Cañas y Barro: 109

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


El estado del tío Paco justificaba las murmuraciones. Los parroquianos le veían inmóvil junto al hogar, aun en pleno verano, buscando el fuego en el que hervían las paellas. Las moscas revoloteaban junto a su cara, sin que mostrase voluntad para espantarlas. En los días de sol se envolvía en la manta, gimiendo como un niño, quejándose del frío que le producían los dolores. Sus labios tomaban un color azulado; las mejillas, flácidas y abultadas, tenían la palidez amarillenta de la cera, y los ojos saltones estaban rodeados de una aureola negra, en la que parecían hundirse. Era un fantasma enorme, grasiento y temblón que entristecía con su presencia a los parroquianos. El tío Paloma, que había terminado con Cañamel el negocio del redolf, no iba por la taberna. Aseguraba que el vino le parecía menos gustoso mirando aquel fardo de dolores y gemidos. Como el viejo tenía ahora dinero, frecuentaba una tabernilla adonde le habían seguido sus amigos, y la concurrencia de casa Cañamel sufrió gran disminución.

Neleta aconsejaba a su marido que fuese a los baños que recomendaban los médicos. Su tía le acompañaría.

-Més avant -respondía el enfermo-. Después..., después.

Y seguía inmóvil en la silleta de esparto, sin voluntad para separarse de la mujer y de aquel rincón, al que parecía agarrada su existencia.

Los tobillos comenzaron a hinchársele, tomando monstruosas dimensiones.

Neleta esperaba esto. Era la hinchazón de los... maleolos (eso es, recordaba bien el nombre) que le había anunciado un médico en su último viaje a Valencia.

Esta manifestación de la enfermedad sacó a Cañamel de su sopor. Ya sabía él lo que era aquello: la humedad maldita del Palmar que se le metía por los pies al permanecer quieto. Y obedeció a Neleta, que le ordenaba trasladarse a otro terreno. En Ruzafa tenían, como todos los ricos del Palmar, su casita alquilada para casos de enfermedad. Allí podría valerse de los médicos y las farmacias de Valencia. Cañamel emprendió el viaje, acompañado de la tía de su mujer, y estuvo ausente unos quince días. Pero apenas la hinchazón decreció un poco, el tío Paco quiso volver, afirmando que ya estaba bueno. No podía vivir sin su Neleta. En Ruzafa sentía el frío de la muerte cuando, al llamar a su esposa, se presentaba la tía, con su cara arrugada y hocicuda de anguila vieja.

Volvió a reanudar los antiguos hábitos, sonando en la taberna el débil quejido de Cañamel como un continuo lamento.

A principios del otoño tuvo que volver a Ruzafa en peor estado. La hinchazón comenzaba a extenderse pot sus piernas enormes, desfiguradas por el reuma, verdaderas patas de elefante, que arrastraba con dificultad, apoyándose en el más cercano y lanzando un quejido al colocar el pie en el suelo.


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