Cánovas : 23

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Cánovas
Capítulo XXIII

de Benito Pérez Galdós



Mientras tomábamos café salieron presurosas las dos Efémeras, y una de ellas, en quien creí reconocer a la que me dio la pluma milagrosa en la plazuela de Santa Ana, dijo, tocándome en el codo: «Aprisita, que es tarde»... Al pasar las dos rapazuelas del bodegón a la calle, advertí que sus flotantes túnicas se trocaron de negras en verdes.

Reparadas las fuerzas con el sabroso condumio, Casiana y yo seguimos paseando. Nuestra lenta y maquinal andadura nos llevó por los Pozos de Nieve y la antigua Ronda de Santa Bárbara hasta encontrarnos, sin saber cómo ni por qué, en el Campo del Tío Mereje, lugar asoleado y polvoriento que en verano suele ser invadido por los jayanes que apalean alfombras, y en todo tiempo es academia donde maestros de tambor enseñan a los quintos el paso redoblado, el paso lento, y demás fililíes del sonoro parche guerrero.

Al llegar nosotros al ejido, que antaño debió de ser Eras de Madrid, vimos tan sólo unos hombres que machacaban cañas para tejer cañizos de cielo raso. Nos entreteníamos en contemplar aquella ruda faena cuando Casianilla, mirando al cielo, exclamó asustada: «¡Cristo bendito! ¿No ves el sin fin de aves que giran en el aire trazando círculos con aleteo y greguería infernal? Parece que bajan hacia nosotros. ¿Serán estas las brujas, que de día vienen a reconocer el lugar donde han de reunirse por la noche en juntas y concilios demoníacos?».

Alcé yo mis ojos al cielo y dije a mi amiga: «No son brujas, Casiana. Son las Efémeras, espíritus mensajeros de lo que en el mundo llamamos la Actualidad. Traen y llevan el suceso del día. Aquí se congregan sin duda para distribuirse el trabajo y ver a dónde transmiten sus raudas informaciones. No tengas miedo, que aunque algunas veces son portadoras de mentirijillas o falsedades inocentes, no hacen daño a los mortales, sino antes bien los entretienen y halagan. ¿Ves cómo abaten el vuelo, acercándose cada vez más a nosotros? Parece que quieren conversación. Has de saber, hija mía, que son muy traviesas y habladoras».

Gradualmente descendían las sílfides en su giro vertiginoso, y nos aturdían con aquel rumor, que no sé si era cháchara o graznido, bullanga de risas o estridentes exclamaciones de alegría burlesca. Con rápida inspiración pedí a los tejedores de cañizo que nos prestasen dos cañas, y pertrechados Casiana y yo con estas inocentes armas acometimos a cañazo limpio a las Efémeras, cuando ya pasaban rozando nuestras cabezas.

Por fin logré atrapar a una, cogiéndola por la túnica, y la traje al suelo. Era lindísima, sus mejillas coloradas echaban fuego, sus ojos luz, sus cabellos negros y rizados delataban las manos del viento juguetón.

«¿De dónde vienes tú? -le dije-. ¿Has visto entrar en España muchos frailes?

-Sí, señor don Tito -respondió ella con amable donosura-. Yo pertenezco al grupo Céfiro, y trabajo en la parte de los aires que ustedes llaman Noroeste. En Coruña vi entrar una partida de hombrachos vestidos de estameña y con unas correas llenas de nudos. Eran franciscanos. Llegaron en un vapor. Salieron a recibirles muchos señores beatos, y las damas pías les enviaron a su alojamiento jamones y tortas de dulce. Al día siguiente desembarcó otra caterva de frailes, con diferentes vestiduras, y marcharon a Santiago llamados por el Arzobispo, que les tenía dispuesto un hermosísimo convento. Mi hermana, que estaba en Vigo viéndoles venir, presenció el desembarco de un porción de gandules que dijeron ser de los de Santo Domingo. Al instante partieron para Pontevedra, donde ya les tenían apercibida casa cómoda y mesa bien provista de cuanto Dios crió».

Casiana logró atrapar otra ninfa, rubia como las espigas, de ojos azules, la cual, antes que la interrogaran, se arrancó con esta graciosa respuesta: «Yo soy del grupo Boreas, que vosotros decís Norte, y en la frontera de Irún he visto entrar una patulea sin fin de frailucos. Unos traían baberos blancos, melenitas que les tapaban las orejas y sombreros tricornios que parecían cosa de máscara. Dijeron que venían a España para poner escuelas y enseñar a los niños. ¡Bonitas cosas les enseñarán!... Luego entraron otros, vestidos de blanco y canelo, lucios y fornidos como mozos de cuerda. Parece que estos son carmelitas. Salieron a recibirles la mar de señoras aristocráticas y ricachonas, que les besaban los rosarios, popándoles y haciéndoles fiesta como si les hubieran conocido toda la vida. A ellos se les saltaban las lágrimas de contento, y miraban a todos lados en busca de alguna mesa donde pudieran matar el hambre atrasada que de Francia traían... ¡Pobre España: buena nube de langosta te ha caído!».

