Cánovas : 22

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Cánovas
Capítulo XXII

de Benito Pérez Galdós



En la calle me esperaba Casiana, algo inquieta por mi tardanza.

«Ya sabes -me dijo- que doña Segismunda está en ascuas por saber cómo ha recibido este buen señor los librotes del tiempo de Maricastaña. ¿Nos volvemos allá?

-No -repliqué-. Vámonos calle arriba para que se me despeje la cabeza. Estoy un poco mareado de ver infolios y legajos, que a mi parecer no sirven más que para llenar de telarañas el entendimiento... Nos llegamos hasta la Era del Mico o el Campo del Tío Mereje, y confortaremos nuestros cuerpos ateridos con la benéfica luz del sol. No nos faltará espacio para pasear a gusto y charlar sabrosamente cuanto nos dé la gana.

-Por esos lugares no me lleves, Tito -indicó mi Casiana un tanto medrosa-. Allí se reúnen las brujas, según me has dicho, y yo no quiero trato con esa caterva.

-No temas nada, chiquilla -le repondí riendo-. Una mujer ilustrada como tú no debe asustarse ante las viejas carroñas que, ya cabalgando en sus escobas, ya montadas una sobre otra, acuden a la cita del Gran Cabrón. Fíjate además en que los aquelarres son funciones esencialmente nocturnas, y a estas horas, en pleno mediodía, no hay que temer las visitas de las almas del otro mundo ni de las vejanconas puercas que hociquean con el diablo.

-Pues vamos allá, que aunque no tengo la debida ilustración, donde tú estés yo no me asusto de nada.

-Muy bien. Pero no me niegues la verdad de tu cultura, Casiana mía, que anoche bien te luciste en la tertulia íntima de la señora Condesa, cuando contendías discretamente con aquellas dos damas de las aristocracia que acaba de salir ahora, una de las cuales soltó el disparate de que los Reyes Católicos eran los padres de Felipe II y de Fernando VII.

-Fue la que llaman Marquesa de San Epifanio la que echó de su bonita boca ese garrafal desatino. Yo no me atreví a corregirla más que con una frase por tabla, y tú remataste la suerte. La otra, señora muy entonada, que se enriqueció con el comercio de petróleo, lleva el apellido de Cucúrbitas, es muy redicha y punto fuerte en las modas del vestir, y no se le escapa ninguno de los requilorios y perendengues que ahora se llevan. Sus lindas niñas se educan en el Sagrado Corazón.

-Donde aprenden Catecismo a todo pasto, nociones incompletas de Aritmética y Geografía, mascullar el francés, un machaqueo de piano para romper los oídos de toda la familia, y etiquetas y saluditos a estilo de París de Francia... Al cuidado de los buenos Padres, estos aguardan a que las educandas sean señoras para meter las narices en sus hogares, adueñándose del marido y de los hijos, y por fin, esperan cachazudos y tenaces a que se hagan viejas idiotas para quitarles todo lo que tienen.

-Así es y así será. Y ahora te digo que la de San Epifanio anda muy a la cola en ortografía. Ayer vi casualmente una tarjeta que escribió a doña Segismunda, en la cual noté que pone hombre sin hache y ayer con hache y elle. La de Cucúrbitas dice ivierno, ferroscarriles y Espirituisanto.

-Ya lo ves, Casianilla: con lo poquito que tú sabes eres muy superior a esas señoronas hartas de dinero, que nos miran a nosotros por encima del hombro. Compárate, y verás bien claro tu superioridad. Vuelve la vista al pasado, y te harás cargo del inmenso adelanto que has conseguido desde que te saqué de la abyección y la miseria para elevarte hasta donde ahora te encuentras. Ido te enseñó a leer y escribir, y entre ese buen hombre y yo te dimos las nociones elementales con que apareces superior a todo este señorío hecho de pronto que sólo brilla por el oro ganado sabe Dios cómo».

Andando, andando, y cuando íbamos frente al Hospicio, pasó junto a nosotros rapidísima una figura de mujer, que me tocó en el codo y siguió su camino con la velocidad del viento. De lejos me miró sonriente: era una Efémera. No bien rebasamos el terreno antaño llamado los Pozos de Nieve, donde a la sazón se construían hermosas casas, pasaron con loca presteza y travesura, no una, sino dos o tres Efémeras, rozándome con dedos ligerísimos como para hacerme cosquillas. Desparecieron delante de nosotros, perdiéndose entre los grupos de transeúntes, y dejando tras sí ecos de risas livianas y de interjecciones burlescas.

En estos prodigios del orden quimérico no se fijó Casiana, y sí lo hizo con atención discreta en que era la hora de comer y debíamos volvernos a casa. Aferrado a una idea tenazmente alojada en mi cerebro, propuse hacer rabona en nuestra hospedería, y retrocediendo algunos pasos nos metimos en el bodegón llamado La Criolla. Pedimos para sustentamos dos raciones de batallón, un besugo, vino y café.

