Buenos Aires, a fines del siglo XIX

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Buenos Aires, a fines del siglo XIX
de Octavio Velasco del Real

Nota: Publicado en el libro Viaje por la América del Sur, Barcelona, 1892.


Las comunicaciones entre Montevideo y Buenos Aires son incesantes, pues no solamente cruzan de continuo el Plata los grandes trasatlánticos que, con destino a la capital argentina, hacen escala en la capital uruguaya, sino que hay también un servicio de vapores fluvial, los cuales tienen la ventaja de que fondean en los mismos docks, evitándose así el pasajero la molestia y el gasto de tener que desembarcar en guadaños o lanchas.

Esos vapores, propiedad de La Platense, son de ruedas; calan poco, y su forma es parecida a la de una canoa; hacen la travesía entre Montevideo y Buenos Aires, y suben hasta el Paraná, el Paraguay y el Uruguay, ríos todos ellos cuajados de bancos de arena, por lo cual es sumamente conveniente su disposición. Las cámaras y camarotes son lujosos hasta el exceso; tienen todos luz eléctrica; y en cuanto al servicio, puede pasar, relativamente.

El trayecto entre Montevideo y Buenos Aires es de 120 millas; sálese a las cinco y a las siete de la tarde, y llégase a su destino a la mañanita siguiente. La travesía, hecha de noche, en nada se diferencia de un viaje por mar. El Plata, en efecto, tiene 40 leguas de anchura en su desembocadura, y 8 leguas entre los dos citados puertos. No se tarda, pues, mucho en perder de vista la tierra, no viéndose sino el cielo arriba, y abajo el agua oscura, arrastrando troncos de árboles y grandes entretejimientos de yerbas. A veces es tanta la cantidad de éstas, que parece el Plata como sembrado de praderas notantes, o camalotes, como dicen los naturales.

Llegado el vapor, antes de !a salda del sol, a la Dársena meridional, salta en tierra el viajero, toma un birlocho, y llega al cabo de media hora al mismo riñón de la capital argentina.

Como las fondas no suelen ser ningún modelo de comfort, lo mejor es hospedarse en alguna casa amueblada e ir a comer al restaurant o al café, habiéndolos muchos y buenos en el barrio del Comercio. Descuellan entre todos el Aue Keller, de estilo neogótico alemán a guisa del famoso Rathhauskeller de Berlín; el indispensable Café de París, el Criterion, etc. A la verdad, puede asegurarse que, en cuanto a restaurants, no tiene nada que envidiar Buenos Aires a las más adelantadas capitales de Europa. La concurrencia suele ser casi toda hombruna y extranjera, prefiriendo los hijos del país alojarse en las fondas.

Lo primero que sorprende al recién llegado es ver cuán estrechas son las calles y bajas las casas. Las primeras no suelen tener más de 13 metros de anchura, y las casas constan, en su mayoría, de un solo piso. En cambio, por mucho que haya abultado en su imaginación la idea del tráfico rodado y pedestre, verá que la realidad excede a cuanto pudiera presumir. No se ha visto pueblo más atrafagado, más cruzado de tranvías, carros, carruajes y carretones, resonando de continuo los cuernos de los conductores y cocheros. El empedrado es de granito, pero lleno de baches, que dan lugar a un traqueteo muy desagradable, especialmente si uno va en coche.

Los vehículos de los tranvías pertenecen a la clase de lo que llamamos en España jardineras, pero con la novedad de que las banquetas son de báscula. El tiro lo forman un par de caballejos del país. Ni conductores ni cocheros van uniformados. Hay seis compañías de tranvías, con 199,378 kilómetros de rieles, 342 coches y 6,000 caballos.

Con lo dicho se comprenderá que las calles quedan obstruidas con frecuencia con tanto maremagnum. Nada más frecuente que ver detenida una larga hilera de jardineras, carretones y birlochos, hasta que, por fin, al cabo de media hora quizás, restablécese la circulación rodada. En cuanto a la pedestre, no es tampoco muy cómoda por la estrechez de las aceras.

Lleva Buenos Aires en su traza el sello de nuestras antiguas ciudades americanas, es decir, que está dividida en cuadras de dimensiones uniformes, a tenor de lo ordenado por las Leyes de Indias. Cada cuadra mide 140 metros de lado; de manera que ocupa una superficie de unas dos hectáreas. Buenos Aires, en total, cubre así una extensión de 18,000 hectáreas Las calles longitudinales están orientadas de E. a O , teniendo su punto de partida en el río, y las transversales de N. a S.

