Cañas y Barro: 128

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


E inmediatamente el que tenía dicho número lanzaba el nombre que llevaba pensado. «La mata del Siñor..» «La barca podrida...» «El racó de l’Antina.» Así iban sonando los sitios de la caprichosa geografía de la Albufera; lugares bautizados al gusto de los barqueros; títulos muchos de ellos que no podían repetirse sin rubor ante mujeres o que revolvían el estómago al nombrarse en la mesa, a pesar de lo cual sonaban en este acto con solemnidad, sin producir la más ligera sonrisa.

El segundo guarda, que tenía una voz de clarín, al oír la designación hecha por los barqueros erguía la cabeza, y con los ojos cerrados y las manos en la verja, decía a todo pulmón, con un grito desgarrador que se extendía en el silencio de la noche:

-El tres va a la mata del Siñor.. El quatre va al racó de San Roc.. El cinca la ca... del barber.

Duró cerca de una hora la designación de los puestos; y m¡entras los cantaban los guardas con lentitud, un muchachuelo los inscribía en un gran libro sobre la mesa.

Terminada la designación se extendían las licencias de caza ambulantes para la gente menuda: unos permisos que sólo costaban dos duros y con los cuales podían ir los labradores en sus barquitos por toda la Albufera, a cierta distancia de los puestos, rematando los pájaros que escapaban del escopetazo de los ricos.

Los grandes cazadores se despedían estrechándose las manos. Unos querían dormir en el Saler, con el propósito de ir a su puesto cuando rompiese el día; otros, más fogosos, partían inmediatamente para el lago queriendo vigilar por sí mismos la instalación del enorme tanque dentro del cual habían de pasar la jornada. «Vaja...! bona sort i divertir-se!» Y cada uno llamaba a su barquero para convencerse de que nada faltaba en los preparativos.

Tonet ya no estaba en el Saler. En el silencio del acto de la demanà le había acometido una angustia grande. Tenía ante sus ojos la imagen dolorida de Neleta retorciéndose con los sufrimientos, sola allá en el Palmar, caída en el suelo, sin encontrar quien la consolase, amenazada por la vigencia de los enemigos.

No pudo resistir su pena y salió de la casa de la Demanà dispuesto a volver inmediatamente al Palmar, aunque esto le costase reñir con su abuelo. Cerca de la casa de los Infantes, donde estaba la taberna, oyó que le llamaban. Era Sangonera. Tenía hambre y sed; había rondado las mesas de los cazadores ricos sin alcanzar la más insignificante piltrafa; todo se lo comían los barqueros.

Tonet pensó en ser sustituido por el vagabundo; pero el hijo del lago se extrañó de que le propusieran tripular una barca más aún que si el vicario del Palmar le invitase a pronunciar la plática del domingo. Él no servía para eso; además, no le gustaba perchar para nadie. Ya conocía su pensamiento: el trabajo era cosa del demonio.


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