O yo me había vuelto tarumba, o en una mesa no distante de la nuestra estaban dos Efémeras vestidas de negra túnica, manducando tortilla con jamón, a la que siguieron sendas raciones de pepitoria. En lo restante del local almorzaban tranquilamente hombres y mujeres, sin reparar en las fantásticas hembras que eran tal vez proyección de mis alborotados pensamientos.

Mientras comíamos con buen apetito, di a Casiana una lección de Historia, enlazando, como es uso y costumbre de todo buen narrador de las cosas públicas, lo presente palpitante con lo pretérito fosilizado ya en las capas geológicas del Tiempo.

He aquí fielmente copiados mis pinitos históricos: «Nuestra respetable amiga doña Segismunda, la Marquesa de San Epifanio, la de Cucúrbitas y otras tales, están locas de contento con la venida de los frailes que, lanzados de las Galias a puntapiés, pasan la frontera esperando encontrar aquí comederos bien provistos por la piedad española. Esas y otras damas de la misma flaca mentalidad, se aprestan a rascarse el bolsillo para favorecer a los inmigrantes consagrados al servicio de Dios Nuestro Señor. Doña Segismunda entiendo que no se correrá mucho, porque es larga en el prometer y muy encogida en el dar. Otras señoras, las antes citadas así como las Emparanes, Zuredas y Landazuris, serán algo más pródigas en el socorro de la frailería galicana. Pero todas ellas juntas no llegarán a la inaudita magnanimidad de la eximia Duquesa de Pastrana, que ha legado íntegramente los cuantiosos bienes raíces, urbanos y suntuarios de su ilustre Casa, opulenta rama del árbol del Infantazgo, a los caballeros de Loyola. Esta sacra y militar Orden ha venido a ser casi tan poderosa como el Estado mismo.

»Constituyen el cuantioso donativo el soberbio palacio donde moró Napoleón I cuando vino a poner sitio a Madrid en Diciembre de 1808, inmensos terrenos de labor y de monte en el término de Chamartín de la Rosa, donde ya se trata de formar una población suburbana, otro palacio en la Plaza de Leganitos esquina a la calle de los Reyes, las casas de la calle de Isabel la Católica y de la Flor Baja, fincas rústicas en la provincia de Guadalajara, una millonaria riqueza mobiliaria y muchos cuadros de mérito, entre los cuales había uno de Rubens, muy famoso, que los felices herederos vendieron a Rostchild en tres millones de reales.

-¿Pero esa señora -dijo Casianilla espantada- no tenía parientes a quien legar su riqueza?

-Sí que los tenía. A unos sobrinos, no sé si en segundo o tercer grado, les favoreció la Duquesa con piadosas mandas para que no les faltase un cocido. No hizo más la señora por la prisa que tenía en subir al cielo para recoger el galardón de su extremada santidad. Los ignacianos, caballeros y caritativos en este caso, determinaron educar gratuitamente a los hijos de la olvidada parentela, y a una sobrina de la santa testadora quieren casarla con un caballero chileno muy rico, para que todos queden contentos».

Despachado el batallón, y antes de emprenderla con el besugo, proseguí mi leccioncita con el siguiente paralelo histórico, que a mi parecer no carece de enjundia: «Recordarás, Casianilla de mis entretelas, que cuando comencé tu educación hice que te fijaras en las correrías de diferentes pueblos por el territorio de esta península. Bien enterada quedaste de la entrada de los fenicios, de los romanos, de los cartagineses, de los visigodos, y por fin, de los árabes. Luchó la primitiva raza española con tales pueblos, sin lograr impedir que ocuparan y explotaran una parte o el todo de nuestro suelo durante años, lustros o siglos. Determinan dichas ocupaciones las diferentes etapas o períodos históricos de España. Pues bien, el regalo que ha hecho la Duquesa de Pastrana a los caballeros de San Ignacio, marca el dominio de estos en el solar hesperio por un lapso de tiempo que nadie puede precisar. En la santísima dama linajuda y generosa tienes otro Midácrito, otro Asdrúbal, otro Sertorio, otro Ataúlfo, otro Tárik, y ella nos trae una nueva intrusión de gente, a la cual habrá que vencer y despedir como fueron vencidos y mandados a paseo los anteriores bárbaros.

»Presumo yo que los guerreros de la faja negra, traídos ahora por una dama, cuando se aseguren en el territorio recientemente adquirido, extenderán su dominio a todas las esferas y serán nuestros amos. Fortalecerán su poder educando a las generaciones nuevas, interviniendo la vida doméstica, y organizando sus ejércitos de damas necias y santurronas, paulatinamente dotadas con el armamento piadoso que les llevará a una fácil conquista. Preparémonos, ¡oh Casiana de mis pecados!, y pues sufrimos esclavitud, seamos cautos y comedidos con nuestros dominadores, hasta que llegue, si es que llega en vida nuestra, el momento de darles la zancadilla. Cuando salgamos de paseo y nos encontremos con un ignaciano, yo me quitaré el sombrero y tú darás una discreta cabezada en señal de aparente sumisión, rezongando para nuestro sayo: Adiós, Reverendo, vive y triunfa, que ya te llegará tu hora».



Cánovas de Benito Pérez Galdós

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII