Buenos Aires: 35

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Academia de música. -El padre Picazarri. -Massoni. -Juan Pedro Esnaola. -Don Esteban Massini. -Trillo. -Robles. -Serenatas. -El Cancionero argentino- Introducción. -Canciones; sus autores. -Gusto por las óperas. -Los doctores Cordero y Albarellos. -Pancho Munilla. -La magna serenata. -Venia de Rosas. -Ocurrencia inesperada.


I[editar]

Hemos dicho en otra parte, que ha habido siempre entre nosotros decidida afición por la música, y también que fue Rosquellas quien creó aquí el gusto por la música italiana. No es de extrañar, pues, que gran número de jóvenes de ambos sexos, se dedicasen con entusiasmo a su estudio.


II[editar]

El martes 1.º de octubre de 1822 a las seis y media de la noche, se hizo la apertura de la Academia de Música que planteó y dirigió el señor don Antonio Picazarri (eclesiástico) en los altos de la casa del Tribunal de Comercio. Concurrieron los ministros de Gobierno y Hacienda y el doctor Seguí, enviado cerca del Gobierno de Buenos Aires, y Secretario del de Santa Fe.

Se ejecutaron las piezas siguientes: Canción La gloria de Buenos Aires; poesía de Juan C. Varela. -Concierto de piano de Dusek. Cavatina de la Urraca ladrona. -Andante y Rondó del Concierto. -Dúo de la misma ópera.

2.ª parte. -Obertura de Mozart. -Dueto de Puchita. -Trío de piano. -Cavatina de la Italiana en Argel, de Rossini. -Cavatina de Torbaldo y Dorlizka, Rossini. -Terceto de Inés, y se cerró la función con la misma canción con que empezó.


III[editar]

El 15 de enero del 23, dio Massoni en una de las salas del Consulado, un concierto.

Massoni, como ya hemos tenido ocasión de hacer notar, era de los profesores más aventajados que se conocían hasta entonces en el Río de la Plata. Ya había sido favorablemente juzgado en el Brasil, por jueces competentes, donde ocupó el puesto de primer violín en la Capilla Real.

Amenizó el acto el entonces joven de 16 años Juan Pedro Esnaola, sobrino del que fue su maestro, el padre Picazarri; ese joven sobresalía ya en esa edad por su admirable ejecución en el piano.

Cantó también tres arias de diferentes óperas.


IV[editar]

Llevados de esa afición, los jóvenes se reunían, ensayaban canciones y daban serenatas con frecuencia.

Después de otros muchos, cuyos nombres no recordamos, daba lecciones de guitarra el aventajado profesor don Esteban Massini. Figuraban como buenos guitarristas un Trillo y un Robles; ambos enseñaban, y muchas noches acompañaban a los jóvenes aficionados que querían dirigir sus endechas al tierno objeto de su amor.

Mientras que uno de los jóvenes ejecutaba el sencillo acompañamiento de una canción, uno o los dos profesores preludiaban acompañados algunas veces de una bandurria y el efecto de esta armónica combinación, era magnífico en las horas calladas de la noche. A más de estas canciones, cuya variedad era inmensa, solía cantarse uno de aquellos tristes tan característicos y conmovedores.

Tan grande era el número de canciones, que se notó la conveniencia y utilidad de hacer una recopilación de ellas. En efecto, el que esto escribe editó y publicó entonces en 1837, el primer número del «Cancionero Argentino», libreto de 100 páginas más o menos, que fue seguido por otros tres de igual tamaño.

Servía de introducción una preciosa composición del inolvidable Juan María Gutiérrez, que principiaba con la siguiente estrofa:

«Id, agraciados versos, a las plantas
de las hermosas ninfas de mi río:
y si en sus labios la sonrisa asoma,
plácidas os reciben y festejan,
de gozo saltaréis, graciosos versos.»


Y terminaba:

«Suene, hermosas, la voz que os diera el Cielo,
para gloria y tormento de los hombres,
a par de las canciones que os ofrezco:
suene la voz y el verso a las estrellas,
al corazón más duro, al seno mismo
llegará de la tierra, convirtiendo
en paraíso encantado y armonioso
la lobregosa soledad del mundo.»

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Como nos hemos propuesto salvar del olvido muchas cosas que el tiempo irá borrando, vamos a dejar en estas páginas el nombre de algunas de las numerosas canciones contenidas en el «Cancionero» el de sus autores y de los compositores que les arreglaron canto y acompañamiento; son éstos:

El desamor. -Esteban Echeverría; acompañamiento de piano, J. P. Esnaola; para guitarra, Esteban Massini y Manuel Fernández.

Amelia. -Florencio Varela; música de Remigio Navarro.

La muerte de Corina. -Juan Cruz Varela; música de la señorita Josefa Somellera. Don Roque y don Tadeo; duetino bufo, por M. P. Música de Juan Bautista Alberdi.

La diamela. -Esteban Echeverría, música de J. P. Esnaola.

El sueño importuno. -Arriaza; música de Esteban Massini.

Delia. -Hilarión Moreno; música de Vive feliz ingrata.

Elisa. -José Rivera Indarte; música de J. P. Esnaola.

La Tirana. -(El que sin amores vive), Florencio Varela; música de Pablo Rosquellas.

Elena. -Vicente Peralta; música de E. Massini.

El pensamiento. -Arriaza; música de Virgilio Caravaglio.

Dorila. -R. V.; música de Roque Rivero.

Himno. -(Premios por la Sociedad de Beneficencia) Vicente López; música J. P. Esnaola.

Canción (de la comparsa de Momo en el carnaval de 1835), Manuel Belgrano; música de J. B. Alberdi.

La aroma. -E. Echeverría; música de Esnaola.

