Cánovas : 17

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Cánovas
Capítulo XVII

de Benito Pérez Galdós



Una tarde de Julio, paseando por el Prado, oímos estas coplas, cantadas por las tiernas niñas que jugaban al corro: ¿Dónde vas, Alfonso XII? -¿Dónde vas, triste de ti? -Voy en busca de Mercedes, -que ayer tarde no la vi. -Si Mercedes ya se ha muerto; -muerta está, que yo la vi: -cuatro Duques la llevaban -por las calles de Madrid. La simplicidad candorosa de estos versos, en boca de inocentes criaturas, se me metía en el corazón avivando la doliente memoria de la Reina sin ventura, muerta en la flor de la edad.

Otro día, en Recoletos, oí las mismas coplas, continuadas de este modo: Su carita era de Virgen, -sus manitas de marfil, -y el velo que la cubría -era un rico carmesí. -Los zapatos que llevaba -eran de rico charol, -regalados por Alfonso -el día que se casó. Recreándonos con tan ingenua cantata dimos la vuelta al corro, y pudimos enriquecer el poema infantil con esta otra cuarteta: El manto que la cubría -era rico terciopelo, -y en letras de oro decía: -Ha muerto cara de cielo.

«Fíjate -dije a Casiana-, y convendrás conmigo en que esos lindos cantares contienen más inspiración y mayor encanto que las odas hinchadas y las elegías lacrimosas con que los poetas de oficio lamentaron el prematuro fin de Merceditas, apedreándonos con ripios duros y aburriéndonos con el desfile monótono de imágenes sobadas y terminachos rimbombantes».

Opinó como yo Casianilla y me dejó estupefacto al preguntarme: «Dime, Tito: ¿tú conoces a los poetas que hacen esos cantares? ¿Quiénes son, dónde están?

-No lo sé, hija mía -contesté-. Sólo te digo que el pueblo hace las guerras y la paz, la política y la Historia, y también hace la poesía».

Si no referí antes mi primera visita a Vicentito Halconero, fue porque en ella nada hubo digno de mención. Redújose a cortesías de ritual y a remembranzas de sucesos que se desvanecieron en el tiempo. Las posteriores entrevistas tuvieron más interés. Vivía mi amigo en la calle de San Quintín, Plaza de Oriente, y cuando le visitaba por la tarde, como a esas horas salía yo siempre con Casiana, quedábase mi compañera sentadita en un banco de los jardinillos entrando yo solo en la casa.

Requería Vicente mi persona un día y otro para convencerme de la necesidad de que yo me lanzase de lleno a la política activa, afiliándome con él al partido de Sagasta. Apuró Halconero sus razones sin persuadirme, y entre otras cosas me dijo que el propio don Práxedes le manifestó deseos de tenerme a su lado, porque ansiaba fortalecer el Partido Constitucional con gente moza, atraer a todos los jóvenes de mentalidad a la moderna, aunque hubiesen sido revolucionarios y alborotadores en días no lejanos. El relleno de sus adeptos, consistente en progresistas acartonados, necesitaba renovación.

Después de hablar por boca de Sagasta, habló Vicente por la suya diciéndome que si me determinaba podía contar desde luego con un distrito seguro para salir diputado, bien cediéndome el suyo, La Guardia, bien Villarcayo, el de su suegro, pues este ansiaba retirarse de la vida pública. «Como ve usted -añadió-, tengo dos distritos. Escoja el que quiera».

Contestele que yo agradecía mucho su generoso interés, pero que me repugnaba el cunerismo y nunca pasó por mi mente pertenecer a esos rebaños parlamentarios que forma el Ministro de la Gobernación como Dios hizo el mundo, de la nada. Sostuve que en España no existe la representación nacional, y que los diputados no expresan más opinión que la de unos cuantos señores; que en las Cortes no reside ninguna parte de la soberanía, y que la ley fundamental del Estado no es más que una edición bonita y esmerada de las coplas de Calaínos. Todos los poderes residen en el Rey y en las camarillas, a las que están subordinados los jefes de las ganaderías políticas.

