Cañas y Barro: 106

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Cañamel, de quien se burlaba en otro tiempo, era un obstáculo insuperable. El odio que sentía hacia el marido le hacía ir en busca de su abuelo, creyendo que cuanto realizara contra éste era en perjuicio del esposo de Neleta. ¡Dinero!, ¡quería dinero! ¡Se enriquecían con la Sequiota, y a él, que era el amo, lo olvidaban! Estas demandas producían entre abuelo y nieto discusiones y enfados, que milagrosamente no acababan a golpes en la orilla del canal. Los barqueros viejos se asombraban ante la paciencia que mostraba el tío Paloma para convencer a su nieto. El año era malo; la Sequiota no daba el resultado que esperaban; además, Cañamel estaba enfermo y se mostraba intratable. El mismo tío Paloma deseaba en ciertos momentos que acabase el año y viniera nuevo sorteo, para enviar al diablo un negocio que tantos disgustos le proporcionaba. Su antiguo sistema era el bueno: que cada uno pescase para él; ¡compañías, ni con la mujer...!

Cuando Tonet conseguía arrancar algunos duros a su abuelo, silbaba alegremente a Sangoñera, y de taberna en taberna iban hasta Valencia, pasando varios días de crápula en los bodegones de los arrabales, hasta que la ligereza de los bolsillos les obligaba a volver a la Albufera.

En las conversaciones con su abuelo se había enterado de la enfermedad de Cañamel. En el Palmar no se hablaba de otra cosa, por ser el tabernero la primera persona del pueblo, ya que casi todos, en los momentos de apuro, solicitaban sus favores. Cañamel se agravaba en sus dolencias: no era aprensión, como todos creían al principio. Su salud estaba quebrantada; pero al verle cada vez más grueso, más hinchado, desbordando grasa, la gente declaraba con gravedad que iba a morir de exceso de salud y buena vida.

Cada vez se quejaba más, sin poder precisar dónde estaba su mal. El reuma traidor, producto de aquella tierra pantanosa, ayudado por una vida de inmovilidad, se paseaba por su corpachón, jugando al escondite, perseguido por las cataplasmas y los remedios caseros, que nunca podían alcanzarle en su loca carrera. El tabernero se quejaba por la mañana de la cabeza y a la tarde del vientre o de la hinchazón de las extremidades. Las noches eran terribles, y más de una vez saltaba del lecho y abría la ventana en pleno invierno, afirmando que se ahogaba en la habitación, no encontrando en ella aire para sus pulmones.

Hubo un momento en que creyó haber desenmascarado su enfermedad.

¡Ya la tenia! ¡Y conocía el nombre de la pícara! Cuando comía mucho, era mayor la dificultad en la respiración y sentía violentas náuseas. Su enfermedad estaba en el estómago. Y comenzó a medicinarse, reconociendo que el tío Paloma era un sabio. Lo que él tenla era exceso de comodidades, como decía el barquero; la enfermedad de comer demasiado y beber bien. La abundancia era su enemigo.

La Samaruca, su terrible cuñada, se había aproximado a él desde que expulsó a Tonet de la taberna. Al fin, como afirmaba ella con fiereza de arpía, su cuñado habla tenido vergüenza una vez.


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