Sin necesidad de esgrimir nuestras cañas, otras Efémeras fueron bajando, alegres y decidoras. Una de ellas, de cabello castaño y ojos verdes, ondulante y saltarina, vestida de túnica roja, nos dijo: «Mi puesto de vigilancia está entre las regiones de Coecias y Apellotes, que es como decir Nordeste y Este. Vi entrar por el golfo de Rosas una barcada de dominicos, y otra de trinitarios, que fueron bien acogidos en la playa y marcharon a ponerse bajo la custodia de los obispos de Gerona y de Vich. Mis hermanas y yo presenciamos en Barcelona la llegada de una banda de capuchinos procerosos, bien cebados y con unas barbas hasta la cintura. Al pasar por la Rambla les arrearon una silba espantosa. Los frailes barbudos, azuzados por mujeres y chiquillos, tuvieron que buscar refugio en le iglesia del Pino, a donde acudió el Gobernador con policía para sacarlos de aquel trance y llevarles con mucho mimo al Palacio episcopal. El señor Prelado, después de tenerlos varios días en su casa a mesa y mantel, les alojó solícito en varios conventos de Cataluña».

Otra de las mensajeritas aéreas nos contó que en Tortosa dieron fondo unos benedictinos jacarandosos que, según se dijo, venían a montar en Tarragona fábricas de licores tan ricos y celebrados como los que en Francia elaboraban... Compadeció seguidamente una nueva Efémera de túnico negro recamado de oro, quien, después de declarar que venía de la región del Eurus (Sudoeste), nos informó de que en Cartagena habían penetrado mesnadas de agustinos-recoletos, los cuales tomaron al punto el caminito de Orihuela, donde el Obispo les tenía prevenido un holgado monasterio. Allí se instalaron todos los que en él cabían. Los demás recibieron albergue en el Seminario, hasta que se les habilitara definitiva vivienda en un convento de Alicante. Añadió la informadora que, tras de los agustinos-recoletos, llegó un nutrido cargamento de los frailecitos de babero y tricornio. Parte de estos quedaron en Cartagena, bajo la tutela y amparo de una junta de damas sumamente pías y rezadoras, y los otros tomaron el tren para irse a Murcia, pues allí les esperaban con los brazos abiertos individuos del Comité conservador y el Prelado de la diócesis.

Recorriendo el cuadrante hacia la región Notus, entiéndase Sur, otra ninfa de los aires, no menos graciosa que sus hermanas y muy bachillera, nos contó que por Almería había penetrado un buen golpe de monjas, llamadas descalzas aunque todas llevaban medias y zapatos. Venían afligidas del mareo y de la inanición. Pero al punto se las socorrió con cuanto pudieran necesitar. Con ellas desembarcaron unos frailucos mal trajeados, desnudos de pie y pierna, si que también muertos de hambre. Las esposas del Señor encontraron su nido y agasajo en la propia ciudad de Almería, y los frailachos se metieron tierra adentro a la querencia del Obispo de Guadix.

Con todo lo referido no es completa la información efemerídea. Yo la resumo y sintetizo, agregando otras noticias y datos que nos dieron las vagarosas hijas del viento. Por Sevilla hubo también inundación de religiosas clarisas; a Valencia llegaron trapenses y paúles; la frontera de Francia, por Navarra y la Seo de Urgel, dio paso a espesas caravanas de salesianos, premonstratenses, terciarios, redentoristas, adoratrices, trinitarias, capuchinas, ursulinas y otras muchas castas y familias del inmenso mundo monástico.

Cuando ya las aladas mensajeras comenzaban a remontarse de nuevo en los aires, apareció la Efémera mía, la de Tafalla, que en aquella ocasión me pareció capitana de todas ellas, la que al pisar el suelo tomaba apariencias marmóreas y formas del más puro helenismo.

«¿A dónde vais ahora? -le pregunté tembloroso.

Ella me contestó con suprema tranquilidad: «Vamos a llevar por todo el mundo las nuevas de esta plaga de insectos voraces que devastará tu tierra».

Y quitándole a Casianilla la caña que esta conservaba en sus manos, la figura estatuaria azuzó a las Efémeras rezagadas. Todas remontaron el vuelo en alegre remolino bullicioso.



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