Cánovas : 20

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En los mismos días en que la pregonera del vivir oficial comunicaba al pueblo español albricias y congratulaciones, por la probable felicidad de que nuestros Reyes tuvieran pronta y quizá masculina sucesión, empezó a correr por Madrid rumor muy denso de los amores de Alfonso con doña Leonor de Guzmán, y hasta llegó a decirse que había nacido el primer bastardo, el primer Trastamara. ¡Bonito porvenir te esperaba, oh Nación española!

Revolviendo en mi mente tan inauditos casos, y pensando en las complejidades que podían ocasionar en tiempos próximos o lejanos, despertose en mí cierta conmiseración simpática por la Reina doña María Cristina. ¿Tendría conocimiento la augusta señora de los hechos que delataba el obstinado mosconeo popular? Sospechaba yo que sí. La sospecha se trocó en certidumbre un día que me encontré con mi antiguo amigo Quintín González, esposo de la sensible planchadora Nieves, con la que yo tuve algo que ver en los tiempos para mí venturosos de don Amadeo I. Quintín ya no era portero de Palacio, sino ujier de antecámara, cargo cuyas funciones le aproximaban a las reales personas. Díjome que la Señora lo sabía. Pero que se encastillaba dentro de su dignidad como Reina de cuerpo entero, no dejando traslucir agravios de cierta índole, que rebajan más al que los manifiesta que a quien los infiere.

Deseaba yo ver de cerca a la Reina María Cristina. Una tarde, mi buena suerte me deparó la ocasión de satisfacer esta curiosidad en el Real Sitio de Aranjuez. Fuimos Casiana y yo a pasar el día en aquellos amenos lugares, y un amigo residente en el pueblo nos proporcionó papeletas, con las cuales podíamos ver los jardines y la casita de abajo, no el Palacio, por estar allí los Reyes. Paseamos tranquilamente por la Isla, y el señor que nos acompañaba nos dijo que no veríamos a Sus Majestades, pues desde por la mañana hallábanse en La Flamenca, con los Duques de Fernán Núñez y unos Príncipes austriacos.

Admirábamos Casianilla y yo los gigantescos álamos que parecían tocar las nubes, las copiosas y murmurantes aguas que por una y otra parte embelesaban la vista, cuando divisamos a los Reyes con lucido acompañamiento, que en dirección contraria a la nuestra venían. Al llegar las regias personas cerca de nosotros, nos detuvimos para dejarles paso y saludar con todas las ceremonias que nuestra buena educación, a falta de monarquismo, nos exigía.

La Reina pasó muy cerca de mí, y en su elegante persona se saciaron mis ojos. Agradome en extremo su porte señoril y su aire de dignidad y nobleza. A nuestro saludo contestó la Soberana con una reverencia graciosa y afable. Casianilla, con la boca abierta y los ojos espantados, veía alejarse a María Cristina, admirando tanto su persona como su ropaje. Luego me dijo: «Bien se le conoce el nacimiento, la estirpe que es, como tú dices, la más encumbrada del mundo».

De regreso del paseo di a mi compañera una compendiosa lección histórica de la Casa de Austria. Rebañando en mis vagos recuerdos hablé del Rey de Romanos, del entronque de la Casa de Borgoña con la de Castilla, de doña Juana la Loca, del Emperador Carlos V, de su hermano don Fernando, heredero de la Corona imperial, y luego de toda la serie de Hapsburgos y Hapsburgos-Lorenas hasta la familia reinante a la sazón en Austria.

Aquel verano nos arrastró a San Sebastián y a sus baños de ola la Condesa de Casa Pampliega. No me pesó ir con Segis y su madre, porque así nos dimos el pisto de veranear en el sitio de moda y de refrescar nuestra sangre con las aguas cantábricas. Fueron muy de mi gusto la frescura del ambiente, la belleza del país, la cultura de la ciudad, la buena educación de sus habitantes. En cambio, no me hizo maldita gracia la sociedad que allí se congregaba, que era la misma gente frívola de Madrid, con sus cargantes etiqueteos, sus rutinas y su cursilería.

