Brenda : 8

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Brenda : 8
Rayos dorados​
 de Eduardo Acevedo Díaz

En la mañana siguiente, entre risueño y pensativo, el joven tomó asiento en su carruaje, que le esperaba en el sitio designado.

Pensativo, decimos, porque las impresiones de la noche, en su sentir, diferían un poco de tantas otras análogas por él experimentadas, y de las que no había conservado muy prolija memoria. Era ya esto un motivo de preocupación; ciertas aventuras suelen concluir en drama. En sus gustos -según él los calificaba-, había consultado siempre la «variedad» sin comprometer la energía de sus pasiones en luchas decisivas, aun cuando fuera de su agrado consumir en su misma raíz las ajenas, por completo. Conservarse entero, conmover, sin sentir fuertes emociones en realidad, importaba una resolución de conciencia difícil de sufrir quebranto. Creía garantirse o por lo menos preservarse, con su segunda educación, de las traiciones del sentimiento.

Por esta vez, sin embargo, temía haber ido más allá, en los entusiasmos de su amorío, y no dejaba de inquietarle la sospecha de complicaciones futuras, muy posibles, dado el carácter de la pasión que había inspirado. A pesar de eso le halagaba su conquista, y se decía con cierta complacencia que Cantarela era quizás «la única playera que no olía a pescado», aunque hubiese crecido entre redes, o sepultádose muchas veces entre espumas de salobres ondas.

En estos amores ligeros, de cariño áspero, de afanes mal disimulados, de exigencias sin mesura, en que por una parte se da todo, como único medio de llenar la capacidad de una pasión ingenua, y por la otra no se impone tributo sino a la fantasía, para mantener una temporada de celo y de apetito no bien repleto; en esos poemas de último orden, por decirlo así, en que la correspondencia es nula en el fondo, y apenas creíble en la forma, como tantos vínculos vulgares a que se da importancia en la vida de ella careciendo, suele suceder que el corazón apasionado concluya por dominar al que no lo está; que la amante eleve al seductor hasta su nivel, y que de una manera insensible destruya su superioridad y le haga siervo de su propia ligereza, más por los escrúpulos que la preocupación social suscitaría en un espíritu, de suyo escéptico en otro género de lances, que por el amor de la carne, la diversión de los sentidos o la fiebre del placer. Aun en los caracteres cínicos nótase el fenómeno de una sensación dolorosa ante la fuerza del reproche, si bien provenga con frecuencia de otros más dignos de él, lo mismo que puede producirla el escalpelo al penetrar en un órgano lesionado y es porque hay algo parecido a una violencia moral en el cariño que no se retribuye, el que cuando no logra atar con cadenas de oro, tiene en su apoyo las mismas preocupaciones y temores del que lo ha provocado.

Zelmar recordaba aquellas palabras de Gabriel Riquetti, de tan clara verdad, en sus cartas a Sofía:

-Cuando una mujer se entrega por completo a un amante, debe haber conocido bien al hombre que su amor le ofrecía. El don de su aprecio y su confianza han precedido necesariamente al de su corazón.

Ya es mucho que la mujer penetre en las recámaras y circunvalaciones del pensamiento del hombre a quien se prodiga, y vaya allí mismo a sorprender los planes del futuro y las infidencias del presente, armada de esa pasión celosa y vigilante que todo atisba y nada perdona, en obsequio a su natural egoísmo.

En estos y otros pensamientos semejantes, iba absorto, cuando vino a apartarle de ellos un incidente pasajero.

El coche, que había rodado por la calle de Andes, detúvose de pronto al llegar a la del 18 de julio, para dar paso a un elegante cupé que conducía a una dama. El encuentro fue inesperado y de sensación.

Zelmar se apresuró a asomar la cabeza, descubriéndose con respetuoso afecto.

Enseguida pensó:

-Viene de misa. ¿Adónde irá?

La dama, que era Areba Linares, al contestar aquel saludo con una sonrisa graciosa, concluyendo de ajustarse un guante, reiteró alguna orden a su cochero.

Mientras el carruaje de Zelmar seguía su marcha al centro, el cupé continuó hacia el este por los rieles de la ferrovía, cruzó por delante del cementerio inglés, y cambió en Médanos de rumbo. A breve trayecto por esta calle, prosiguió velozmente por la de Estanzuela, en dirección a la quinta de Orfila de Nerva.

Los sitios que el cupé recorría han sufrido, transformaciones notables de algunos años atrás, especialmente los comprendidos en la zona ribereña, hasta el Buceo.