La tórtola viuda. -Rivera Indarte; música de E. Massini.

La despedida de Barracas. -Vicente Rivero; música del mismo.

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Lo que antecede lo tomamos de las primeras páginas del primer libro, por carecer de los números 2, 3 y 4, que constituían la colección; no hemos podido obtenerlos por más que los hayamos procurado.

V[editar]

Como se ve, el gusto por la música se generalizaba. Del cielo, décima y triste, habíamos pasado por grados a las canciones españolas, muy graciosas y de un estilo especial; y más tarde aún, a una mezcla de éste con la italiana, que se adaptaba a las canciones.

En la alta sociedad, prevalecía el gusto por las óperas, o sea la música italiana pura. Gran número de señoritas tuvieron afición por el canto, entre las que recordamos a Micaela Darragueira, a Carmen Madero, Feliciana Agüero, después de Maldonado; Enriqueta Molina y otras.

Los instrumentos favoritos eran el arpa y el piano, en que muchas señoritas sobresalieron; en el arpa, Florencia, hija de la señora de Mandeville y creemos que una hermana de esta niña, Clementina.

En el piano, muchas y en primera línea Florencia Albarellos y otras varias cuyos nombres no recordamos.

Algunos jóvenes se dedicaron también al piano, como Esnaola, y más tarde, Alberdi; otros a la flauta, violín, guitarra, etc., entre los que figuraban Fernández, Rivero y otros. En esa época eran ellos los exclusivos compositores de piezas de baile y de canto, algunas de las que hasta hoy se conservan y que en nada ceden a las mejores que se componen por los primeros maestros.

Entre los aficionados, que más bien merecían el nombre de profesores, se distinguían por su habilidad el doctor Cordero (abogado), y el doctor Albarellos (médico), cuya ejecución y gusto en la guitarra eran admirables. El doctor Albarellos aun sigue deleitando a sus amigos (en los ratos que lo permite su ardua profesión), con ese difícil y armonioso instrumento, y ha llamado la atención la precisión y limpieza de su ejecución en varios conciertos.


VI[editar]

Vamos a terminar este capitulo refiriendo otro caso, tal vez el único entre nosotros, que demuestra la afición y gusto por la música que ya desde muchos años atrás se desarrollaba en el país.

Don Francisco Munilla ocupaba el café anteriormente denominado de Marcos. Muy relacionado Munilla y situado en un paraje tan central (frente al Colegio), no podía ser sino muy concurrido.

Tenía don Francisco, a más de un carácter jovial, extremada afición por el piano, de modo que la pieza en que él tenía éste, su instrumento favorito, era el punto de reunión de gran número de aficionados; allí se tocaba y se cantaba. De aquí surgió la idea de salir a dar una serenata magna: en vez de guitarras como se acostumbraba, debía hacerse con piano.

Nacer la idea y llevarla a cabo, todo fue uno. Con la celeridad propia de la edad de las ilusiones, y de la realización de cuanto se concibe, sea cuerdo o descabellado, se resolvió que esa misma noche tuviese lugar la serenata; se convino en las piezas que debían cantarse, y por quién, arreglándose, por fin, todos los detalles.

La noticia, como es de suponer, se propagó rápidamente, esparcida por los mismos aficionados y sus relaciones, y por los numerosos concurrentes al café.

A las doce de la noche, noche hermosa de verano, templada y de luna, salvó el dintel del antiguo Café de Marcos el piano, levantado en alto y como en triunfo, por los robustos brazos de cuatro changadores, seguidos éstos de otros cuatro, prontos para relevarlos, y de sirvientes con la música, atriles, faroles, etc. Acordonados en ambas veredas de toda la cuadra, esperaban más de 300 acompañantes, que la curiosidad había agrupado allí.

No olvidemos decir, que esto pasaba ya en los primeros tiempos de don Juan Manuel, aunque antes que hubiese éste mostrado del todo las uñas; sin embargo, ya se reputaba conveniente obtener su venia o su aprobación, tan siquiera fuese indirecta, y excusado parece decir que los primeros pasos de la comitiva fueron hacia su morada, para dar la primera serenata a Manuelita.

Fue muy bien recibida, y de allí salió, más satisfecha, a dirigirse a casa de las familias de la relación de cada uno de los que tomaban parte activa en este nuevo modo de dar música.


VII[editar]

Entre los aficionados que cantaron, citaremos a Fernando Oyuela, José María Cabral, Francisco Miró, el que esto escribe y varios otros, cuyos nombres hemos olvidado. Entre las piezas cantadas recordarnos dos dúos de Tancredo, All'idea di quel metallo, del Barbero de Sevilla, un precioso dueto de Torbaldo y Dolizka, el dúo del Militar y varias canciones.

Era curiosa la marcha que llevaba esta especio de procesión, que duró toda la noche. Frente ya a la casa convenida, se aproximaba el piano a la ventana con toda prontitud; se arreglaban los atriles, se colocaba la partitura, se acercaban los faroles; el tocador tomaba su asiento, y su puesto los designados para el canto. Terminado éste, seguía la recompensa; es decir, los agradecimientos, las felicitaciones por la idea, y... con la música a otra parte.

Hubo esa noche una concurrencia que no podemos menos de recordar. La familia, a quien iba a darse la serenata vivía en altos; esto, hasta cierto punto, presentaba un inconveniente; pero, como era una noche calurosa de verano, dormían con los balcones abiertos; esta circunstancia favoreció nuestro intento. Se cantó; y cuál no sería nuestra sorpresa, cuando la respuesta inmediata fue un preludio en el piano desde los altos, seguido de la magnífica cavatina Una voce poco fá, del inmortal Barbiere de Rossini.

Así terminó esta humorada, que no tenemos noticia que se haya repetido.