Al volver a la Villa y Corte me encontré sorprendido por el fausto suceso del alumbramiento de la Reina María Cristina, en 11 de Septiembre. El parto fue muy feliz, según los luminosos dictámenes de la Facultad de Medicina de la Real Cámara y los concienzudos informes de la Prensa. Mas como vino al mundo una niña, quedaron chasqueados y cariacontecidos los que esperaban anhelantes sucesión masculina para la Corona de España. Apenas nacida la tierna criatura, descendiente de tantos Reyes y Emperadores, su dorada cuna se meció en un campo de Agramante, por el recio altercado que sostuvieron políticos y palatinos sobre si correspondía o no a la nueva Infanta el título de Princesa de Asturias. Contra el sentir general, Cánovas sostuvo la negativa, robusteciéndola con los grandes elementos de su vasta erudición. El heráldico litigio encendió los ánimos de toda la gente ociosa y formulista, y nunca hubiera terminado a no cortar la cuestión Alfonso XII con fallo inapelable.

Mayores disturbios y disputas más agrias produjeron las ridículas cuestiones de etiqueta suscitadas en las solemnidades de la presentación y bautizo de la Infanta, a quien dieron el nombre de María de las Mercedes. Los Cardenales Moreno, Primado de las Españas, y Benavides, Patriarca de las Indias, se tiraron las mitras a la cabeza -valga la figura- por si correspondía al uno o al otro el honor de administrar el Sacramento. Ambos Prelados y sus parciales se lanzaron a enfadosas polémicas en lo restante del año 80, sosteniendo cada cual sus pretendidos derechos.

Contienda tan ridícula no había yo visto en mi vida. Me divirtió de lo lindo. Pero aún me regocijó más el enojo de los Capitanes Generales porque, habiendo tomado asiento en no sé qué banco preferente de la Real Capilla, un palatino obligoles a cambiar de sitio diciendo que aquel era el puesto de los mitrados. ¡Jesús, la que se armó! Los Príncipes de la Milicia, así como los de la Iglesia, que en este pobre Estado español no tenían nada que hacer, pues sus funciones eran puramente decorativas y pintureras, mantuviéronse alborotados y de puntas hasta el año siguiente, sin que les aplacaran las gracias y mercedes que el Gobierno derramó sobre ellos a manos llenas.

¡Delicioso país este rincón occidental de Europa! Da grima leer la Prensa en aquellos meses. Todos los periódicos llenaron columnas y columnas con los piques de este General y de aquel Obispo, con las conferencias y cabildeos entre los agraviados y el Jefe Superior de Palacio o el Presidente del Consejo de Ministros, para domesticar a las fieras de la vanidad. Por si fuera poco esto, los Consejeros de Estado elevaron una imponente protesta a Su Majestad el Rey por habérseles dado un puesto poco decoroso en le Real Capilla, y, si no estoy equivocado, también los claros varones de la Sociedad Económica de Amigos del País solicitaron mayores preeminencias en los actos de fanfarronería oficial. Yo dije a Casiana: «Un país sin ideales, que no siente el estímulo de las grandes cuestiones tocantes al bienestar y a la gloria de la Nación, es un país muerto. La Prensa, consagrada a glosar y a comentar los incidentes de estas chabacanas querellas, exhala de sus columnas un olor cadavérico. Prensa, Gobierno, Partidos, altos y bajos Poderes, todo ello anuncia su irremediable descomposición».

Para mayor ignominia, las mercedes concedidas por el Rey en celebración del natalicio de la Infantita, ofrecen nuevo ejemplo de la degradante frivolidad a que habían llegado las clases superiores del Estado. El reparto de dos Toisones, de no sé cuántos collares de Carlos III, de grandes cruces, encomiendas, bandas de María Luisa, Grandezas de España y títulos de Castilla, dio margen a una rebatiña vergonzosa. Tal espectáculo era el signo más característico de unos tiempos en que las turbas que se llamaban directoras no tenían otros móviles que el egoísmo, la farsa y el delirio de las distinciones farandulescas.

