Cañas y Barro: 118

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Tonet, muchas noches sorprendía en el cuerpo de Neleta emplastos hediondos, a los que la tabernera concedía la mayor fe: cataplasmas de hierbas silvestres, que daban a sus veladas de amor un ambiente de brujería.

Pero todos los remedios demostraban su ineficacia con el curso del tiempo. Pasaban los meses y Neleta se convencía con gran desesperación de la inutilidad de sus esfuerzos.

Como decía la tía, aquel ser oculto estaba bien «agarrado», y en vano luchaba Neleta por anularlo dentro de sus entrañas.

Las entrevistas de los amantes durante la noche eran borrascosas.

Parecía que Cañamel se vengaba, resucitando entre los dos, para empujarlos el uno contra el otro.

Neleta lloraba de desesperación, acusando a Tonet de su desgracia. Él era el culpable; por él veía comprometido su porvenir. Y cuando, con la nerviosidad de su estado, se cansaba de insultar al Cubano, fijaba sus ojos iracundos en el vientre, que, libre de la opresión a que estaba sometido durante el día para burlar la curiosidad de los extraños, parecía crecer cada noche con monstruosa hinchazón. Neleta odiaba con furor salvaje el ser oculto que se movía en sus entrañas, y con el puño cerrado se golpeaba bestialmente, como si quisiera aplastarlo dentro de la cálida envoltura.

Tonet también lo odiaba, viendo en él una amenaza. Contagiado por la codicia de Neleta, pensaba con terror en la pérdida de una parte de aquella herencia que consideraba como suya.

Todos los remedios de que había oído hablar confusamente en las libres conversaciones entre barqueros los aconsejaba a su amante. Eran pruebas brutales, atentados contra la naturaleza que ponían los pelos de punta, o remedios ridículos que hacían sonreír; pero la salud de Veleta se burlaba de todo. Aquel cuerpo, en apariencia delicado; era fuerte y sólido y seguía en silencio cumpliendo la más augusta función de la naturaleza, sin que los malvados deseos pudieran torcer ni retardar la santa obra de la fecundidad.

Pasaban los meses. Neleta tenía que hacer grandes esfuerzos, sufrir inmensas molestias para ocultar su estado a todo el pueblo. Se apretaba el corsé por las mañanas de un modo cruel, que hacía estremecer a Tonet. Muchas veces le faltaban las fuerzas para contener el desbordamiento de la maternidad.


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