Cánovas : 27

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Cánovas
Capítulo XXVII

de Benito Pérez Galdós



Viéndoles partir hacia la Plaza del Ángel, Casianilla, súbitamente alterada y colérica, me dijo: «Si estuviéramos en descampado les apedrearíamos. ¿No te parece?

-No, hija mía, no -repliqué yo, cogiéndole el brazo con que imitaba el manejo de la honda-. Modera tu arrebato bélico, que los tiempos son más de paciencia solapada que de fiereza impulsiva. Si apedreáramos, podría suceder que nuestros tiros no dieran en la cabeza del Reverendo, que bajo la capa de su finura exquisita esconde las intenciones de un grandísimo bellaco, y fuesen a descalabrar a la hermosa Celtíbera, persona ciertamente estimable y digna de respeto... Esta buena señora fue en sus días juveniles la corza ligera y elegante que a todos cautivaba; ahora es la oveja tarda y simplísima que no puede con el peso de sus lanas... No hemos de ver en las beaterías de Lucila un movimiento espontáneo de su ánimo, el cual, digan lo que quieran, aún conserva la independencia celtíbera. Sus concomitancias con lo que podríamos llamar el elemento jesuítico, son puro artilugio para ponerse a tono con la caterva elegante y santurrona que hoy rige los destinos de España. A tal comedia la mueve el amor de su hijo Vicente, y el anhelo de empujar al chico en su carrera política. Ya verás, ya verás cómo, auxiliada por los padres, las madres y las tías, consigue hacer Ministro a Vicentito, con Sagasta o con el demonio coronado... ¿Entiendes, Fabia, lo que voy diciendo?... No debemos acometer a nuestros enemigos con palo ni piedra. Esperemos a que tomen posiciones y nos manifiesten el poder de sus armas, y la eficacia de sus ingenios de guerra.

-Está muy bien, Tito mío -dijo Casiana agarrándose de mi brazo-. Y ahora decidamos si nos metemos en casa o nos vamos a visitar a la señora Condesa. Quiero ver la cara que pone doña Segismunda cuando se le diga que el grande hombre del siglo, don Antonio Cánovas, irá pronto a ofrecerle sus respetos y a darle las gracias por los librachos del tiempo de la Nanita.

-Yo también deseo contemplar el cariz de nuestra Medusa y su cabellera de serpientes -contesté-. Pero antes, si te parece, debemos personarnos en la Academia de la Historia, que está muy cerca como sabes. ¿Te olvidas de que hace unos días tengo allí mi asignación, y aún no he ido a cobrarla? Lo primero es lo primero, Casianilla. Vamos allá, vamos».

Minutos después estábamos en el ancho zaguán de la Academia. Mas no hallándose presente la señora portera, que según nos dijeron había subido al segundo piso llamada por el Bibliotecario para que le prestase servicios de cocina y despensa, aguardamos sentaditos en la modesta estancia conserjeril, donde pasamos el rato en vagos comentarios sobre nuestra situación económica, que no era en aquellos días muy despejada.

Llegó en esto el anciano portero, a quien yo con caprichosa travesura imaginativa daba el nombre de Tucídides, por su puesto en aquella Casa y por el trazo helénico de su rostro visto de perfil. Lamentose el buen hombre de la ausencia de su esposa, secuestrada por las impertinencias del señor Bibliotecario, hombre excelente, pero un tanto enfadoso. Diciéndolo, puso en mis manos el pliego de mi Madre... ¡Ay! Fue cual onda luminosa que súbitamente disipó las tinieblas de mi espíritu.

Retirose Tucídides, que tenía precisión de arreglar la Sala de Juntas para la tenida de aquella noche, y nos dejó en la portería indicándonos que estábamos en nuestra casa y podríamos permanecer allí todo el tiempo que quisiéramos. Solitos Casiana y yo, abrimos el pliego y... ¡Oh inefable sorpresa y alegría! La Musa excelsa me mandaba doble suma de la presupuesta para cada mensualidad.



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