Cánovas : 15

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Desde aquel día, que en mi mente quedó marcado con el recuerdo de los tomillos del monte Hymeto, avancé rápidamente en la curación de mi vista. La horrenda Queratitis, que había sido mi suplicio en gran parte del año 77, se apartaba de mí, se retiraba, se iba. Tan acertado estuvo Albitos en devolverme la luz de los ojos como en el régimen y medicinas aplicadas para librar a mi cerebro del desorden anárquico. Gracias a esto no tardaron en deshacerse por sí mismas las fábulas que mi intelecto, lanzado a un delirio de Carnestolendas, forjó para embromar a la razón.

La quimera que más tardó en disiparse fue la de Leona la Brava. Mas tuve la suerte de que esta viniera un día a visitarme, no habiéndolo hecho antes por haber estado ausente de Madrid durante algunos meses. Viéndola en su propio ser, sin ninguna mudanza en su estado de prosperidad y rumbo, comprendí que era pura novela mía picaresca lo de los cuernecitos que le puso a don Alejandro, novelón sentimental el venir a ser mi enfermera, y terrorífico folletín por entregas el truculento caso de la fuga de Casiana con Segismundo. Este buen amigo me desengañó también con su asidua presencia, con la lealtad y gracejo de su conversación amenísima. En cuanto a la entrevista con Cánovas, y a la intervención de las Efémeras buenas y malas, diré que esto lo trasladaba yo a la esfera de mis relaciones ideológicas con Mariclío, estableciendo una especie de equilibrio entre lo cierto y lo dudoso, y saboreando los puros goces que encontré siempre en la verdad de la mentira.

Antes que se me olvide, debo anotar en los anales de mi Madre el estrepitoso fin del drama económico de doña Baldomera, según me lo contó testigo de tanta autoridad como Segismundo. Llegado el momento en que la sutil arbitrista vio agotada la simplicidad de los imponentes, determinó levantar el vuelo hacia una región lejana de la esfera terráquea. Los mismos que en el fervor del entusiasmo la llamaron nuestra madre, al ver en la casa señales de tronicio, no se contentaban con menos que con arrastrar a su protectora por la Plaza de la Cebada y calle de Toledo, hasta la Fuentecilla. Agregó Segis a sus noticias este comentario fieramente sarcástico:

«Ved aquí, amigos míos, la mejor muestra de la injusticia del pueblo, que si entregó sus ahorros a la genial banquera hízolo por ambición canallesca y por su idea estúpida de la multiplicación del vil metal. Yo sostengo que mi jefa y principala no engañó más que a los que ya venían engañados y ciegos desde su nacimiento. Procedió como hábil financiera que ve la parte suya en un negocio, sin cuidarse de la parte de los que operan con ella. Según mi cálculo, la buena señora no se ha llevado más que unos siete millones de reales, cantidad mezquina si se compara con los millones desfalcados por agiotistas de más alta categoría social.

-Ya lo creo -afirmé yo-. Ejemplos mil tenemos aquí del Baldomerismo en grande escala, de Sociedades de Seguros inseguros, en las cuales, unos cuantos caballeros de muchas campanillas han arramblado con los ahorros de una o dos generaciones, quedándose luego tan frescos. A esos elegantes Baldomeros les han dado títulos de Condes y Marqueses, y andan por ahí con el rango y tratamiento de Excelentísimos señores.

-A la hija de Larra -prosiguió Segis con profunda convicción- le daré yo el superlativo de archi-excelentísima, pues era muy buena para sus empleados, afable con los imponentes, a quienes llamaba sus hijos, y observante del axioma de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Si le dieron siete millones, qué había de hacer la pobrecita más que cogerlos y decir: gracias, caballeros; me voy a tomar aires.