Estos lugares, que conoció Azara, y que alumbraron los vivacs de las tropas británicas, después de gloriosos combates, eran a principios del siglo terrenos agrestes e incultos, de pintorescas colinas, cubiertos de médanos, y matorrales sombríos, en los que apenas se alzaban, bajo tiro de cañón de la ciudadela, algunos edificios dispersos de irregulares proporciones. De una parte hacia el levante, casas aisladas, la escuela práctica, el horno de Viana y el matadero de Sierra; hacia el mediodía el cuartel de Blandengues y corrales de Silva, y más al este los de Martínez y de Pérez, y el cuartel de los Indios, con una que otra población solitaria de pesada arquitectura, en sus cercanías.

El tiempo ha pasado su mano sobre esas construcciones de una sociedad vieja, dejando apenas en pie, como vestigio melancólico, alguna obra ruinosa, de aspecto conventual, con sus palomares de antaño, sus corredores húmedos y obscuros, sus enrejados de presidio, sus paredes de caserna de una solidez extraordinaria, y sus chimeneas rectas y macizas, por donde parece aún escaparse el humo de las veladas coloniales.

Bajo la acción del progreso y del cambio que corrige ideas y costumbres, el panorama ofrece hoy muy diversas perspectivas y paisajes deliciosos. Han desaparecido con los lugares desiertos esos edificios negros y tristes, diseminados en las alturas, a manera de centinelas de piedra de la tradición, vigilantes y fieles a la consigna, hasta caer a fragmentos bajo el pico del obrero. El gas alumbra los antiguos matorrales convertidos en paseos; el riel de acero trepa las colinas y se desliza por las pendientes; blancas y alegres moradas se elevan en la espesura de vegetaciones lujuriosas, con toda la belleza y gallardía del arte; fábricas y escuelas se levantan junto a las capillas y monasterios de moderna arquitectura, como indicando que hay una actividad febril y creadora capaz de absorber las fuerzas que la preocupación o la inercia desvían y esterilizan por el momento; el buen gusto se ha difundido con la vida regalada, y ha impreso su sello en las casas de campo, jardines, avenidas, sitios de recreo, formando vías de comunicación fácil y estrecha con la ciudad antigua, cuya traza incorrecta y tortuosa, contrasta singularmente con el plano topográfico de una parte de la nueva, y cuyas escasas condiciones higiénicas impulsan a las familias de regular fortuna a buscar más puro ambiente en los suburbios en la temporada ardorosa del estío.

La casa-quinta de la señora Orfila de Nerva, como la que habitaba Raúl, reunían en su conjunto sencillo y elegante, todos los encantos y alicientes propios para una temporada festival, cerca de la costa, y perpetuamente acariciadas por la brisa marina. El retiro era allí solitario, agradable y tranquilo; verdaderas mansiones campestres, sin el bullicio ensordecedor de la ciudad, y sin la soledad monótona del desierto.

Como de costumbre, hallábase Brenda de pie desde muy temprano esa mañana.

Recorría la quinta con un gajo de nardo lleno de flores en la mano, y un sombrero de pajilla de anchas alas, suspendido del brazo con una cinta de moaré, cuando le anunciaron la visita de su amiga.

Corrió en el acto a su encuentro con el rostro radiante de placer. Era para ella muy grata la presencia de Areba, a quien la ligaba esa dulce e interesante amistad que tanto embellece y tiñe de brillantes colores las horas de la mujer, poniendo de relieve sus sentimientos tiernos y acendrados, mientras la sombra de pasiones absorbentes no empaña, el cristal de sus purezas, marchita la edad la fe del corazón.

Prodigáronse caricias, y muchos de esos besos armoniosos que las mujeres lindas se dan en los labios, sin reserva, y con naturalidad encantadora.

-Vengo a pasar contigo el día -dijo Areba-. ¿Me aceptas?

-Debiera decirte que no, para que no te se ocurran esas cosas. Sabes cuánto gozo con tu presencia, y qué agradables momentos nos proporcionas. Verás qué contento el de mi madre, que no te esperaba hoy ciertamente.

-Me agradan las sorpresas: ¿sigue bien?

Brenda hizo un gesto de disgusto.

-Se ha restablecido de sus últimos quebrantos -contestó luego con acento en que se traslucía alguna pena-; pero ha quedado bastante débil y abatida...

-Eso es natural al salir de una dolencia, y no veo motivo de alarma. Tú estás bien siempre, querida amiga: ¡cada día más bella!

Brenda se puso encendida, y sonriose.

-¿Será porque te regalé esta flor, Areba? La pondré en tu seno, y verás como aparece menos linda que tu rostro.

Y arrancando del gajo un nardo lleno de aroma y de frescura lo colocó en el pecho de su amiga, poniéndose delante de ella, y buscando con los suyos los bermejos labios de aquella hermosura altiva, que sólo parecía enternecerse al suave halago de una amistad profundamente sincera y delicada.