La ciudad está dividida longitudinalmente por la anchurosa calle de Rivadavia, que termina en el arrabal de Almagro. Al llegar a esta calle, cambian de nombre las calles transversales, como sucede, por ejemplo, en las calles que desembocan en la Rambla de Barcelona, y no sucede en las que desembocan en el Paseo de Gracia o la Gran Vía. El sistema de numeración es ingenioso: las fachadas de cada cuadra, a derecha e izquierda, contienen 100 números, 50 pares y 50 impares. La primera cuadra contendrá, pues, del 1 al 100; la segunda, del 101 al 200; la tercera, del 201 al 300, etc. Así, con decir calle Florida, n.° 2,094, ya se sabe que la casa estará situada en la cuadra 21.a Considérese ahora cuanta ha de ser la monotonía de esas calles, parecidas en su generalidad a las de la Barceloneta, que empiezan en el n.° 1 y acaban a veces en el 4 000.

En el Ensanche, situado al N., las calles son más anchas, pero sin separarse del sistema del casco antiguo. Sin embargo, la monotonía desaparece, gracias al arbolado que las adorna, como en los bulevares de París o en las calles del Ensanche de Barcelona. Algunos de esos bulevares o avenidas son verdaderamente soberbios, tales como la calle de Santa Fe, la de Belgrano, Callao, Rodríguez y otras; las avenidas de la República y de Alvear; el bulevar Corrientes, etc., en todos los cuales levántanse suntuosos edificios.

No cabe negar que el desenvolvimiento de Buenos Aires compite con los más asombrosos que se registran en las ciudades norteamericanas. En 1869 la población ascendía a 187,126 habitantes, y en 1887 había subido hasta la cifra de 433,375; de manera que en 18 años aumentó en cerca de 250,000 habitantes. La población legal, es decir, la nacida en Buenos Aires, era sólo de 75,062, estando formada la diferencia por provincianos y extranjeros. La proporción en dicha fecha era de 112 extranjeros por 100 argentinos. Estos figuran en la población total de Buenos Aires por un 47 por 100: los italianos por 31 por 100, nosotros por el 9, y así sucesivamente en decrecimiento alemanes, ingleses, portugueses, norteamericanos, rusos, etc. Por lo demás, cuando llegó a su colmo el delirio de la emigración (1888 y 1889) puede que contase Buenos Aires con medio millón de almas.

Desde el punto de vista de la religión aparece que hay el 97 por 100 de católicos, y solamente 868 librepensadores.

El número de casas (incluyendo los arrabales de Flores y Belgrano) era en 1887 de 33,804, de las cuales 28,353 tenían un piso, 4,979 dos pisos, 436 tres pisos y 36 cuatro pisos. El número ha aumentado algo desde entonces; pero la edificación quedó detenida bruscamente cuando el crak de 1890, que determinó tan grande corriente de contraemigración, apareciendo con frecuencia en todos los barrios el antes desconocido rótulo de Por alquilar.

Un viajero que ha estudiado con tanta competencia como ingenio la historia de la arquitectura civil bonaerense, la divide en cuatro períodos. "El primero—dice—es el del rancho de techo de bálago; el segundo es el de los techos de caña, de las paredes espesas de ladrillos o de adobe, de las puertas adornadas con gruesos clavos, de las ventanas raras y protegidas por pesadas rejas de hierro, de los grandes cuartos y de los patios tomados de las casas andaluzas. Las espaciosas casas de este período fueron construidas por alarifes españoles; existen muchas aún en Buenos Aires, aunque viejas y pasadas de moda, que albergan familias criollas de gustos conservadores. En las antiguas ciudades de provincia, en Córdoba y Corrientes, por ejemplo, encuéntranse también gran número de estas casas.

Las construcciones del tercer periodo tienen los techos de tejas, fachadas coronadas por parapetos y balaustradas, paredes exteriores revestidas de estuco o de cemento romano y pintadas de rosa, azul y otros colores, rejas ornamentales de hierro colado o forjado delante de las ventanas, pavimentos de mármol, y a menudo plafones de mármol en las paredes. Las casas de esta categoría, que no tienen generalmente más que un piso, han sido construidas casi todas por albañiles italianos, y figuran por un 80 por 100 entre las habitaciones de la capital. Se les puede criticar que son demasiado chicas, incómodas, mal dispuestas desde el punto de vista de la higiene y absolutamente desprovistas del confortable moderno. No corresponden por el aspecto a ningún estilo particular de arquitectura: la mayor parte son muy sencillas y no tienen otra ornamentación que las rejas de hierro de las ventanas; otras están recargadas de capiteles, cornisas, columnas, cariátides y florones, modelados todos en cemento y de dibujos muy poco variados. Encuéntranse los mismos modelos reproducidos en cien casas diferentes. Por lo demás, análoga ausencia de diversidad y falta de gusto se manifiesta en las pinturas y adornos interiores. Parece que el ideal reconocido de la arquitectura doméstica consiste, durante este periodo, en la mayor profusión posible de adornos en la fachada y en el patio, el cual, aparte de todo, debe estar decorado con estatuas en yeso, palmeras y macetas. Cumplidas estas condiciones, declárase que la habitación es muy linda.

