Cádiz : 34

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La noche era oscura y serena. Al acercarnos a la puerta de la Caleta vimos de lejos la iluminación que había en la plazuela de las Barquillas, junto al teatro y en las barracas. Inmensa multitud se apiñaba en aquellos improvisados sitios de recreo, y oíanse los gritos y vivas con que se celebraba el gran suceso de la Albuera.

Aguardamos largo rato. Los amigos de lord Gray y D. Pedro esperaban en la muralla en dos grupos distintos.

-¿Se han traído los garrotes? -preguntó sigilosamente uno de los de lord Gray.

-Sí... son vergajos de cuero para que pueda ser vapuleado sin recibir golpes mortales...

-¿Y las hachas de viento?

-¿Y los cohetes?

-Todo está -dijo uno sin poder disimular su gozo-. El figurón vestido de todas armas a la antigua que ha de presentarse en lugar de lord Gray aguarda en aquella casa. Mamarracho igual no le ha visto Cádiz.

-Pero D. Pedro no parece...

-Allá viene... sus amigos los cruzados le rodean.

-Todo ha de hacerse como lo he dispuesto yo... -indicó lord Gray- quiero despedirme de Cádiz con buen bromazo.

-Lástima que esto no pudiera hacerse en el escenario del teatro.

-Señores, se acerca la hora. ¿Baja usted... Araceli?

-Al instante voy.

Bajaron todos, y me detuve deseando aislarme por breve rato para recoger mi espíritu y dar alas a mi pensamiento. Habíame paseado un poco entre la puerta y la plataforma de Capuchinos, cuando vi en la muralla una persona, un bulto negro, cuya forma y figura no podía distinguirse bien, y que se volvía hacia la playa, siguiendo con la vista a los espectadores y héroes del burlesco desafío. Picábame la curiosidad por saber quién era; mas teniendo prisa, no me detuve y bajé al instante.

Dos grandes grupos se formaron en la playa, y los de uno y otro bando, excepto algunos bobalicones que vestían el traje de cruzados, estaban en el ajo. Entre los de lord Gray, vi un figurón armado de pies a cabeza, con peto y espaldar de latón, celada de encaje, rodela y con tantas plumas en la cabeza que más que guerrero parecía salvaje de América. Dábanle instrucciones los demás y él decía:

-Ya sé lo que tengo que hacer. Triste cosa es dejarse matar, manque sea de mentirijiyas... Yo le diré que me pongo en guardia, luego hablaré inglés así: «Pliquis miquis...», y después daré un berrido, cétera, cétera...

-Haz todo lo posible por imitar mis modales y mi voz -le dijo lord Gray.

-Descuide miloro.

Uno de los presentes acercose al otro grupo y dijo en voz alta:

-Su excelencia lord Gray, duque de Gray, está dispuesto. Vamos a partir el sol; pero como no hay sol, se partirán las estrellas... Hagamos una raya en la arena.

-Por mi parte, pronto estoy -dijo D. Pedro, viendo avanzar hacia el ruedo la espantable figura del caballero armado-. Me parece que tiembla usted, lord Gray.

Y en efecto, el supuesto lord temblaba.

-Dios venga en mi ayuda -exclamó huecamente Congosto- y que este brazo, pronto a defender la justicia y a vengar un vergonzoso ultraje, sea más fuerte que el del Cid... ¿Lord Gray, reconoce usted su error y se dispone a reparar la afrenta que ha causado?

El Sr. Poenco (pues no era otro) creyó prudente contestar en inglés de esta manera:

-Pliquis miquis... ¡ay!, ¡ooo!... Esperpentis Congosto... ¡Nooo!

-¡Pues sea! -dijo D Pedro sacando la espada- y a quien Dios se la dé...

Cruzáronse los terribles aceros; daba don Pedro unos mandobles que habrían hendido en dos mitades al Sr. Poenco, si este con prudencia suma no se retirara dando saltos hacia atrás. Los presentes aguantaban con grantrabajo la risa, porque el desafío era una especie de baile, en el cual veíase a don Pedro saltando de aquí para allí para atrapar bajo el filo de su espada al supuesto lord Gray. Por fin, después de repetidas vueltas y revueltas, este exhaló un rugido y cayó en tierra, diciendo:

-Muerto soy.

Al punto D. Pedro viose rodeado por un lado y otro. Multitud de vergajos cayeron sobre sus lomos, y con loco estrépito repetían los circunstantes:

-¡Viva el gran D. Pedro del Congosto, el más valiente caballero de España!

Las hachas de viento se encendieron y comenzó una especie de escena infernal. Este le empujaba de un lado, aquel del otro, querían llevarle en vilo; pero fue preciso arrastrarle, y en tanto llovían los palos sobre el infeliz caballero y los dos o tres cruzados que salieron en su defensa.

-¡Viva el valiente, el invencible D. Pedro del Congosto, que ha matado a lord Gray!

-¡Atrás canalla! -gritaba defendiéndose el estafermo-. Si le maté a él, haré lo mismo con vosotros, gentuza vengativa y desvergonzada.

Y apaleado, pinchado, empujado, arrastrado, fue conducido hacia la puerta como en grotesco triunfo, hasta que condolidos de tanta crueldad, le cargaron a cuestas, llevándole procesionalmente a la ciudad. Unos tocaban cuernos, otros golpeaban sartenes y cacharros, otros sonaban cencerros y esquilas, y con el ruido de tales instrumentos y el fulgor de las hachas, aquel cuadro parecía escena debrujas o fantástica asonada del tiempo en que había encantadores en el mundo. Ya en lo alto de la muralla, dejaron de mortificar al héroe, y llevado en hombros, su paseo por delante de las barracas fue un verdadero triunfo. La espada de D. Pedro quedó abandonada en el suelo. Era según antes he dicho, la espada de Francisco Pizarro. A tal estado habían venido a parar las grandezas heroicas de España.

Lord Gray y yo con otros dos, nos habíamos quedado en la playa.

-¿Una segunda broma? -preguntó Figueroa, que era uno de los padrinos, sobre el terreno nombrados.

-Acabemos de una vez -dijo lord Gray con impaciencia-. Tengo que arreglar mi viaje.

-Dense explicaciones -dijo el otro- y se evitará un lance desagradable.

-Araceli es quien tiene que darlas, no yo -afirmó el inglés.

-A lord Gray corresponde hablar, sincerándose de su vil conducta.

-En guardia -exclamó él con frenesí-. Me despido de Cádiz matando a un amigo.

-En guardia -exclamé yo sacando la espada.

Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon con luz de plata en la oscuridad de la noche.

De pronto uno de los padrinos dijo:

-Alto, alguien nos ve... Por allí avanza una persona.

-Un bulto negro... Maldito sea el curioso.

-Si será Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y creyendo venir a impedirla, sorprende las veras...

-Parece una mujer.

-Más bien parece un hombre. Se detiene allí... nos observa.

-Adelante -dijo lord Gray-. Que venga el mundo entero a observarnos.

-Adelante.

Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me sentía fuerte en la segunda embestida; lord Gray era habilísimo tirador; pero estaba agitado, mientras que yo conservaba bastante serenidad. De pronto mi mano avanzó con rápido empuje; sintiose el chirrido de un acero al resbalar contra el otro, y lord Gray articulando una exclamación, cayó en tierra.

-Muero -dijo, llevándose la mano al pecho-. Araceli... buen discípulo... honra a su maestro.



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