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Brenda : 7
Estrella de mar​
 de Eduardo Acevedo Díaz

Cuando Zelmar dejó a Raúl, bajó preocupado las gradas del vestíbulo, puso un pie en el estribo de su carruaje, y antes de subir hizo una seña al cochero, que se acercó para recibir ciertas instrucciones en voz baja. Enseguida el vehículo arrancó, rodando sin estrépito sobre un suelo de tierra firme.

Empezaban a cubrir todos los objetos las primeras sombras. El carruaje siguió por la calle de Cebollatí, vía despoblada y solitaria, apenas favorecida por algunos setos y ombúes ramoneados, hasta la de Santa Lucía, no menos triste y obscura, llena de huecos y sotos, terrenos incultos y altas yerbas secas y amarillas. A lo lejos veíase una que otra luz oscilante de coches que cruzaban por caminos más frecuentados, o el fulgor color sangre de las linternas convexas de los tranvías.

Una vez en la calle de Santa Lucía, dobló a la derecha y prosiguió su rápida marcha por la de Isla de Flores, de manzanas retaceadas y faroles dispersos, a manera de escuchas, especialmente en las proximidades del cementerio Central, que parecía trasmitir a aquellos barrios silenciosos de una tranquilidad profunda, como una sombra fría y funeraria.

Se deslizó por esa calle largo trecho sobre un afirmado enriscado y difícil, propio para tumbos y vaivenes, hasta llegar a la de Andes, que recorrió breve espacio. En la usina del gas brillaban vivas luces que esparcían en redor una claridad blanca y extensa, en tanto que de lo alto de su chimenea, prolongada pirámide perdida en las tinieblas, se desprendían otras de tinte rojizo entre una pequeña humaza azulada.

El carruaje se detuvo en la callecita de Valles, estrecha y reducida. Ésta forma, con la de Miní, sobre un terreno mal repartido, ocho rectángulos con edificios desiguales y angostos en su mayor parte, y ambas corren paralelas a la de Isla de Flores hasta el pequeño cabo o punta de tierra en que concluye la tortuosa calle de Ciudadela, divisoria de la ciudad. Las dos callejuelas tienen entrada por la calle de los Andes, y salida hacia la costa por los claros de la de Ciudadela, formando con las adyacentes un ángulo casi recto.

Se notaba en la de Valles a esa hora, poco movimiento. Uno que otro transeúnte, cruzando las aceras, y algún organillo haciendo oír en la esquina desapacibles sones, constituían toda su animación. Por la de Andes solían atravesar cuadrillas de obreros con las blusas al hombro para soportar mejor el peso del pico o la pala, los sombreros raídos en las nucas, callados y sudorosos, dirigiéndose a paso lento y uniforme hacia las posadas favoritas, donde formar mesa redonda, y escanciarse el grueso vino tinto, propio para llenar de vapores densos el cerebro y matar la pena más gruesa aún de la jornada.

Zelmar bajó rápidamente del coche, y dijo sin detenerse:

-Puedes regresar. Mañana a las seis ven a esperarme en este mismo sitio.

Enseguida, desandando parte del trayecto, encaminose hacia la costa, deslizose por la rampa, y volviendo sobre la izquierda, se detuvo a corta distancia, ante una casa modesta, con frente y ventanas al río.

Toda esa costa al este, y en su prolongación hacia el sur, resguardada al final de los declives por murallones provistos de mesillas y peldaños de gneis, que terminan en el terreno peñascoso de la orilla, marca el estuario o constituye verdaderamente el litoral sinuoso en que se percibe de una manera sensible el doble movimiento de las aguas marinas. El caudaloso río no mantiene ya allí con el océano la porfiada lucha, y su corriente marcha con el paso tardo e inseguro del paladín abrumado por la fatiga de muchas horas de combate rudo. La extensión acuosa empieza a dilatarse a todos rumbos gradualmente; y el dorado de los fondos dulces retrocede en sus excursiones atrevidas, apenas siente el sabor amargo del líquido en que sobrenadan las medusas y toninas, apuntan rudimentos de algáceas y coralinas, y asoman más adelante, cerca del cabo, las aletas dorsales de algunos escualos vagabundos. En días de tormenta las verdosas olas, encrespadas y bullentes, levantando o sumergiendo como frágiles corchos las barcas de los pescadores, en sus lomos indomables y en sus movibles curvas, parecen reclamar los derechos del océano al romperse con imponente furia en las rocas del litoral, cuyas eminencias rasan y salvan en masas de brillante espuma.