"Durante el cuarto período, que es el periodo actual, la arquitectura se transforma completamente. Los materiales de construcción consisten exclusivamente en hierro para las columnas, cercos traveseros y cabriales (accesorios fabricados en su mayoría en Bélgica), en ladrillos y cemento para las paredes y adornos. Las casas, ya estén destinadas al comercio o al alojamiento de particulares, tienen unos bajos superados por tres o cuatro pisos, y están provistas de todas las comodidades que pueden reclamar el arquitecto y el higienista. Algunas de las manzanas afectas al negocio son muy hermosas, tales como la Casa-Ayuntamiento y las nuevas escuelas. Aquí el estilo dominante es el estilo alemán moderno, esto es, una adaptación de los elementos del estilo Renacimiento a las exigencias modernas.

"Las nuevas modificaciones que experimenta la arquitectura argentina tienen por objeto dar a la capital un aspecto propiamente europeo. Por otra parte, los estilos que se prefieren en la arquitectura doméstica, y que se han adoptado particularmente para las casas recientemente construidas al N. de la ciudad, parecen ser los estilos Renacimiento francés e italiano.

"Todo eso parece singular cuando se considera la oportunidad de las cosas en general y las condiciones de la arquitectura en particular. No hay, en todo Buenos Aires, un solo edificio de piedra; ni hay tampoco piedra susceptible de recibir los delicados cincelamientos que contribuyen esencialmente al encanto de la arquitectura del Renacimiento. Ciertamente que el castillo de Blois es hermoso, más allá de toda expresión (1); pero ¿dónde estaría el mérito de sus columnas ornamentadas, si los encajes de sus balaustradas y los arabescos de sus plafones fuesen de cemento o de piedra artificial? ¿Qué placer puede procurar lo que es de similor, lo que es falso, lo que ni es puro ni lógico? ¿Dónde está, por ejemplo, la razón de ser de los techos a pico de estilo Renacimiento en un clima como el de la República Argentina? ¿Por qué particularidades convienen las casas modernas de Berlín a los veranos terriblemente calurosos de Buenos Aires? ¿Piénsase que las villas parisienses del parque Monceau estarían bien adaptadas a las condiciones de existencia que reinan a orillas del Plata? Permítasenos creer que es menester responder negativamente a todas esas preguntas; permítasenos lamentar, en todo caso, que los argentinos hayan abandonado sin ningún motivo fundado las tradiciones de los colonos españoles de antaño, a lo menos en lo que concierne a la arquitectura doméstica.

"Las fuentes de inspiración que la naturaleza y la historia imponen a los arquitectos argentinos de nuestra época no están en los estilos del Renacimiento, tal como los han traducido la Francia o la Italia, la Bélgica o la Alemania modernas: están en los monumentos moriscos de Andalucía y del Oriente. La distribución arquitectónica de la casa morisca es la que hasta el presente ha prevalecido en la América Española; los materiales de construcción empleados en la arquitectura morisca son los que pueden procurarse en el país; los métodos y especies de ornamentación particulares a los moros son los únicos apropiados y razonables en una región en que los elementos naturales de que se dispone son la madera y el mármol, la arcilla, la cal, la arena y sus derivados.


"Si por una parte las calles estrechas de Buenos Aires no responden a las exigencias de la circulación actual, por otra parte, las casas ofrecen a la población unos alojamientos de una conveniencia insuficiente. Las clases obreras, en particular, están acuarteladas en miserables viviendas construidas sin cuidado de las leyes de la higiene.

"Considerando su vasta superficie de 18,000 hectáreas, la ciudad está poco poblada, y esta débil densidad de población se explica por la preponderancia de las casas de un solo piso. En ciudades como París o Berlín, casas que cubren una superficie igual tienen cinco o seis pisos y proporcionan alojamiento a veinte o treinta familias. Aun en el centro de la ciudad (en la calle Florida, por ejemplo, que es a Buenos Aires lo que el bulevar de los Italianos es a París) encuéntranse grande número de casas de un piso, y mayor número aún de casas de dos pisos. —¿Por qué,—se dirá,— no reemplazar esas casas por otras más elevadas?— Dada la carestía de los alquileres, la especulación no dejarla de ser provechosa. Nada es más exacto; pero, sin embargo, los propietarios se atienen al siatu quo, sea porque no puedan sacudir su apatía de criollos, sea porque hayan, hasta el presente, preferido colocar su dinero en especulaciones sobre los terrenos, los valores y el oro; especulaciones que dan más aprisa y con mayor ventaja. Sea como fuere, lo cierto es que el 80 por 100 de las casas de la capital de la República Argentina no tienen más que un piso, y los alquileres son extremadamente caros y que la población está diseminada en una superficie de tal manera considerable, que los habitantes pierden gran parte de su existencia en recorrer las calles en tranvía."

Me he complacido tanto más en hacer esta cita, en cuanto aquí no fue el león el pintor, es decir, que son palabras, no de un español, sino de un francés, M. Child. No se me podrá tachar, pues, de parcialidad y de hablar imbuido por el españolismo al hacer constar que los arquitectos argentinos han errado al buscar en el renacimiento francés y tudesco el modelo de sus proyectos de casas, cuando tan a mano tenían el mejor de todos, el hispano-morisco, adecuadísimo al clima y a las primeras materias de la República Argentina.

