Cañas y Barro: 122

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Nada de llevar la criatura a un pueblo inmediato a la Albufera, buscando una mujer fiel que lo criase. Había que temer las indiscreciones de la nodriza, la astucia de los enemigos y hasta la falta de prudencia de ellos, que, como padres, tomarían afecto al pequeñuelo, acabando por descubrirse. Neleta razonaba con una frialdad aterradora, mirando los sacos de arroz amontonados en su dormitorio. Tampoco habla que pensar en ocultarlo en Valencia. La Samaruca, una vez sobre la pista, buscaría la verdad en el mismo infierno.

Neleta clavaba en el amante sus ojos verdes, que parecían extraviados por la angustia del dolor y el peligro de la situación. Había que abandonar al recién nacido, fuese como fuese. Debía tener ánimo. En los peligros se muestran los hombres. Lo llevaría por la noche a la ciudad, lo abandonaría en una calle, a la puerta de una iglesia, en cualquier sitio: Valencia es grande... ¡y adivina quiénes fueron los padres!

La dura mujer, después de proponer el crimen, intentaba encontrar excusas a su maldad. Tal vez sería una suerte para el pequeño este abandono. Si moría, mejor para él; y si se salvaba, ¡quién sabe en qué manos podía caer! Quizás le esperase la riqueza: historias más asombrosas se habían conocido. Y recordaba los cuentos de la niñez, con sus hijos de reyes abandonados en una selva, o sus bastardos de pastores, que en vez de ser comidos por los lobos, llegan a poderosos personajes.

Tonet la oía aterrado. Intentó resistirse, pero la mirada de Neleta impuso cierto miedo a su voluntad siempre débil. Además, también él se sentía mordido por la codicia: todo lo de Neleta lo consideraba como suyo, y se indignaba ante la idea de partir con los enemigos la herencia de la amante. Su indecisión le hacía cerrar los ojos, confiando en el porvenir.

La cosa no era para desesperarse; ya vería de arreglarlo todo. Tal vez su buena suerte vendría a resolver el conflicto a última hora. Y gozaba de una tranquilidad momentánea, dejando transcurrir el tiempo sin pensar en las criminales proposiciones de Neleta.

Estaba unido a ella para siempre: constituía toda su familia. La taberna era ya su único hogar. Había roto con su padre, que, enterado por las murmuraciones del pueblo de su vida marital con la tabernera, y viendo que transcurrían las semanas y los meses sin que el hijo durmiese una sola noche en la barraca, tuvo con éste una entrevista rápida y dolorosa.

Lo que hacía Tonet era deshonroso para los Palomas. Él no podía tolerar que se llamara hijo suyo un hombre que vivía públicamente a expensas de una mujer que no era su esposa. Ya que quería vivir en el deshonor, alejado de su familia y sin prestarla auxilio... ¡como si no se conocieran!

Se quedaba sin padre: únicamente podría encontrarlo otra vez cuando recobrase su honra. Y el tío Toni, después de esta explicación, continuó con el fiel auxilio de la Borda el enterramiento de sus campos.

Ahora que la gran empresa tocaba a su fin, se sentía desalentado; preguntábase con tristeza quién había de agradacerle tantas fatigas, y únicamente por su tenacidad de trabajador siguió adelante en el empeño.


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