-¡Aduladora! nada me dejas que decirte -repuso Areba con voz blanda y cariñosa, levantándose el velo blanco que cubría sus ojos de grandes y profundas pupilas, para fijarlos mejor en el célico semblante de Brenda.

Luego puso sus manos en los hombros de la joven, y agregó con un suspiro:

-Hoy tocarás el piano, y yo cantaré: ¿te parece bien? Escogeremos la música de Schubert y de Weber, que tanto te gusta, y que impresiona a tu noble protectora; esa música que nunca envejece y que subyuga siempre...

-¡Oh, sí! la elección no puede ser más acertada y ella prueba tu buen gusto. ¡Qué hermosos momentos vamos a pasar! Recorreremos el jardín y toda la quinta, la choza de Zambique, el estanque, la huerta; y después iremos a la costa para conversar con los pescadores, y recoger conchillas y piedrecitas de colores en la playa...

-No tendré tal vez tiempo para tanto, mi amada Brenda; pero algunas de mis horas te pertenecen. Hablaremos de ti, de tus sueños, de tus esperanzas, de tus dichas...

-Y tú me narrarás con más reposo que la última vez el episodio del paso del Molino, en que tan expuesta estuvo tu vida, y del que aún se habla como de un tema preferente.

-¿Por qué no? -dijo Areba, tratando de disimular una emoción-. No olvidaré el menor detalle de aquellos que haya podido dominar con mi vista, y que conserva fielmente mi memoria. ¡Bien hiciste en no acompañarme aquel día!

-Bien... ¿dije?

Y Areba quedó un instante en suspenso.

Pero, muy pronto añadió entre risas armoniosas:

-La pobre Julieta hubo de ser también víctima de aquel suceso; no puedes imaginarte cuánto sufrió en los momentos críticos; y aún, mucho después, parecía que le habían puesto apagadores en la voz... ¡Pero luego conversaremos de esto! Llévame ahora adonde está la buena anciana, que ansío verla.

-¡Vamos allá!

Y las jóvenes, cogidas del brazo, atravesaron con rapidez el espacio que las separaba del vestíbulo, enlosado primorosamente, penetrando enseguida en un gran patio rodeado de corredores, sostenidos por finas columnas estucadas, como las paredes. Cubrían el suelo, en caprichosas formas, gran número de plantas de mérito, circuidas de boj; en el centro una fuente con basamento de mármol estriado despedía dos chorros de agua, a los dos flancos; y trepaban las madreselvas y enredaderas de coral por las columnas, en pintoresca confusión con otras de florecillas azules y encarnadas. Un gran globo de vidrio color violeta, pendía de la airosa arcada del medio, y a los lados dos canastillos caprichosos, figurando largos nidos de colibríes, llenos de claveles del aire.

Oíase canto de canarios, prisioneros en preciosas jaulas de formas chinescas que colgaban de los arcos, rozándose con el follaje terso y verde de los naranjos; y uníanse a sus gorjeos seductores las notas de barítono de un cardenal blanco con penacho rojo, que hinchaba su garganta, firme en un palillo, allá en el extremo opuesto, como escuchándose ufano y satisfecho, a pesar de los trinos melodiosos que encantaban el espacio.

-¡Cuántos como ése pululan por ahí! -exclamó Areba, que no pudo menos de fijar su atención en la petulancia del cantor mediocre.

-¿Has visto? -dijo Brenda, riendo con alborozo-. Es lo más engreído; pero se ha hecho querer, y hay que dispensarle los mimos.

Las plantas, en su colocación, formaban un hexágono regular, con senderos de arena y conchilla. Uno de éstos partía del extremo del zaguán, en línea recta, y terminaba al pie de la arcada opuesta, en cuyo fondo una gran puerta daba salida a la quinta. Dos de los arcos de las galerías, situado el uno frente a la sala de recibo, y el otro al comedor, aparecían cubiertos en parte y sustentaban en serie de lozanas y verdes coronas, multitud de guías de plantas trepadoras, cuajadas de flores, en cuyo seno se veían dos lámparas con bombas de cristal, color rosa y celeste.

Pasadas eran ya las siete de la mañana, cuando las dos jóvenes, con demostraciones de dulce regocijo, entraban en el dormitorio de la señora de Nerva, cuyo suelo había concluido.

Fue como una entrada triunfal, que llenó de júbilo a la anciana; y por largos momentos la asediaron aquellas dos primaveras, hablándole de todo, y comunicándole en cierta manera, con sus parloteos y alegrías, algo de ese entusiasmo de juventud que remueve fibras ya insensibles en los últimos lustros de la existencia.


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XLI