Viniendo ahora a la condición de las clases proletarias, es curioso lo que sucede en Buenos Aires. así como en Londres, París, Barcelona y otros centros industriales viren dichas clases en los barrios excéntricos, en Buenos Aires sucede lo contrario: viven en el centro de la ciudad, pero, |de qué manera!, en unos llamados conventillos, asquerosos cobertizos con techumbre de hierro o zinc, a orillas del Plata, entre la Estación Central y el arrabal de la Boca. Viven en esos conventillos, cuyo número era, hace poco, el de 2,835, nada menos que 120,000 seres humanos. Con terrible pesar de la higiene, de la conveniencia y el aseo, ocupan cada cuarto diez personas, cuando no son más, realizando el colmo de la promiscuidad.

Como este horroroso atentado contra la higiene y la moral salta a la vista del más despreocupado, han comenzado a edificarse grandes casas de vecindad, bastante bien proyectadas; pero para que las clases proletarias de la capital argentina pudiesen hallarse humanitariamente instaladas, serían menester 6 000 casas de ésas, capaz cada una para 200 personas, o sea para 40 familias, por término medio. Sin duda, con el tiempo, todo se andará; pero en el entretanto es una lástima que se vayan perpetuando los conventillos, prolongación terrestre de las espantosas terceras de los trasatlánticos italianos, franceses y españoles. Esos vagones de ganado.

Siento tener que insistir en la monotonía y pesadez de las calles de Buenos Aires; pero voy ahora a decir algo de los monumentos que la rompen, prestando cierta amenidad a la populosa capital.

Conviene notar, ante todo, que dichos monumentos no lucen todo lo que debieran, por culpa de su emplazamiento, pues en su mayoría se encuentran en calles estrechas, que, por lo mismo, perjudican a su perspectiva. Otra cosa sería si su visualidad fuese mayor, esto es, si estuviesen situados en anchos y despejados espacios.

Llévase la palma entre los mejores sitios de Buenos Aires la Plaza de la Victoria, centro convencional de la ciudad, y decimos convencional porque no tiene nada de céntrica, hallándose situada cerca de los limites de la urbe y a la sola distancia de una cuadra del río. Esto no quita que confluyan allí diez importantes calles y todas las líneas de los tranvías. Está la plaza alfombrada de céspedes y rodeada de palmeras, y en su centro se levanta una hermosa pirámide blanca en cuya cúspide está colocada la estatua de la Libertad. Conmemora este monumento la fecha del 25 de mayo de 1810, día de la proclamación de la independencia, habiendo en todas las ciudades argentinas una plaza de igual denominación. Otra estatua hay, además, ecuestre: la del general Belgrano, frente al Palacio del Gobierno.

Ocupan los cuatro lados de la Plaza de la Victoria el Palacio del Gobierno, el de Justicia, la Bolsa, el Teatro Colón, la Catedral, el Palacio Arzobispal, el Congreso, y algunos edificios particulares. El más hermoso de todos los citados es el primero, a cuyos lados se levantan el de Justicia y la nueva Casa de Correos, los tres de estilo Renacimiento italiano. El material empleado en ellos es el ladrillo, revestido de estuco; de estuco son las columnas, los capiteles y todas las molduras en general.

Podría, quizá, criticarse la fachada del Palacio del Gobierno de carecer de uniformidad y de armonía; pero, sea como quiera, contiene detalles muy notables. La fachada, que corresponde al Paseo de Julio, pertenece al estilo compuesto, y en dicha ala, llamada la Casa Rosada, habita el presidente de la República, que bien puede alabarse de vivir en morada que no desdeciría del más alto y soberano rey, según lo que se cuenta de lo de dentro. "Pavimentos en mosaico, columnas de mármol, molduras doradas, pinturas representando amores y asuntos mitológicos encuadrados, a lo pompeyano, en guirnaldas de fiares; medallones, arabescos, vasos multicolores, cortinajes suntuosos, mobiliario soberbio, todas las magnificencias que procura el dinero y toda la profusión de adornos que puede inventar el genio italiano contemporáneo,—dice un viajero,—han sido acumuladas en cada pulgada de pared, de pavimento y de techo. La escalera, toda de mármol, ofrece bellas proporciones, con superabundancia de decoraciones espléndidas, siendo, en el ánimo de los argentinos, comparable a la grande escalera de la Opera de París". Y, ciertamente, puede compararse con ella.