»Ahora os contaré la fuga de la banquera, que fue en la madrugada del 4 de Diciembre, día de Santa Bárbara, festividad muy del caso para esta clase de catástrofes. La señora estuvo con unas amigas en el teatro de la Zarzuela viendo la función, y concluida esta se fue a su casa, calle del Sordo. Allí se preparó para el viaje, y antes de amanecer salió en un coche de colleras camino de Pozuelo, donde tomó el tren mixto del Norte y... ¡Adiós, Madrid, que te quedas sin gente!

»El secretario de la dama, don Saturnino Iglesias, evaporose también. Se ha dicho que un señor Pallares, que fue Jefe de Policía en tiempo de la República, ha favorecido el mutis de la gran histrionisa de los números. Por mi parte, no he tenido que desaparecerme, ni temo que me empapelen como funcionario modestísimo de aquella mágica oficina, porque en el último día de Noviembre olí la quema, pedí mi cuenta y presenté la dimisión, pretextando tener que ausentarme para un asunto de familia».

El mutis de doña Baldomera en el escenario social tuvo, como supondréis, sus naturales derivaciones. De ello se hablará cuando la sagaz hacendista reaparezca en el campo de la actualidad. Por el momento, en las agonías del 77 y primeros vagidos del 78, lo más importante para mí era el acentuado restablecimiento de mis ojos, y la reconquista de la facultad visual perdida en largos y dolorosos meses. Los que no han vivido en tinieblas por más o menos tiempo no conocen el purísimo, inefable gozo de ver y contemplar hombres y cosas, lo feo y lo bonito, la Naturaleza toda en la plenitud de sus maravillosos aspectos. Es como vivir de nuevo. Yo resucité, yo renací, y difícilmente puedo expresar mi alegría.

Coincidió mi resurgimiento a la vida con los desposorios de Alfonso y Mercedes, obligado motivo de festejos oficiales, palatinos, y en aquel caso señaladamente populares. Yo no me acerqué a la basílica de Atocha, teatro del espléndido ceremonial, ni vi el desfile de la procesión epitalámica desde el templo a Palacio. Aunque frecuentaba ya la calle y los paseos, no quise meterme en el remolino de las muchedumbres regocijadas, ávidas de contemplar tan lucido espectáculo. Pero, sin verlo, la frescura de mi imaginación permitíame apreciar el soberbio cuadro, por el recuerdo de otras cabalgatas del propio estilo en diferentes ocasiones de la Historia.

Desde el Retiro, donde me paseaba con Casianilla, veía yo en mi mente las carrozas de la Casa Real, los arreos del guadarnés, los soberbios caballos que pausadamente tiraban de los coches, el mover rítmico de las cabezas de los brutos adornadas de vistosos plumachos, las bordadas libreas, las blancas pelucas, el sinfín de jinetes palatinos y militares, los timbaleros y clarines, reyes de armas, monteros de Espinosa, caballerizos, correos y carreristas, los mancebos, lacayos y palafreneros, y por fin, los regios novios y el acompañamiento de coronadas testas, de Príncipes, embajadores y magnates, que componían el cortejo nupcial. Si doña Isabel II brillaba por su ausencia, por su presencia majestuosa resplandecía doña María Cristina, de albo cabello y dulce sonrisa que el paso de los años no había logrado destruir. Don Francisco de Asís ocupaba el puesto que por regia clasificación le correspondía, y el suyo los Duques de Montpensier y las Infantas hermanas de Alfonso XII.

Si aparté mis ojos, recién abiertos a la luz, de estas magnificencias callejeras, no pude resistir la tentación de presenciar las dos corridas de toros con caballeros en la plaza, que fueron el número popular en el programa de los reales festejos. Obra fue del Municipio esta solemnidad taurina. Por cierto que los ediles discutieron calurosamente si debía celebrarse en la Plaza Mayor, teatro antaño de los regios torneos taurómacos así como de los autos de fe, o utilizar para el caso la nueva Plaza de Toros, inaugurada en 1874. Prevaleció por fin este criterio, y yo, ávido de gozar el lindo espectáculo, tomé cuatro delanteras de grada, pues además de Casiana convidé a Segis y a Ido del Sagrario.