La casa frente a la que se detuvo Zelmar dominaba desde sus ventanas la líquida llanura, y grandes grupos de peñascos, hacinados, que formaban una costra consistente, cubierta de protuberancias deformes, negras y erizadas.

Era ya entrada la noche, cuando el joven llamó suavemente a la puerta.

-¿El señor Bafil? -preguntó alguien con acento quedo, entreabriéndola con lentitud.

-El mismo, Gertrudis.

-¿Ocurre novedad?

-Ninguna -respondió una mujer, dejándole el paso libre, y cerrando tras él la hoja.

-La pobrecilla sentía impaciencia, y me ha interrogado por usted varias veces.

Un reverbero alumbraba desde el fondo del zaguán esta escena.

La llamada Gertrudis era una persona de cuarenta años, más o menos; fisonomía colorada y llena, pelo de un rubio deslustrado, boca lasciva, desprovista de algunos dientes, ojos redondos y perspicaces, con cejas ralas y casi blancas, nariz de vómer muy hundido, anchas fosas y sin duda de olfato fino, y frente de piel rugosa con huellas de paño.

Medida, reposada, discreta en sus modales y expresiones, tenía el aire marcadísimo de un trotaconventos. Debía ser hábil para llenar las formas, husmear los desfallecimientos de la inocencia y tentar al candor en cierto cuarto de hora en que la mirada está absorta en el abismo.

Respiraba esencia de romero. Vestía decentemente traje de seda negra, con escote, y lucía en su cuello grueso y algo escoriado, una cadenilla de oro con relicario.

Aunque se había dado escofina, nada disimulaba lo tosco y grotesco de su persona. El polvo aplicado a su rostro y cuello formaba líneas blanquizcas en las sajaduras, dejando al descubierto las partes rojas y amoratadas, semejantes a verdugones reacios al emplasto y al colorete. En la diestra ostentaba una sortija con piedra de ágata, en que se leía la palabra Recuerdo. Dábase aire con un abanico adornado de plumas de flamenco y cisne, y conversaba encima del oído manteniendo con la mano izquierda levantada la falda, en actitud de la que cree que aún conserva tesoros codiciables.

Zelmar miró su reloj, y dijo:

-En verdad me he retrasado, y lo siento, pero estoy en tiempo de reparar la falta.

-La mesa está dispuesta, y ella aguarda. Puede usted entrar.

Gertrudis acompañó a Zelmar a través de una salita y un retrete, que se encontraban en tinieblas y se detuvo ante una puerta, diciéndole siempre en su voz baja y meliflua:

-Ahí está la hermosa. Me vuelvo y dejo a usted libre.

Y aquella mujer, en cuyo acento se conocía un origen extranjero, empujó dulcemente al joven, desapareciendo luego sin ruido en las sombras.

Apenas puso Zelmar su mano en el pestillo, abriose de súbito la puerta, demasiado tiempo cerrada a la impaciencia del amor, y una joven se arrojó en sus brazos, estrechándole con ardiente cariño.

-¿Por qué has venido tan tarde? -preguntó con solicitud extrema, volviendo a enlazar el cuello de su amante-. ¡Cuántos días hace que no nos vemos!

Él la besó en la boca diciendo:

-Perdóname, pues que me reconozco culpable. Pero si no hubiese demorado, ¿tendrías esta ocasión de reprocharme, y yo de prodigarte mayor afecto, si posible fuere?

-¡Oh, sí! Yo lo quiero todo. Estoy temblando no sé por qué, y ahora que tú has llegado, siento más grande este temblor...

-Vamos a cenar.

-Perfectamente -dijo Zelmar arrojando su sombrero-; el amor no excluye el apetito, y es regla higiénica no dejar transcurrir la hora. Desecha ideas tristes, Cantarela, pues me duele esa zozobra, y siéntate aquí, a mi lado, alegre y expansiva como en otras horas, para probar del mismo manjar y libar de la misma copa.

La joven sonriose y tomó asiento, abandonando una mano entre las de su querido.

-Quisiera estar así para agradarte -repuso luego-; ¡pobre de mí! Tengo miedo al pensar en la vuelta de mi padre y de Gerardo, que le acompaña, y a quien él me quiere dar por marido.

Ciñó con sus manos, al decir esto, la cabeza del joven, mirándole en los ojos con ternura.