La Bolsa de Buenos Aires es, a lo que me parece, la mejor que existe actualmente. La fachada, que da a la Plaza de la Victoria, es tan elegante como majestuosa, lo cual no es poco decir. El gran salón, de estilo corintio, está rodeado por una amplia y cómoda galería, y su ornamentación se recomienda por su buen gusto, hermanado con la sencillez. Las demás dependencias están no menos acertadamente dispuestas pudiendo con toda holgura moverse allí un millar de personas. Pueden entrar únicamente en el local los corredores y los socios, y todas las puertas están cuidadosamente vigiladas para impedir el acceso a los intrusos. Las horas de contratación son de doce a cuatro, y bien puede asegurarse que durante dichas horas rivaliza la Bolsa de Buenos Aires con las más animadas del mundo. El edificio tiene otra entrada por la calle de la Piedad, centro de los principales establecimientos de crédito.

En el mismo lado de la plaza que la Bolsa se levanta la vastísima Catedral, de fábrica española, pues fue construida por D. Juan de Garay en 1580 y reedificada en 1752. Mide la catedral 90 metros de longitud por 50 de anchura, ocupando 4,500 metros cuadrados y puede contener 18,000 personas, figurando, en el concepto de la capacidad, en sexto lugar entre las catedrales del orbe, esto es, inmediatamente después de San Pedro de Roma, San Pablo de Londres, la catedral de Amberes, Santa Sofía de Constantinopla y Nuestra Señora de París.

El célebre dictador federalista Rosas creyó adornarla enriqueciéndola con un pesado pórtico clásico, de doce columnas, las cuales Sostienen un tímpano en que se admira un bajo relieve representando el encuentro del casto José con sus hermanos. ¡Singular ocurrencia la de Rosas al ir a fijarse en semejante episodio! ¿Qué tendría de común el digno ministro del Faraón con el terrible azote de los unitarios?

El interior de la catedral es no menos imponente que espacioso; está dividido en tres naves, por macizos pilares, y en el crucero se alza una cúpula de 43 metros de altura, dato que basta para dar idea de su mucha majestad.

Entre las cosas notables (no muchas) que contiene la catedral es digno de visitarse el mausoleo del general San Martín, erigido en una rotonda aneja al templo metropolitano. El monumento consiste en una urna de mármol negro que descansa sobre un zócalo de mármol rojo, y está guardada por sendas estatuas en mármol representando la República Argentina, Chile y el Perú, viéndose sobre la losa sepulcral los emblemas de la dignidad militar del insigne guerrero que allí yace.

Citaré ahora, a titulo de curiosidad, lo que sobre la catedral ha escrito un viajero, asaz atrabiliario. "El aspecto—dice—es frío, desnudo y pobre. Es de temer que los argentinos no concedan grande importancia a la religión, y de ello he adquirido, en particular, la prueba, al asistir, en la catedral, a las ceremonias y la procesión del Corpus. Trajes de los eclesiásticos, candeleros, banderas, accesorios del culto, todo era mezquino y miserable, y habida en cuenta la población de la ciudad, la asistencia era poco numerosa. No se es en Buenos Aires testigo de esas manifestaciones de piedad y de respeto que son características de Chile y del Perú. Las argentinas han abandonado el uso del manto, que en Santiago y en Lima hace a todas las mujeres iguales al pie de los altares; van a los oficios con toilettes parisienses, cubierto el rostro con polvos de arroz y velutina. En cuanto a los hombres, traspasan raramente el umbral de las iglesias... etc." Paréceme, sin embargo, que no cabe dudar de la religiosidad de una capital en la que, además del templo metropolitano, hay 23 iglesias católicas y 4 capillas protestantes.

El Congreso no se recomienda, ciertamente, por su suntuosidad, pues es pequeño y mezquino, a pesar de servir de albergue al Senado y a la Cámara de Diputados. Aparte de esto, los argentinos son los primeros en reconocer que tan gran república como la suya necesita dar a sus representantes un edificio digno de la nación, a cuyo efecto está ya proyectada la construcción de un soberbio palacio que costará tres millones de duros.

En cuanto al Teatro Colón, ya no es tal ahora, sino que ha sido convertido en domicilio del Banco Nacional.

Dejemos ya la Plaza del 25 de Mayo, o de la Victoria, y veamos las otras.

Magnífica es la Plaza de Lavalle, en cuyo centro se levanta una estatua de este héroe argentino, sostenida por una airosa columna de mármol blanco, y hermosa es también la de San Martín, a la que afluyen multitud de calles que rebosan en tráfico.

Las iglesias, emplazadas en las calles, son muy parecidas entre sí. Generalmente ostentan en su fachada multitud de estatuas de estuco, y los campanarios y cúpulas están cubiertas de azulejos de Talavera, azules, rosados y blancos, constituyendo una alegre nota de color en medio de la uniformidad de las casas. Inútil es decir que esas iglesias son de construcción española.

Recuerdo de nuestra dominación es también la Aduana, de planta circular, cuyo origen se remonta a los primeros tiempos del coloniaje.

Los Bancos ocupan todos suntuosos edificios modernos, en las calles nuevas, distinguiéndose sobre todos el de Carabassa, notable por su estilo corintio, según se cultiva hoy, aplicado a las necesidades del siglo xix.

