Cañas y Barro: 125

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


La escopeta parecía igualar a los cazadores. Tratábanse con la fraternidad de compañeros de armas, animándose al pensar en la fiesta del día siguiente; y hablaban de la pólvora inglesa, de las escopetas belgas, de la excelencia de las armas de fuego central, estremeciéndose con fiera voluptuosidad de árabes, como si en sus palabras aspirasen ya el humo de los disparos. Los perros, enormes y silenciosos, con la viva mirada del instinto, iban de grupo en grupo oliendo las manos de los cazadores hasta quedar inmóviles al lado del amo. En todas las barracas convertidas en posadas, guisaban la cena las mujeres con la actividad propia de unas fiestas que ayudaban a vivir gran parte del año.

Tonet vio la casa llamada de los Infantes, un piso bajo de piedra, con alta montera de tejas rasgada por varias lucernas: un caserón del siglo XVIII, que se desmoronaba lentamente desde que los cazadores de sangre real no venían a la Albufera, y que en la actualidad estaba ocupado por una taberna. Enfrente estaba la casa de la Demanà, edificio de dos pisos, que parecía gigantesco entre las barracas, mostrando en sus desconchadas paredes varias rejas curvas y sobre el tejado un esquilón para llamar a los cazadores al reparto de los puestos.

Tonet entró en esta casa, echando una mirada a la sala del piso bajo, donde se verificaba la ceremonia. Un enorme farol despedía turbia luz sobre la mesa y los sillones de los arrendatarios de la Albufera. El estrado se aislaba del resto de la pieza con una barandilla de hierro.

El tío Paloma estaba allí, en su calidad de barquero venerable, bromeando con los cazadores famosos, fanáticos del lago a los que conocía medio siglo. Eran la aristocracia de la escopeta. Los había ricos y pobres: unos eran grandes propietarios y otros carniceros de la ciudad o labradores modestos de los pueblos inmediatos. No se veían ni se buscaban en el resto del año, pero al encontrarse en la Albufera todos los sábados, en las pequeñas tiradas, o al juntarse en las grandes, se aproximaban con cariño de hermanos, se ofrecían el tabaco, se prestaban los cartuchos y se oían mutuamente, sin pestañear, los estupendos relatos de cacerías portentosas verificadas en los montes durante el verano. La comunidad de gustos y la mentira los unían fraternalmente. Casi todos ellos llevaban visibles en su cuerpo los riesgos de esta afición que dominaba su vida. Unos, al mover sus manos con la fiebre del relato, mostraban los dedos amputados por la explosión de la escopeta; otros tenían surcadas las mejillas por la cicatriz de un fogonazo. Los más viejos, los veteranos, arrastraban el reuma como consecuencia de una juventud pasada a la intemperie; pero en las grandes tiradas no podían permanecer quietos en sus casas, y venían, a pesar de sus dolencias, a lamentarse de la torpeza de los cazadores nuevos.


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