Zelmar, que se había quedado un momento pensativo, la atrajo hacia sí suavemente, hasta unir su rostro al de ella.

-¿Será muy pronta esa vuelta? -preguntó.

-Hace mucho que se fueron a la pesca de lobos, pues necesitaban de su trabajo, con ese motivo en la isla; y por otro lado, daban poco entonces las pesqueras de la costa. Esto los decidió y se dieron contentos a la vela.

Mi padre me recomendó sus redajas y la red de grande de jorrar, cuyas mallas yo componía siempre tendiéndola en las toscas bajas de la playa...

En eso estaba una tarde, cuando me conociste.

Y retiró lentamente la joven, cabeza y manos, fijando otra vez en su amante unos ojos negros, rasgados y expresivos, de pobladas pestañas y cejas de crespón, llenos de ese brillo y fuerza misteriosa que revelan la voluntad y pasión ardiente.

Tenía Cantarela la tez morena, pequeña la boca, rojo subido el labio y muy blancos los dientes; una nariz fina, una ligera sombra sobre el labio superior formada por un vello diminuto, sedoso y suave, y fugaces tintas de rosa, esparcidas en las mejillas, que eran como otros tantos besos de la brisa de las playas, daban al conjunto esa gracia e interés que aumenta el encanto de la juventud y del amor. Su hermosa melena negra, caída en onda sobre la frente, y recogida por detrás en gruesas trenzas, podía servirle de manto. La cintura delgada, la espalda algo estrecha y el seno saliente y mórbido, completaban las formas de esta ondina, arrancada a su elemento amargo por el prestigio de la ilusión. El sol y el viento de la ribera habían rasado su piel, sin dejar en ella rastro sensible; pero en cambio los peces al saltar veloces de la barredera a la barca o a la arena, habían hincado más de una vez las punzas de las aletas en sus manos dejándoles ligeras huellas. Con todo, aquellos dedos que sabían arrancar branquias y tejer redes, eran hábiles también para improvisar bucles en la cabellera de su querido.

Amaba con vehemencia, sin reserva, sin escrúpulos, sin cálculos, con todo el corazón. ¡Y así quería ser querida! Entregarse sin interés, creyendo en la sinceridad ajena como en la propia, era para ella lo natural; aquel elegante y gallardo mancebo se sentía satisfecho de sus caricias, y como ella debía ser siempre la misma, ¡nada más embriagador que ese eterno delirio!

Zelmar volvió a oprimir su mano.

-¿Por qué sospechas tan mal de mí? -contestó en tono insinuante y persuasivo-. Desde el día que recuerdas reinas en mi corazón, que pareces haber envuelto en sal marina para reservártelo todo entero; ingrato sería si no compensara tu amor con otro idéntico, y ofreciese a tus deseos más mínimos dulce satisfacción. ¿No estás contenta en este asilo? ¿Temes el regreso de los ausentes? ¿Te es ya, acaso, odioso el sitio en que nos vimos y donde empezamos a amarnos? Si así fuera, pronuncia una sola palabra, y tendrás todo, que yo no he de abandonarte. Y ahora ¡un beso en ese labio de coral!

-Uno, no...

-¡Entonces muchos!

-En la tarde vine con la cabeza que me ardía; y era porque al pasar me miraban con mal gesto los hombres de la orilla, como si encontraran alguna vergüenza negra; y al pensar que pronto no me querrías, sentía andando, una pena que me hincaba el pecho como un cuchillo.

-Nada te importen esas gaviotas grises, amándote yo, y no recuerdes que bajaron a tu estela, lanzando sus roncas quejas. Acerca bien tu silla y cenemos.

La joven pasose la mano por los ojos, como para ahuyentar amargas preocupaciones, y quedose silenciosa.

Aromadas flores de vivos matices rodeaban en artística guirnalda la mesa.

La atmósfera saturada de perfumes contribuyó con los líquidos generosos a excitar la fantasía, a medida que la cena tocaba a su término, y mil palabras dulces se cruzaron envueltas en ternezas. Relegáronse al olvido, sin mucho esfuerzo, las dudas y presentimientos que habían embargado el ánimo, y empezaron a germinar las ideas incoherentes, entre frases sentidas y apasionadas.

De una misma copa bebieron los amantes, echando cada uno en ella su porción de dicha, para saber quién se la libaría toda; y disputaronse la copa, besándose en los labios, hasta que sorbió al fin Cantarela su último resto.