Honor grande resulta para la capital argentina que sean, sin embargo, sus mejores edificios, no precisamente los consagrados a Pluto (no confundirlo con Pintón), o a Mamón, o dígase a Mercurio, sino los levantados a Minerva; y, en efecto, no cabe mayor suntuosidad que la que ofrecen los magníficos palacios llamados la Escuela Sarmiento, en la calle del Callao; la Escuela Normal, en la calle de Córdoba; la Escuela Graduada de Niñas, en la plaza de Lavalle; la Escuela Petronila Rodríguez, en la que están instalados en Consejo de Instrucción Pública y el Museo Pedagógico, figurando entre los mejores edificios de Buenos Aires, pues rivaliza con el Palacio del Gobierno, la Bolsa y la Estación del Sur.

Pertenece la Escuela Petronila Rodríguez al estilo Renacimiento alemán, y es tan grandiosa en sus proporciones como imponente en su aspecto. La fachada está superiormente desarrollada, lo mismo que el soberbio ingreso, estando divididas las ventanas por bien esculpidas cariátides y revestida toda ella de elegantes adornos. Desgraciadamente, el material empleado es la piedra artificial o el cemento, que nunca pueden resistir bien la destructora acción del tiempo y de la intemperie, ni aun gozándose de tan suave clima como el de Buenos Aires.

La Escuela Petronila Rodríguez es debida a la munificencia privada, pues debe su existencia a un legado hecho por la digna señora cuyo nombre lleva. Echemos ahora un vistazo a los paseos. El de Julio, en el que se levanta la fachada principal de la Casa Rosada, es el punto de reunión de los desdichados atorrantes, 6 emigrantes tronados, viniendo a ser como una especie de calle de Sevilla en materia de sablazos. Menos peligroso es el Jardín de la Recoleta, muy bien cuidado, en el cual se admira una preciosa cascada artificial de enorme coste; pero nada admite comparación con el famosísimo Palermo (oficialmente, Parque del 3 de febrero), situado al N., cerca del río.

Es Palermo el Bois de Boulogne de Buenos Aires, llegándose a él (pues se encuentra extramuros) por la avenida de Alvear, una de las soberbias calles nuevas de la capital. Esta avenida, como la de la República, la calle de Juncal, etc., es una especie de trasunto de nuestras calles de los ensanches de Barcelona, Madrid, Bilbao, etc.; es decir, que hay de todo, como en botica, codeándose el pompeyano con el gótico alemán, el rococo con el renacimiento italiano, el renacimiento francés con el corintio clásico. En punto a materiales, como no es posible emplear piedra de sillería, los arquitectos italianos, que son los que suelen hacer aquello, se valen de ladrillos y hierro, disimulados por medio del estuco. Es decir, como en Europa. En cambio, brillan por su ausencia el estilo árabe y el plateresco.

Pero hablemos ya del Palermo. Este parque, pues, está muy bien trazado y cuenta con suficiente profusión de árboles, arbustos, plantas y flores. Las dos avenidas de Las Palmeras y los Abetos son vastas, espaciosas y majestuosas, dándose cita allí toda la high life bonaerense, que luce sus magníficos carruajes y sus soberbios caballos europeos. El paseo es en invierno de cuatro a seis, y en verano por la noche, a cuyo efecto dichas avenidas están iluminadas por la luz eléctrica. Lo mismo que en el paseo de Carlos III de la Habana, son raros los paseantes de infantería. En cuanto al lujo de los trajes femeninos, es... ¡la mar!... a l'instar de París.

Al norte de la ciudad se encuentran también los dos hipódromos bonaerenses, el Argentino y el Nacional, dispuestos de la más perfecta manera y con acertada comprensión del elemento pintoresco. "Hay en invierno carreras todos los domingos y días de fiesta—dice un viajero— en uno u otro de los hipódromos. Las reuniones están organizadas por un Jockey Club que lo dirige todo e impone las formalidades y el aparato acostumbrados de las reuniones europeas. Los argentinos se han dado desde hace algún tiempo a comprar en Europa muchos caballos pur sang. Tienen ya un studbock y caballerizas muy bien montadas." Diversión que se ha propagado mucho es la del juego de pelota, siendo varios y lujosos los frontones que hay en Buenos Aires. La concurrencia es siempre numerosa, no cediendo en nada el entusiasmo que despiertan los buenos pelotaris en la capital Argentina al que suscitan en los frontones peninsulares.

En punto a teatros, bien puede asegurarse que pocas ciudades cuentan relativamente con tantos: Ópera, Politeama, San Martín, Doria, Onrubia, Nacional, Variedades, Pasatiempo, Florida, etc., etc.

