Cañas y Barro: 135

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo IX
Pág. 135 de 158
Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


El día comenzó con grandes contrariedades para el cazador confiado a la pericia de Sangonera.

Antes de amanecer, al clavar el puesto, el prudente burgués tuvo que implorar el auxilio de algunos barqueros, que rieron mucho viendo el nuevo oficio del vagabundo.

Con la presteza de la costumbre, clavaron tres estacas en el fondo fangoso de la Albufera y colocaron, apoyado en ellas, el enorme tanque que habla de servir de refugio al cazador. Después rodearon de cañas el puesto, para engañar a las aves y que se acercaran confiadas, creyendo que era un pedazo de carrizal en medio del agua. Para ayudar a este engaño, en torno del puesto flotaban los bots: unas cuantas docenas de patos y fúlicas esculpidos en corcho, que, con las ondulaciones del lago, movíanse a flor de agua. De lejos causaban la impresión de una manada de pájaros nadando tranquilamente cerca de las cañas.

Sangonera, satisfecho de haberse librado de todo trabajo, invitó al amo a ocupar el puesto. Él se alejaría en el barquito a cierta distancia para no espantar la caza, y cuando llevase muertas varias fálicas, no tenía más que gritar, e iría a recogerlas sobre el agua.

-Vaja...!, bona sort, don Joaquín!

El vagabundo hablaba con tanta humildad y mostraba tales deseos de ser útil, que el bondadoso cazador sintió desvanecerse su enfado por las torpezas anteriores. Estaba bien; él le llamaría tan pronto como tumbase un pájaro. Para no aburrirse durante la espera, podía ir dando alguna mojada en los guisos de sus provisiones. La señora le había pertrechado con tanta abundancia como si fuese a dar la vuelta al mundo.

Y señalaba tres enormes pucheros cuidadosamente tapados, a más de abundantes panes, una cesta de fruta y una gran bota de vino. El hocico de Saneonera tembló de emoción viendo confiado a su prudencia aquel tesoro que venía tentándole en la proa desde la noche anterior. No le había engañado Tonet al hablar de lo bien que se trataba el parroquiano.

¡Gracias, don Joaquín! Ya que era tan bueno y lo invitaba a mojar, se permitiría alguna ligera sucaeta, para entretener el tiempo.

Una mojadita nada más.

Y alejándose del puesto, se situó al alcance de la voz del cazador, encogiéndose después en el fondo del barquito.

Habla amanecido y los escopetazos sonaban en toda la Albufera, agrandados por el eco del lago. Apenas si se veían sobre el cielo gris las bandas de pájaros, que levantaban el vuelo espantados por el estruendo de las descargas. Bastaba que en su veloz aleteo descendiesen un poco, buscando el agua, para que inmediatamente una nube de plomo cayese sobre ellos.


<<<
>>>