Con la feria de fatuidades coincidió aquel año la era de las expansiones gastronómicas. Todos los españoles grandes o mediocres que tenían algo que manifestar a sus amigos o al pueblo, derramaban su elocuencia sobre los blancos manteles, ante unos comistrajes indigestos y mal servidos. Balaguer en Valencia, Barcelona y Lérida, Vega de Armijo en Córdoba, Romero Robledo en Sevilla, Castelar en Alcira, y Carvajal en Málaga, lanzaron sus trenos patéticos o jocosos tras el solemne momento de descorchar el champagne. Luego gemían las prensas reproduciendo en largas columnas toda esta caudalosa palabrería que, con excepción del verbo soberano de Castelar, era como remolinos de hojarasca que se lleva el viento.

Mis relaciones con Segis y con su madre se estrecharon más en aquel Otoño. La Condesa de Casa Pampliega, a pesar de su finchación nobiliaria, no repudiaba el trato con mi pobre Casianilla. Cierto que no la presentó en sus salones heteróclitos, a donde concurrían familias de nobles tronados y de tenderos enriquecidos. Pero cuando yo iba con mi compañera por las tardes a la mansión condal, recibía su visita la señora con mucho agrado, gustosa de la llaneza, buen apaño y suave condición de la señorita de Conejo. Indudablemente, doña Segismunda, mujer desprovista de toda cultura, simpatizaba con Casiana al verla tan instruidita y al oírla expresarse con un claro sentido, que para ella era el colmo de la sapiencia. Excuso decir que la improvisada Condesa se había hecho conservadora furibunda, y que sentía por don Antonio Cánovas un entusiasmo delirante.

«¡Qué hombre, qué talento, qué elocuencia! -solía exclamar-. ¿Y dicen que es bizco? No, señor. ¡Qué bizco ni qué niño muerto! Es un caballero que ve largo y mira muy por derecho».

Desde que volvió de San Sebastián, la Condesa de Casa Pampliega frecuentaba el santuario y colegio de las Hermanas del Corazón de Jesús, en le calle del Caballero de Gracia. A esto la movía, más que su propio misticismo, el afán de codearse con damas de la más alcurniada sociedad de Madrid. Por hacer el papelón apencaba con los enfadosos ejercicios espirituales, y asiduamente se dejaba ver en las diarias solemnidades de Novenas, Triduos, Cuarenta Horas, etcétera. En este trajín hizo amistades con varias señoras beatas y con algunos de los jesuitas predicadores, que constantemente estaban metidos en aquella santa casa. Por cierto que, según oí, un Padre de los más sagaces puso los puntos a doña Segismunda para sacarle dinero; pero a tanto no llegaba la piedad fashionable de la flamante Condesa. La discreta y astuta dama paró el golpe... Mas ya se lo dirían de misas cuando se hallase in articulo mortis... Entonces sí que no se escapaba... ¡Pobre Segis! Como se descuidara le dejarían en cueros vivos.

A propósito de Segis diré que su indómita rebeldía se iba modificando por las flexibilidades de aquella época positivista. Evolucionó con suavidad hacia el arte o ciencia del buen vivir, y acabó por entregarse a un filosofismo atrozmente cínico. Dejábase llevar por la Condesa a las beaterías del Caballero de Gracia, y de otras iglesias de moda, afectando cierta contrición y propósito de enmienda que a muchos engañaba, y a mí, que tan bien le conocía, causábame el efecto más cómico que puede imaginarse. El principal objeto de esta farsa era vigilar constantemente a su madre, para estar al quite de los ataques con que los sagaces caballeros de la faja negra amenazaban al saneado caudal de Casa Pampliega.