No podría decir gran cosa de la Ópera, como no fuese que es un edificio vasto, cuya fachada da a la calle de Corrientes. Añadirla, además, que el espectáculo está subvencionado por el Gobierno. Estos datos resultarían muy incompletos, dada la importancia del asunto, y por lo mismo me haré eco de lo que escribe el citado M. Child: "El vestíbulo —dice—es espacioso y está bien ventilado; la escalera, de mármol, tiene pretensiones a la magnificencia; el foyer, recargado de ornamentaciones, no es de buen gusto. Los salones son de bellas proporciones, profusamente guarnecidos con cortinajes de peluche, divanes y sillones de molduras doradas. Las paredes están decoradas con adornos de estuco y plafones encuadrados en molduras, con una yuxtaposición de los más crudos tonos rojos, verdes, azules y amarillos que sea capaz de combinar juntamente pintor toscano. Todo eso es demasiado voyant, demasiado chillón, demasiado hecho para atraer las miradas.

La sala, blanca y oro con papeles y sillones rojos en los palcos, es grande y bastante cómoda. Desgraciadamente, no se puede calentarla; y como el invierno es de cada año más riguroso en Buenos Aires, público y artistas sufren de frío. El mismo inconveniente existe en otros teatros, y aun en todas las casas viejas particulares de Buenos Aires, donde son desconocidas igualmente estufas y chimeneas. La Ópera da representaciones excelentes, para las cuales se contrata a los cantantes más célebres y más caramente pagados. El repertorio comprende todos los éxitos consagrados de los últimos cincuenta años: Il Irovatore, Rigoletto, Carmen, La Traviata, etc., y Gli Ugonotti, de la cual ópera son apasionados los argentinos y tiene siempre un lleno. El público habitual se viste algo en demasía; quisiérase menos joyas y piedras preciosas. Los aplausos no indican un gusto muy delicado. Saludan, sobre todo, las notas altas, los gritos prolongados y las voces de estentor. Los críticos no encuentran mayor elogio que hacer del tenor Tamagno que alabar su garganta de cobre... Durante la temporada de 1890, siendo el precio del oro, por término medio, 230, pagábase una butaca en 25 duros papel, y había cuatro representaciones por semana."

En la misma calle se encuentra el Politeama, mayor aún que la Ópera, y que bien podría citarse como uno de los teatros mejor trazados y más cómodos, sin que, por lo que he visto, se le pueda criticar en punto a excesiva ornamentación. Al contrario: no se ve asomar por ningún lado la menor pretensión arquitectónica. En ese teatro suelen dar sus representaciones las compañías extranjeras, habiendo trabajado en él Rossi, la Duse, Coquelin, Calvo, etc. Precio de la butaca: 10 duros papel.

Nuestros apreciables zarzueleros monopolizan los teatros Nacional, Daría y Onrubia, donde suele acudir mucha concurrencia, y los italianos se instalan a su vez en el Jardín de la Florida y San Martín. Todos esos teatros son bonitos y cómodos, aunque pobremente decorados. Los calaveras tienen para su uso particular Variedades y Pasatiempo, que pertenecen a la categoría Folies Bergéres.

Terminaré lo relativo a los teatros diciendo que, lo mismo que en Montevideo, la cazuela está exclusivamente destinada al bello sexo; piadoso resabio de nuestros gallineros, derivación a su vez del circo romano. Ya en la cazuela, puede estar seguro la bella aficionada que no habrá allí ningún hijo de Adán, de lo cual se vengan los pollos (zambullidores en Buenos Aires) colocándose a la puerta de la escalera para echarles requiebros, o lo que sea, a las que prefieren la cazuela al palco. Distracción grata a los sietemesinos bonaerenses, que siguen en eso las costumbres de sus colegas españoles, es la de situarse de 5 a 10 en la acera de la calle Florida para ver pasar las buenas mozas. La calle Florida viene a ser la Carrera de San Jerónimo de Madrid, o la calle de Fernando de Barcelona, encontrándose allí los comercios más lujosos: joyerías, quinquillerías, sastrerías, zapaterías, sombrererías, modas, restaurants y, sobre todo, la famosa Confitería del Águila, donde se va a comer dulces y a tomar una copita o un refresco.

La confitería ocupa los bajos de una casa cuya fachada es de mármol blanco, y se instala a su puerta lo más pschutteux de la juventud dorada, echando flores a las mujeres qué pasan por la acera de la estrecha calle, lo cual se llama en Buenos Aires hacer la vida de confitería y de vereda.

Centro de los más encopetados es también el Club del Progreso, cayos socios pasan de 1,200. Los otros casinos son el Jockey, el Oriental, el Club del Plata, la Unión Argentina. Los extranjeros tienen un magnífico casino en la calle de Rivadavia, fundado en 1841, con un personal de más de 600 socios. Hay además distintas sociedades de recreo de españoles, franceses, italianos y alemanes. Los Montepíos y demás asociaciones benéficas de las diversas colonias son ricos y están perfectamente organizados.

Los citados casinos dan de vez en cuando suntuosos bailes. En cuanto a su marcha ordinaria... es como la de todos los casinos, si bien la sala del crimen es mucho más anchurosa y se ve más concurrida que en los nuestros.