Reía y parecía feliz. Sus ojos estaban húmedos y lucientes, el seno palpitante y entreabierta la boca, ornada de perlas.

-¡Cómo bramaba anoche la tormenta! -exclamó de súbito, y parecieron velarse aquéllos con una sombra.

-¡Pobres de los que andaban en el mar! Tú no sabes eso... se piensa entonces en la Virgen, y se reza...

-No quiero pensar; hay aquí mucho veneno...

-Las flores embriagan sin sentirlo -dijo Zelmar enlazando su cintura con el brazo izquierdo, mientras libaba con la diestra una copa de champagne.

Los ojos de Cantarela brillaron con un fulgor sombrío, y sin contestar nada, arrastró a su amante al retrete, que se conservaba en tinieblas. Zelmar cedió sin resistencia, empeñado en cantar una romanza cuya letra había olvidado en ese momento.

Dirigiose a la ventana, con paso firme, y la abrió por completo. Zelmar volvió a enlazar su talle, atrayéndola con dulzura, y ella dejó caer la cabeza en su hombro, aspirando con fuerza el aire fresco y puro de la ribera.

La noche estaba estrellada y tranquila.

Percibíase apenas el escarceo de las olas al lamer mansamente las peñas de la costa, destellando pálidos reflejos; y a la distancia, en el fondo obscuro del horizonte, las luces rojas o azules de algunas naves que entraban a marcha lenta en la bahía.

Mecíanse varias barcas en suave cabeceo en las pequeñas abras de la costa, ceñido el paño, y sujetas a la maroma; en tanto que otras, haladas sobre terrenos areniscos, semejaban extraños cetáceos muertos, depositados allí por la marea.

De improviso hizo resaltar la solemnidad de este silencio un canto lejano modulado con un tono acompasado y melodioso, cuyas voces eran claras, vibrantes y bien distribuidas, extendiéndose a lo largo de la orilla como una plegaria llena de fe.

Cantarela se estremeció, alargando su brazo hacia afuera con un movimiento rápido y nervioso.

Era un coro de pescadores.

Una de esas barcarolas o playeras graves y profundas, en que suelen descollar voces de un timbre soberbio, mezcladas a las bajas notas de pechos enérgicos y cavernosos parecidas a rumores de ondas, himnos del mar inspirados por la tristeza de las playas, la majestad de las aguas, la magnitud del peligro, la aridez de las rocas, el calor de las arenas, la fosforescencia de las espumas, la placidez de la bonanza, o la furia de las tormentas; y cantadas con sentimiento que conmueve, en la hora silenciosa del descanso, sobre las peñas, con la mirada perdida en la línea de las dos inmensidades, sin otra música que el monótono son de la marea y el columpio de las barcas al impulso de la brisa; cánticos sencillos y sonoros que arranca el cansancio de la lucha, y que consuelan y retemplan para la lucha de mañana, en que se levará al nacer el sol el ancla, con una esperanza nueva.

Sobresalía entre aquellas voces una argentina y melodiosa, de una frescura y vigor admirables, a través de la distancia, que daba al coro melancólico encanto.

La pescadora se había quedado inmóvil, casi anhelante, con el oído hacia la ribera.

-¡Esa voz! -murmuró-, ¿no la conoces?

-Podrá ser: es muy simpática. Pero dudo que alcance al do sobreagudo.

-No me siento bien aquí.

-¿Hay también veneno en la brisa de las playas? -preguntó Zelmar, riendo y cerrando la ventana.

No le daremos entonces paso; y ven a mí sin angustia, mi más caro afecto. Al pasar, la habré oído tal vez, pero todos mis sentidos estaban seguramente concentrados en otra parte, y era en aquella donde vivía la más linda mujer, en todo el largo de las costas, oculta como una concha delicada. La amé, y la ofrecí todo un tesoro de sentimientos que ella aceptó, dejando entre las toscas redes los míseros ensueños de una existencia obscura.

-¿Te has arrepentido, acaso?

-¡Oh, no...!

Puso ella la mano en la boca del joven, y por un momento permanecieron estrechados, en voluptuoso deliquio.

Ya no hablaron más.

Media hora después un silencio profundo reinaba en la cámara obscura.

Oíase, en tanto, a lo lejos, el canto de los pescadores, menos alto y sonoro, pero más triste y sentido, dilatándose en monótonas cadencias por la soledad del mar.


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