De estas afirmaciones surgió una discusión entre cómica y seria, y Halconero acabó por arrancarme la promesa de que iría yo con él a ver a Sagasta. Al salir de casa de mi amigo y entrar en los jardinillos para reunirme con Casiana, vi un ruedo infantil que cantaba con dulces vocecitas las coplas que en otra página he transcrito, y estas que ahora copio: Los faroles de Palacio -ya no quieren alumbrar, -porque Mercedes se ha muerto -y luto quieren guardar. -Junto a las gradas del trono -una sombra negra vi, -cuanto más me retiraba -más se aproximaba a mí. -No te retires, Alfonso; -no te retires de mí, -que soy tu esposa querida -y no me aparto de ti.

Cumplí a Vicente Halconero mi promesa de visitar a Sagasta, y una mañana fui con él a casa del jefe de los Constitucionales, Alcalá, 52. Había yo tratado superficialmente a don Práxedes en años anteriores. Antes que Vicentito me presentase, Sagasta me reconoció, saludándome como si nuestro trato hubiera sido frecuente y nunca interrumpido. Ya sabéis que la característica de aquel hombre realmente extraordinario era el don de simpatía, el don de gentes, la flexibilidad del ingenio y de la palabra, sin que por ello dejase traslucir su pensamiento en la conversación. Entendía yo que en su afable sonrisa no debíamos ver un accidente, sino un estado constitutivo de la personalidad, y además la máscara impenetrable de su genial astucia.

Don Práxedes rompió la conversación sacando a relucir diabluras y extravagancias de mi temprana juventud, y no fue poco mi asombro al ver que tales simplezas conocía y recordaba. Pronto comprendí que trataba de ganar mi voluntad y atraerme a su esfera por la afinidad de los caracteres y la semejanza de nuestros respectivos modos de expresión. De frase en frase nos metimos en la política, y Sagasta hizo el panegírico de la Monarquía constitucional, prometiendo a España días muy felices. La buena crianza obligome a una delicada conformidad con las opiniones del riojano, y al observar yo que recogía la sonrisa en su larga boca para departir con grave estilo, pensaba que seguía riéndose por dentro.

Una observación del amigo Halconero llevó a don Práxedes a tocar el tema de mi incorporación a su partido. Yo me excusé declarándome inepto para la vida pública, tal como aquí se practicaba entonces; y él, entre severo y festivo, me habló de este modo:

«Ya sé, ya sé que a usted las cavilaciones le han hecho algo metafísico y que los desengaños han matado su optimismo. Déjese de tonterías, amigo, que por ese camino no se va a ninguna parte. Usted sostiene que vivimos en un mundo de ficciones; que la representación nacional, base del régimen, será una farsa mientras hagamos los diputados por un sistema de moldes y cubiletes. Algo hay de verdad en todo lo que usted dice, lo reconozco; pero también afirmo que semejantes males sólo puede remediarlos el Partido Constitucional, maridaje perfecto entre el poder real y la soberanía del pueblo... No lo dude usted, amigo Liviano, pues mi partido, en la oposición, está haciendo ya una gran obra política. El porvenir es nuestro. Si usted no lo reconoce todavía, lo reconocerá bien pronto. Yo he de intentar la regenaración de este país. ¿Fracasaré? Allá veremos. Lo que aseguro es que si mis esfuerzos resultan fallidos y sucumbo en la demanda, caeré siempre del lado de la libertad».

Con esto y poco más, terminó mi primera visita a don Práxedes. El rápido avance del verano interrumpió mis relaciones con Halconero porque este se fue a La Guardia, Vitoria y San Sebastián... Casiana y yo, no queriendo infringir la moda de la emigración estival, partimos para nuestras posesiones de La Sagra, radicantes en el término de un desconocido pueblo llamado Borox. Reducíase el patrimonio mísero de los Conejos a unas tierrucas de pan llevar y a una casucha propiedad de la tía Simona. Encantadas entraron Simonica y Casiana en su pueblo natal; pero a mí me pareció muy desagradable. En Borox no se conocía el árbol; había una sola fuente, y el agua de esta no servía para cocer los garbanzos: utilizábase en tales usos la que brotaba de un manantial distante cinco kilómetros del pueblo, y era transportada por arrieros-aguadores que surtían a todo Borox y sus aledaños.