Cafés hay más de doscientos; pero ninguno se recomienda por sus comodidades. Depende esto de que en Buenos Aires no se va al café a hablar o leer los periódicos, sino d tomar, y, por lo mismo, no tienen el carácter que en las naciones latinas. En cambio, tienen todos una gran sala de billares, habiéndolos que cuentan con 40 mesas.

En punto a tipos pintorescos, no deja buenos Aires de tener bastante cantidad de ellos muy característicos: el lechero, vascongado casi siempre, avecindado en los arrabales, encaramado sobre sus jarras, hechas de duelas. Aparte de esto, así como en las ciudades españolas recorren las calles, a ciertas horas, las burras de leche, o las cabras, recórrenlas en Buenos Aires las vacas lecheras, seguidas de sus becerros, deteniéndose delante de las casas, donde se las ordeña. Hay además en la ciudad muchas lecherías, o tambos.

Tipos curiosos asimismo son los mozos de cordel, o changadores, vascongados también, por lo general, y de honradez a toda prueba; los pescaderos, que, como en ciertos países del Asia, llevan su mercancía colgada de una pértiga; los limpiabotas, italianos, por lo regular; los chicuelos que venden periódicos; los organilleros; los vendedores de hortalizas y de frutas; músicos ambulantes; mendigos; carreros, que guían enormes carretas arrastradas por dos o tres yuntas de bueyes, y cien más que se encuentran igualmente en todas las capitales populosas, sin olvidar los sablistas. En cuanto al aspecto de los transeúntes, vestidos con ternos de procedencia europea, vese predominar el tipo español y el tipo italiano.

La actividad comercial de Buenos Aires se ejercita especialmente en los negocios de banca y en los de importación y exportación, interponiéndose entre el comerciante y el comprador el despachante de aduanas, que encuentra inmenso campo a su misión gracias a las múltiples formalidades que, lo mismo en la Argentina que en la Oriental, exigen las aduanas. No se puede formar idea de la complicadísima tramitación a que está sujeto el embarque o desembarco de las mercancías, siendo indispensable, para no perder tiempo, confiar este cometido a los citados despachantes, enterados, como es de su deber, de las innumerables diligencias, pasos y documentos requeridos.

No abundan menos los agentes de vapores, cambistas, corredores de fletes, comisionistas, subastadores, etc. Como dice muy bien un viajero, "el movimiento y la actividad del puerto, de los depósitos, de la Bolsa y de las calles comerciales de la capital argentina son positivamente maravillosos; no se podría encontrar análogo ejemplo más que en los grandes puertos de comercio de Europa."

Llaman la atención preferentemente los corralones de madera y las ferreterías. Véndense en los primeros no sólo vigas y tablones, sino también columnas, jácenas y tirantes de hierro, con tanto exclusivismo empleados hoy por los arquitectos de Hispano-América y de España. En cuanto a las ferreterías, algunas de las cuales están instaladas en vastas y lujosísimas tiendas, despachan todo lo referente a quinquillería, colores, barnices, papeles pintados, cristales, marcos y molduras, etc.

Entre los comercios al por menor ocupan el primer lugar los dedicados a la venta de artículos de lujo, siguiendo luego los bazares, bisuterías y tiendas de comestibles. El bazar Ciudad de Londres llega a rivalizar con el mismísimo famoso Louvre de París, haciéndole la competencia Le Bon Marché de la calle Florida, soberbio edificio de nueva construcción.

Abundan las joyerías (cuarenta o cincuenta), aunque menos que en Montevideo, luciendo magníficos surtidos, incluso en relojes y cronómetros. Los joyeros montan ellos mismos los brillantes, perlas y piedras preciosas, pudiendo asegurarse rotundamente que ni los joailliers de la Rue de la Paix, ni los jewellers de Regent Street llegan a competir con los de Buenos Aires en punto a presentar los más deslumbradores escaparates, donde no sólo aparecen joyas de valor inmenso, sino también jarros, vasos, jofainas y hasta ¡vasos de noche de plata maciza. Las tiendas de artículos de lujo son también vistosísimas, conteniendo los más llamativos y caprichosos articles de Milán, Venecia, Génova, París, Londres, Viena: suntuosas vajillas, mantelería riquísima, guarnecida de encajes, objetos de laca, grabados, muebles esculpidos, estatuitas de bronce, mármol y terracotta, acuarelas, abanicos, sombrillas, espejos, cajas y neceseres, porcelanas de la China y del Japón, álbumes, cofrecillos, objetos de escritorio artísticos, etc., etc. Algunas de esas tiendas venden a subasta, dos veces por semana, llevándose la preferencia los objetos más suntuosos y efectistas, en su mayoría italianos.


(1) Lo mismo podríamos decir de la catedral de Burgos o de los edificios mudejares (Alcalá, Guadalajara, Sevilla, Zaragoza; que nos quedan. O. V. R.


Nota: se han modernizado algunos acentos.