Llegado el día feliz entré en la Plaza con mi pareja y mis dos amigos, arrebatado de un gozo infantil que embellecía y agrandaba todas las cosas. El nuevo Circo, que yo veía entonces por primera vez, se me representaba superior en grandeza y hermosura a la idea que tenemos del Coliseo de Roma, y el ornamento de banderolas, escudos, gallardetes, guirnaldas, guardamalletas, lanzas de torneo y demás requilorios, se me antojó lo más bello y gracioso que pudiera imaginarse. El alborozo de mi espíritu convertía las flores de trapo en naturales y olorosas, los tapices de percalina en ricos reposteros de seda y oro.

Si de tal modo transfiguraba mi fantasía las cosas materiales, imaginad mi desenfreno optimista al contemplar el mujerío que en gradas y palcos dábame la impresión de una corte celestial de belleza y amor. Desde nuestros asientos veíamos perfectamente el palco regio; cuando en él aparecieron Mercedes y Alfonso, rodeados de Majestades históricas aunque cesantes y venidas muy a menos, y de las Princesas y Príncipes de Borbón y Orleáns, estalló un ciclón de aplausos y aclamaciones que bramaba y crujía como un cataclismo atmosférico.

Después de colocarse en el ruedo, debajo del palco de los Reyes, una Compañía de Alabarderos en triple fila y en actitud de firmes, Mercedes dio la señal para el comienzo del desfile. Tras de cinco alguacilillos aparecieron por la puerta de caballos los timbaleros y clarines de la Real Casa con uniforme de gala; seguía una carroza conduciendo a dos caballeros en plaza, tirada por cuatro soberbios alazanes empenachados; a los estribos marchaban a pie, como padrinos de campo, Frascuelo y otros dos lidiadores, que eran Regatero y Hermosilla, según alguien me dijo; venían luego dos pajes con rejoncillos, y cuatro más conduciendo del diestro otros tantos caballos, enjaezados con montura de raso y pasamanería de oro y plata.

Vi después lo que enumero con la prolijidad que me permite el continuo pasar de figuras tan pintorescas: otro coche de gala con ocho corceles empenachados, y lacayos ostentando las libreas de los grandes de España que apadrinaban a los caballeros en plaza; gran carroza sobresaliente con adornos y arabescos de plata en su caja, propiedad, según oí, del Duque de Santoña; tiraban de aquel armatoste dos troncos de poderosos potros morcillos, y en él iban dos caballeros, vestidos de azul y rojo y de morado y blanco; marchaban al vidrio los espadas Cayetano Sanz, Gonzalo Mora, Ángel Pastor y Francisco Sánchez; detrás, pajes con caballos y rejoncillos, coche de respeto, carruajes de los padrinos Condes de Bazalote y Superunda, escoltados por lacayos, mancebos y palafreneros.

Concluían la relumbrante procesión las cuadrillas de lidiadores, formadas por diecisiete espadas, cuarenta y ocho banderilleros, cuatro puntilleros, tres chulos y veintisiete picadores, y a la cola iban mozos de caballos, tiros de mulas de arrastre con preciosos arreos y mantillas, ramaleros y mayorales luciendo ropa de terciopelo y fajas de seda. Pensaba yo que humanos ojos no habían visto nunca mascarada tan espléndida y suntuosa, desfile mareante por lo abigarrado de los colorines, el esplendor del oro y la plata, el movible oscilar de plumachos y el continuo pasar de figuras y figurillas, rígidas unas, flexibles otras, y todas recargadas de tintas chillonas. Casianilla estaba embobada; Ido del Sagrario abría un palmo de boca; Segis, siempre descontento y mordaz, burlábase de aquel lujo estúpido y un tanto chabacano; y yo, que al principio admiraba todo como un chiquillo, acabé por atontarme ante las vueltas, revueltas y movibles luces de aquel rutilante caleidoscopio.