Aunque la pobreza y sequedad de aquel suelo eran lo más apropiado a nuestra ingénita cursilería, yo no me conformé con tan ruin villeggiatura, y nos fuimos a Esquivias, lugar próximo donde Simona tenía parentela. Por mediación de esta alquilamos una hermosa casa, con huerta, rodeada de viñedos y frutales. Ya sabéis que Esquivias es la patria de doña Catalina de Salazar, esposa de Cervantes, y que allí vivió algún tiempo el Príncipe de nuestros ingenios. Gozábamos el alto honor de veranear en una villa famosa en los anales de las Letras patrias. El pueblo era cómodo y alegre, y en su vecindario encontramos muchas personas de buena crianza, y algún señorío. Había no pocos veraneantes de Madrid, gente de medio pelo, pero campechana y cortés.

Tan bien nos fue en Esquivias que nos quedamos hasta la vendimia, muy entretenidos y gozosos. En aquella temporada placentera no teníamos más relación con el resto del mundo que las cartas que de vez en cuando nos escribía nuestro amigo Segis, desde San Sebastián primero, después desde Zaragoza y Barcelona. Al llegar a Madrid me enteré de acaecimientos que surgían y pasaban sin dejar tras sí más que el comentario fugaz de las lenguas ociosas: que Martos, después de entenderse con Ruiz Zorrilla, logró catequizar al Duque de la Torre y llevarlo a las trincheras revolucionarias; que los tres celebraron una conferencia en Biarritz, de la cual, según los ojalateros de Madrid, resultaría muy pronto el triunfo de la República. Estas ilusiones y otras de rosados matices se desvanecieron en la normalidad perezosa de la vida política en aquellos tiempos de glacial positivismo.

La intentona revolucionaria de Navalmoral de la Mata fue otro caso de la vacuidad histórica que caracterizó aquellas décadas. El 25 de Octubre regresó el Rey Alfonso de un viaje que hizo a las provincias del Centro, y al pasar en coche por la calle Mayor, cerca ya de los Consejos, un jovenzuelo disparó contra él dos pistoletazos, sin causarle daño alguno. El agresor, detenido al instante, se llamaba Juan Oliva Moncasi, era natural de Cabra (Zaragoza), y según dijo, estaba afiliado a la Internacional. La emoción de este suceso no duró mucho. El tal Oliva era indudablemente un fanático; pero con menos visos de locura que de tontería. Según mi leal entender, en aquella época de una insipidez mal azucarada, hasta el regicidio era tonto, desaborido y sin picante. Del desdichado Oliva se habló un poco en aquellos días, y otro poco cuando le dieron garrote en Enero del año próximo.

El mundo marchaba, dejando atrás a personalidades ilustres que habían cumplido ya su misión en la vida. En Agosto del 78 falleció la que fue Reina Gobernadora, doña María Cristina; en Diciembre perdió la democracia al famoso tribuno don Nicolás María Rivero; y a principios del año siguiente, 1879, acabó sus días Espartero, Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara, que durante un cuarto de siglo llenó con su nombre la Historia de España.

Mientras llega ocasión de traer a estas páginas las cosas de Cuba, os diré que la llamada paz del Zanjón (más bien tregua o convenio, al estilo del de Vergara) pactada entre Martínez Campos y los jefes de la insurrección, no era del gusto del Partido Peninsular Español de la Gran Antilla. Sonaron con mayor estridencia que antes las declamaciones patrióticas; Martínez Campos, viendo que el Gobierno de Madrid se mostraba esquivo para realizar lo pactado con los insurrectos, se atufó, dio de lado al Capitán General Jovellar y a los españoles incondicionales, y se vino a Madrid decidido a plantear la grave cuestión ante el Rey, el Gobierno y las Cortes.

Cánovas del Castillo, estimando con razón o sin ella que el horno político de España no estaba para bollos autonómicos ni otras zarandajas ofrecidas a los cubanos, mostró su repugnancia a convertir en leyes las estipulaciones del convenio del Zanjón, y para salir de aquel convenio puso en práctica la consabida artimaña del medio mutis, que había empleado con éxito en los comienzos de la Restauración.

El 27 de Febrero planteó don Antonio la crisis total, aconsejando al Rey que encargase de formar Gobierno a Martínez Campos. ¡Lástima grande que un hombre como Cánovas desestimara el alto ideal que Martínez Campos defendía; error funesto que don Antonio, por falta de valor para imponerse a los patrioteros, entregase el Poder a un hombre que si en lo militar era eminente, en lo político carecía de trastienda y travesura para luchar con las pasiones humanas! ¡Fatalidad inexorable! Cánovas, no atreviéndose a resolver el gran problema antillano, cedía los trastos de gobernar a quien, sobrado de valor para todo, no podía consumar la magna empresa por falta de aptitudes políticas. De este modo, entre un sabio que no quiere y un valiente que no puede, decretaron para un tiempo no lejano la pérdida de las Antillas.