En las francas expansiones que conmigo tenía Segismundo, se quitaba la máscara hipócrita para revelarme con esta leal llaneza los móviles de su conducta: «Ni tú ni yo, querido Tito, podemos esperar nada del estado social y político que nos ha traído la dichosa Restauración. Los dos partidos, que se han concordado para turnar pacíficamente en el Poder, son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el Presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado les mueve, no mejoraran en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que de fijo ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos... Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria. ¿Crees tú, Titillo, en la revolución?

-Yo no -contesté resueltamente-. No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos, esos que ya chiflaban en los años anteriores al 68. La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, lustros tal vez, quizá medio siglo largo, antes que este Régimen, atacado de tuberculosis étnica, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental.

-De acuerdo, querido -dijo Segis-. Por eso yo he cambiado mi rebeldía por un epicureísmo que me asegure el regalo y el reposo del presente y el porvenir. Quiero vivir bien y sin fatigas; quiero asegurar la posesión venidera del caudal que afanó mi madre... como Dios le dio a entender; quiero construirme, en fin, un bello refugio contra la miseria. ¿Qué me importa doblegar la frente ante un curángano vestido de ropones negros o colorados, ni prestarme a prácticas de puro formulismo y exterioridad, si esto que yo llamo etiqueta litúrgica, no exenta de belleza en algunos casos, jamás penetra en mi libre espíritu? Al principio me violenté no poco para lograr acomodarme a las beaterías de mi señora madre. Pero luego fui entrando por grados, insensiblemente... Todo se reduce a una farándula más entre las múltiples que regulan la conducta social del hombre civilizado, como por ejemplo, la buena educación, el respeto a las personas que ostentan alguna dignidad aunque sean unos gaznápiros, el someterse a las modas del comer, del beber, del vestir y del calzar, y otras tonterías que hacemos de continuo, sin parar mientes en nuestra imbecilidad».

No iba descaminado el amigo García Fajardo en su apreciación de las cosas de España; pero las ideas que expresó para justificar su proceder, me parecieron más ingeniosas que razonables. Pocos días después de lo que acabo de contaros, supe que la infatuada 6Condesa de Casa Pampliega había concebido el plan de casar a su hijo con una señorita honesta y de buen ver, hija única de opulento matrimonio, muy notado por su catolicismo a macha martillo y por sus conexiones con toda la gente de la Iglesia. Nació este proyecto de las amistades que doña Segismunda contrajo en el Sagrado Corazón con damas ilustres y con algunos Reverendos de la Compañía.

La candidata a la mano de Segis llamábase Ritita, y en sus padres se habían reunido los linajes de Erro, Sureda, Socobio y Landázuri, todos ellos, como sabéis, rabiosamente absolutistas. Parentesco tenía también Rita con los Emparanes, Trapinedos y Pipaones, y llamábase sobrina de los Marqueses de Beramendi y de la Marquesa de Villares de Tajo. Andando días me aseguraron que la boda de Segis era un hecho. Directamente acudí a mi amigo para que me sacase de dudas diciéndome la verdad, y con gran estupor mío habló de esta manera:

«No es todavía un hecho, querido Tito; pero podrá serlo pronto, muy pronto. He consagrado largas cavilaciones a madurar el asunto, y al fin, tanto se ha obstinado mi madre y tales razones me han expuesto mi tío Beramendi y mi tía María Ignacia, que he acordado rendirme a discreción. La muchacha es buena, muy rezadora y amiga de comerse los santos. En su vida leyó más libro que El Año Cristiano. Pero a mí ¿qué me importa? Parece que le he caído en gracia, y que me quiere un poquitín».

Contagiado del fantástico catolicismo de Segis, me persigné, diciéndome con picante ironía: «¡Alabado sea Dios! Ya veo bien clara la lenta pero continua evolución de nuestra bendita sociedad hacia las ollas del ultramontanismo».



Cánovas de Benito Pérez Galdós

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