La cabalgata dio la vuelta al redondel, y al llegar debajo del palco real, apeáronse caballeros y padrinos, saludando todos a las Majestades y Altezas. Los alabarderos abrieron filas, y por la puerta de Madrid salió la brillante procesión, no quedando en el ruedo más que los lidiadores y tres alguaciles a caballo.

Comenzada la lidia, los caballeros en plaza rejonearon sus toros. Era la primera vez que yo veía tal juego, y fuera de la gallardía de los jinetes y de la soberbia estampa de los bridones, no encontré en ello gran emoción. El tercer toro rejoneado embistió a uno de los alguacilillos, que fue a caer con caballo y todo entre los alabarderos, produciendo algún estropicio. El mismo torito alcanzó a un caballero en plaza cuando iba a clavar su rejoncillo, le volteó, matándole la cabalgadura, y el airoso campeón, vestido a la chamberga, hubo de ser retirado a la enfermería. La lidia ordinaria me interesó un poco al principio; pero como no entiendo de toros ni frecuento este espectáculo, acabé por sentir aburrimiento y ganas de que aquello terminara. Ido del Sagrario, no más perito en tauromaquia, hacía de cuanto veíamos críticas tan sesudas como la que podría yo hacer de la Ilíada de Homero.

En los ratos de hastío convertía mis ojos del ruedo a los palcos y gradas, para pasar revista al pintoresco público. La hilera de palcos ofrecía un aspecto deslumbrador. Allí estaban la Navalcarazo, la Belvís de la Jara, Luisa Campoalange, la Perijaa, y las más admiradas hermosuras de la Grandeza, luciendo albas mantillas y adorno de camelias y gardenias en la cabellera y en el seno. No lejos del montón aristocrático vi a Leona la Brava con Carolina Pastrana y otras amigas del género demi-mundano. Ocasión es de decir que, en aquella época de sus progresos en el arte social, daba la dama de Mula la mejor prueba de su talento vistiéndose con modestia, procurando obscurecerse y pasar inadvertida.

En un palco fronterizo entre sombra y sol vi una tanda de mujeres, ataviadas estrepitosamente con pañolones de Manila, mantillas de madroños, altas peinetas y gran carga de flores en el pelo. Eran las que el año 72 hicieron en la Castellana, a las órdenes de Ducazcal, la famosa manifestación contra la dinastía de Saboya: la Moño Triste, la Condesa del Real Cuño, la Sílfide, Pepa la Sastra, la Cacharrito, Rosa Huertas, la Napoleona, Paca la Alicantina, la Eloísa, la Clotildona, etcétera.

Retrocediendo con mi atenta observación hacia la grey aristocrática, vi en dos palcos a Vicente Halconero y al Marqués de Beramendi con sus familias. En las gradas, no lejos de nosotros, había tres muchachas picoteras, inquietas y reidoras, que a ratos miraban hacia mí, saludándome con lindas garatusas formuladas con los morros y con los abanicos. «¿Ves aquellas tres chicas que vuelven hacia acá sus rostros picarescos como haciéndonos burla? -dije a Casiana-. Pues son tres Efémeras que han venido disfrazadas de personas, dejando en alguna percha de los espacios sus túnicas flotantes. Pertenecen al grupo de las malas, traviesas y enredadoras. No mires hacia ellas; no les hagamos caso». Casiana, sin comprender bien lo que yo decía, se dio por enterada.

Observamos luego que, en los tendidos, hombres y mujeres comían a mandíbula batiente y empinaban botellas o zaques, sin desatender los incidentes de la corrida. La razón de estas merendonas era que, empezando las corridas a las doce y terminando a las cuatro por causa de la cortedad de los días, trastornábanse las ordinarias horas de almorzar y comer.

