Cañas y Barro: 105

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Enmudecía Sangonera por miedo a la mano de su protector, pero su fe se escandalizaba, rebelándose en silencio contra las vulgares explicaciones de Tonet... ¡Volvería a verle! Tenía la certeza de oír de nuevo su lenguaje dulce y extraño, de sentir en su frente la mano helada, de ver su sonrisa suave. Únicamente le entristecía la posibilidad de que el encuentro se repitiera al terminar la tarde, cuando él hubiese apagado muchas veces su sed y viera paralizadas las piernas.

Así pasaban el invierno los dos compañeros: Sangonera acariciando las más extravagantes esperanzas; Tonet pensando en Neleta, a la que no veta nunca, pues el joven, en sus raros viajes al Palmar, se detenía en la plaza de la Iglesia, no osando aproximarse a la casa de Cañamel.

Esta ausencia, prolongándose meses y meses, hacía crecer en su memoria el recuerdo de la pasada felicidad, agrandándola con engañosa desproporción. La imagen de Neleta llenaba sus ojos. La veía en la selva, donde se perdieron de niños; en el lago, donde se entregaron rodeados del dulce misterio de la noche. No podía moverse en el círculo de agua y fango donde se desarrollaba su vida, sin tropezar con algo que se la recordase. Aguijoneado por la abstinencia y enardecido por el vigor de su vida errante, dormía Tonet muchas noches con sueño agitado, y Sangonera le oía llamar a Neleta con el rugido del macho inquieto.

Un día, Tonet, arrastrado por esta pasión que le enloquecía, sintió la necesidad de verla. Cañamel, cada vez más enfermo, había ido a la ciudad.

El Cubano entró resueltamente en la taberna a mediodía, cuando todos los parroquianos estaban en sus casas y podía encontrar a Veleta sola tras el mostrador.

La tabernera, al verle en la puerta, dio un grito, como si se presentara un resucitado. Un relámpago de alegría pasó por sus ojos; pero inmediatamente se entenebrecieron, como si la razón reapareciese en ella y bajó la cabeza con gesto huraño e inabordable.

-¡Vés-te’n, vés-te’n...! -murmuró-. És que vols perdre’m?

¡Perderla él...! Y esta suposición le causó tal pena, que no osó protestar. Instintivamente retrocedió, y por pronto que quiso arrepentirse de su debilidad, ya estaba en la plaza, lejos de la taberna.

No intentó volver. Cuando pensaba ir a ella, a impulsos de su contenida pasión, bastaba el recuerdo de aquel gesto para que inmediatamente le dominara una gran frialdad. Todo estaba acabado entre los dos.


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