Cañas y Barro: 116

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Por esto acogió con indignación las tímidas proposiciones que le hizo por la noche Tonet en el silencio del piso alto de la taberna.

Al Cubano le pesaba esta vida de huidas y ocultaciones. Deseaba ser dueño legal de la taberna; deslumbrar a todo el pueblo con su nueva posición, hombrearse con las gentes que le habían despreciado. Además y esto lo ocultaba cuidadosamente-, siendo marido de Neleta le pesaría menos el carácter dominador de ésta, su despotismo de mujer rica que puede poner al amante en la puerta y abusa de la situación. Ya que le quería, ¿por qué no se casaban?

Pero en la oscuridad de la alcoba, al decir esto Tonet, sonaban los jergones de maíz del lecho con los movimientos impacientes de Neleta. Su voz tenía la ronquera de la rabia... ¿Él también...? No, hijo; sabía lo que necesitaba hacer, y no pedía consejos. Bien estaban así. ¿Le faltaba algo?, ¿no disponía de todo como si fuera el dueño? ¿Para qué darse el gusto de que los casase don Miguel, y después, tras la ceremonia, abandonar la mitad de su fortuna en las manos puercas de la Samaruca?

¡Antes se dejaría cortar un brazo que amputar su herencia! Además, ella conocía el mundo; salía algunas veces del lago, iba a la ciudad, donde los señores admiraban su desparpajo, y no se le ocultaba que lo que en el Palmar aparecía como una fortuna, fuera de la Albufera no llegaba a una decorosa miseria. Tenía sus pretensiones de ambiciosa. No siempre había de estar llenando copas y tratando con beodos; quería acabar sus días en Valencia, en un piso, como una señora que vive de sus rentas.

Prestaría el dinero mejor que Cañamel; se ingeniaría para que su fortuna se reprodujese con incesante fecundidad, y cuando fuese rica de veras, tal vez se decidiera a transigir con la Samaruca, entregándola lo que ella miraría entonces como una miseria. Cuando esto llegase, podía hablarla de casamiento, si seguía portándose bien y obedeciéndola sin disgustos. Pero en el presente no, recordons; nada de casorios ni de dar dinero a nadie; ¡primero se dejaba abrir por el vientre como una tenca!

Y era tanta su energía al expresarse de esta manera, que Tonet no osaba replicar. Además, aquel mozo que pretendía imponerse por su valor a todo el pueblo sentíase dominado por Neleta y la tenía miedo, adivinando que no estaba tan seguro de su afecto como creyó al principio.

No era que Neleta se cansase de aquellos amores. Le quería, pero su riqueza la daba sobre él una gran superioridad. Además, la mutua posesión durante las noches interminables del invierno, en la taberna cerrada y sin correr riesgo alguno, había amortiguado en ella la excitación del peligro, la temblorosa voluptuosidad que la dominaba en tiempos de Cañamel al besarse tras las puertas o tener sus citas rápidas en los alrededores del Palmar, siempre expuestos a una sorpresa.


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