Entre los accidentes restantes de la lidia ordinaria, el que más presente ha quedado en mi memoria es el achuchón que dio un toro a los alabarderos, apostados al pie del palco Real. Rechazaron estos con sus hierros la embestida del morucho, que volvió a la carga con más coraje, abriendo brecha. La res sufrió terribles lanzazos, rompiéronse bastantes alabardas, dobláronse otras, volaron los tricornios por el aire, y muchos Guardias sufrieron el destrozo de sus uniformes. Pero ni los alabarderos abandonaron su puesto de honor y de peligro, ni el cornúpeto se mostraba propicio a terminar la desigual pelea. Fue preciso que el espada Felipe García colease al codicioso bruto para hacerle abandonar el campo.

Llegó el momento final, que yo vi con gusto porque ya me cansaba fiesta tan prolija y fatigosa por el vértigo de sus complicadas emociones. La inmensidad de la concurrencia dificultaba la salida; largo rato empleamos en pasar de la Plaza a la calle, y en las apreturas de aquel atranco, Segis comentaba con negro humorismo el festejo, en su doble aspecto popular y aristocrático.

«¡Cuánto nos hemos divertido! -exclamó-. ¿Verdad, Casiana, que tenemos retortijones de tripas para todo el año? Me alegro de haber venido para no verme obligado a leer en la prensa taurina la descripción de esta chocarrería sublime... Si me dieran el dinero que gastó el de Santoña en esa carroza de cuento de hadas, lo emplearía en comprarle una chichonera de oro, recamada de esmeraldas y brillantes, al Alcalde que inventó esta mojiganga de Las mil y una noches... aburridas... Me ha entusiasmado Manzanedo, me han hecho tilín los padrinos de la Grandeza, y entre las brutalidades de los lidiadores y las finustiquerías de los caballeros en plaza, me quedo con las primeras.

»Los alabarderos han estado monísimos; merecen la Gran Cruz de San Fernando por el canguelo que pasaron. Y si hubiera que dar un premio a las figuras culminantes del jembrerío de los palcos, yo agraciaría con la Jarretiera inglesa a la Moño Triste, obligándola a enseñar la pierna para que el público viese imponer entre aplausos la insignia de tan ilustre Orden. Yo hubiera organizado este espectáculo en la Plaza Mayor, abriéndolo con un torneo y cerrándolo con un auto de fe, para que la fiesta fuese más nacional y castiza. El último y más lucido número habría sido quemar en elegantes hogueras al Duque de Sexto, a Manzanedo, a los Grandes y pequeños de España, a Cánovas, Ducazcal, Romero Robledo, Varagua, Saltillo, y el Marqués del Bacalao... en efigie, por supuesto».

Cuando ya pasábamos de las apreturas a sitio de algún desahogo, nos encontramos con Celestina Tirado, buscando a Fructuoso y Graziella que se le perdieron en el tumulto de la salida. Tiempo hacía que no nos veíamos: noté a la mujer dantesca más vieja, huesuda y barbuda que en los días de mi última visita al laboratorio de la italiana. Interrogada por Casianita sobre la corrida regia, la zurcidora de voluntades nos dijo:

«A ratos me ha parecido comitiva de boda, a ratos acompañamiento de entierro, porque... créanlo, yo me fijo en todo... algunas de las carrozas eran coches de la funeraria, pintados de colorines para dar el pego a los bobalicones... La Corte muy brillante; la Reina Mercedes linda y triste... Motivos tiene para ello... Graziella y yo examinamos detenidamente el pañuelo que agitaba para cambiar los tercios de la lidia... ¡ay qué pena!... Por el movimiento que hacían en el aire las puntas del pañuelo, y por los giros y pliegues de la tela junto a la carita de Su Majestad, vinimos a conocer como este es día que la pobre Mercedes vivirá muy poco.

-¡Quita allá, bruja indecente! -exclamé yo indignado-. No nos vengas con vaticinios ni sandeces.

-Por la luz del santo día, Tito; créanlo, que estos signos no fallan: la hija de Montpensier no llegará a San Juan».



Cánovas de Benito Pérez Galdós

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