Cañas y Barro: 108

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Volvían a la Albufera animados por repentina energía después de oír a los médicos. Él estaba dispuesto a todo: quería agitarse, para echar lejos aquella grasa que envolvía su cuerpo, abrumando sus pulmones; iría a los baños que le recomendaban; obedecería a Neleta, que sabía más que él y asombraba con su desparpajo a aquellos señores tan graves. Pero apenas entraba en la taberna, toda su voluntad se desplomaba; se sentía agarrarlo por la voluptuosidad de la inercia, no atreviéndose a mover un brazo más que a costa de quejidos y supremos esfuerzos. Pasaba los días junto a la chimenea, mirando el fuego con la cabeza vacía, bebiendo copas a instancias de los amigos. ¡Por una más no iba a morir! Y si Neleta le miraba severamente, riñéndole como a un niño, el hombretón se excusaba con humildad. Él no podía despreciar a los parroquianos; había que atenderlos; el negocio era antes que la salud.

En este desaliento, con la voluntad muerta y el cuerpo agarrotado por el dolor, su instinto carnal parecía crecer, aguzándose de tal modo, que le atormentaba a todas horas con pinchazos de fuego. Experimentaba cierto alivio buscando a Neleta. Era un latigazo que conmovía su ser y tras el cual los nervios parecían calmarse. Ella le reñía. ¡Se estaba matando! ¡Debía recordar los consejos de los médicos! Pero el tío Paco excusábase lo mismo que al beber una copa. ¡Por una vez más no iba a morir! Y ella cedía con resignación, brillando en sus ojos de gata una chispa de maligno misterio, como si en el fondo de su ser sintiera un goce extraño por este amor de enfermo que aceleraba el fin de una vida. Cañamel gemía, dominado por el carnal instinto. Era su única diversión, su constante pensamiento en medio de la dolorosa inmovilidad del reuma. Por la noche se ahogaba al tenderse en el lecho: tenía que esperar el amanecer sentado en un sillón de cuerda junto a la ventana, con doloroso resuello de asmático. De día sentíase mejor, y cuando se cansaba de tostar sus piernas ante el fuego, entrábase con paso vacilante en las habitaciones interiores.

-¡Neleta...! ¡Neleta! -gritaba con voz ansiosa, en la que su mujer adivinaba una súplica.

Y Neleta iba allá con gesto resignado, abandonando el mostrador a su tía, permaneciendo oculta más de una hora, mientras sonreían los parroquianos, enterados de todo por su vida casi en común con los taberneros.

El tío Paloma, que así como se aproximaba el término de la explotación del redolí era menos respetuoso con su consocio, decía que Cañamel y su mujer se perseguían en la taberna como los perros en plena calle.

La Samaruca afirmaba que estaban asesinando a su cuñado. La tal Neleta era una criminal y su tía una bruja. Entre las dos habían dado algo al tío Paco que le trastornaba el juicio: tal vez los «polvos seguidores» que sabían fabricar ciertas mujeres para vencer el desvío de los hombres.

Así andaba el pobre, rabioso tras ella, sin apagar nunca su sed, perdiendo cada día un nuevo jirón de salud. ¡Y no había justicia en la tierra para castigar este crimen...!


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