Llevó Martínez Campos al Ministerio de la Gobernación a Paco Silvela, el más joven de los tres hermanos de este ilustre apellido, todos muy notables en la jurisprudencia, la literatura y la política. Fuera de disolver las Cortes y convocar otras nuevas, el Gabinete Campos-Silvela poco o nada hizo, a no ser que se tenga en cuenta su obra negativa. Las reformas políticas de Cuba, que se había comprometido a realizar don Arsenio, pasaron suavemente al panteón del olvido, y ni aun se trató de sacar adelante el proyecto de ley de abolición de la esclavitud que parecía lo de más urgencia.

En cambio, los Ministros pusieron toda su atención en el proyecto que daba por quebrada a la Compañía constructora de las líneas férreas del Noroeste, facultando al Gobierno para otorgar por concurso lo que restaba por construir. De ello resultó que adjudicaron el bonito negocio a un afortunado francés llamado Monsieur Donon, a quien, según se dijo, protegían altísimas personalidades.

Pasando de lo colectivo a lo personal, os contaré que Halconerito insistió en sus deseos de sacarme diputado, aprovechando aquellas elecciones. Yo me negué en absoluto, y nunca me pesó este apego a la dorada obscuridad: así lo digo, porque en mi salvaje independencia llevo dentro una luz espiritual que me hace amable y placentera la vida.

A los que se hayan sorprendido de no ver en mi compañía hace algún tiempo la figura de García Fajardo, les diré que poco después de irme yo al veraneo de Esquivias mi grande amigo se reconcilió con su madre, Segismunda Rodríguez, señora de circunstancias, dotada de no comunes talentos para traer dineritos de los bolsillos ajenos al suyo propio, y para decorar su vanidad con fáciles blasones. De esta dama os hablé hace algún tiempo, y aquellas referencias las completo ahora diciendo que doña Segismunda había realizado su dorado sueño de poseer un título nobiliario, aunque fuera pontificio: desde el verano anterior titulábase Condesa de Casa Pampliega.

Satisfecho este anhelo, y viéndose ya en la madurez de la vida, sin más afecto que el de su hijo, requirió la compañía de Segis con el ansia de completar su corrección teniéndole siempre consigo. Sacó al rebelde del poder de doña Leche, y firme en la idea de apartarle de las malas compañías de Madrid, emprendió con él largos viajes que fueron a un tiempo de recreo y de vanidad. Pasaron sus temporaditas en los balnearios y playas del Norte, visitaron después Barcelona, Zaragoza y otras capitales, y llegado el invierno se fueron a Andalucía, terminando su agradable excursión con la temporada de Semana Santa y Ferias en Sevilla.

En cuanto supe el regreso de Segismundo a Madrid me fui a verle a su casa, y lo encontré más reformado de indumento que de lenguaje. La madre de García Fajardo, en el descenso de la vida, conservaba la siniestra hermosura de su rostro ceñudo y desapacible. En otro tiempo compararon su cabeza con la de Medusa, y aún podía sostenerse la comparación; sólo que su cabellera de serpientes había blanqueado. Al visitar por primera vez a mi amigo hablamos de sus recientes viajes, y la señora Condesa de Casa Pampliega se despachó a su gusto, contando con prolijidad enfadosa las preciosidades que había visto en el Norte y Sur de las Españas.

A la tarde siguiente volví a casa de Segismundo, y puedo aseguraros que esta segunda visita fue memorable, digna ciertamente de ser marcada con piedra blanca en mis historias. Al entrar yo se despedía una dama elegantísima, guapetona, de grandes ojos negros fulgurantes, carnosa, espléndida en hechuras, bien plantada... Quedé absorto ante tan seductora belleza, y dije para mí: «Sin saber quién es esta mujer, sé que la he visto en alguna parte. ¿Dónde, Señor, dónde?... No me acuerdo».

Cuando Segis volvió de despedir a la linda señora, notando mi asombro y perplejidad, me dijo: «¿Pero no la conoces? Parece que estás tonto. Es Elena Sanz.



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