Cañas y Barro: 119

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


-Tira..., tira! -decía ofreciendo al amante los cordones de su corsé con un gesto fiero, apretando los labios para contener los suspiros de dolor.

Y Tonet tiraba, sintiendo en la frente un sudor frío, estremeciéndose de la voluntad que demostraba aquella mujercita, rugiendo sordamente y tragándose las lágrimas de su angustia.

Se pintaba el rostro y echaba mano de toda la perfumería barata para mostrarse en la taberna fresca, tranquila y hermosa como siempre, sin que nadie pudiese leerle en el rostro los síntomas de su estado. La Samaruca, que husmeaba como un perdiguero en torno de la casa, presentía algo anormal al lanzar sus rápidas miradas pasando por la puerta.

Las demás mujeres, con la experiencia de su sexo, adivinaban lo que ocurría a la tabernera.

Un ambiente de sospecha y de vigilancia parecía formarse en torno de Neleta. Se murmuraba mucho en las puertas de las barracas. La Samaruca y los parientes disputaban con las mujeres que no querían aceptar sus afirmaciones. Las comadres chismosas, en vez de enviar a sus pequeños a la taberna por vino o aceite, iban en persona a plantarse ante el mostrador, buscando varios pretextos que la tabernera se levantase de la silla, que se moviera para servirlas, mientras ellas la seguían con mirada voraz, apreciando las líneas de su talle agarrotado.

-Sí que està -decían unas con aire de triunfo al avistarse con las vecinas.

-No està -gritaban otras-. Tot són mentires.

Y Neleta, que adivinaba la causa de tantas idas y venidas, acogía con sonrisa burlona a las curiosas... ¡Tanto bueno por aquí! ¿Qué mosca les había picado, que no podían pasar sin verla...? ¡Parecía que en su casa se ganaba un jubileo...!

Pero esta alegría insolente, la audacia con que provocaba la curiosidad de las comadres, evaporábase por la noche, después de una jornada de sufrimientos asfixiantes y de forzada serenidad. Al despojarse de la coraza de ballenas caía repentinamente su valor, como el del soldado que se ha excedido en un empeño heroico y no puede más. El desaliento se apoderaba de ella, al mismo tiempo que las hinchadas entrañas se esparcían libres de opresión. Pensaba con terror en el suplicio que había de sufrir al día siguiente para ocultar su estado.

No podía más. Ella, tan fuerte, lo declaraba a Tonet en el silencio de unas noches que ya no eran de amor, sino de zozobra y dolorosas confidencias.

¡Maldita salud! ¡Como envidiaba ella a las mujeres enfermizas en cuyas entrañas jamás germina la vida...!


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