Cañas y Barro: 138

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Después de avisar al cazador por dónde venían las aves, sentíase fatigado de tanto trabajo y daba un fuerte tentón a la bota de vino, reanudando el mudo diálogo con el puchero.

Llevaba el amo derribadas unas tres fochas, cuando Sangonera dejó a un lado el perol casi vacío. En el fondo, adheridas a las paredes de barro, quedaban unas cuantas hilachas. El vagabundo sintió el llamamiento de su conciencia. ¿Qué iba a quedar para el amo si se lo comía todo? Debía contentarse con una mojadita nada más. Y guardando el puchero bajo la proa cuidadosamente tapado, su curiosidad le impulsó a abrir el segundo.

-¡Redéu, qué sorpresa! Lomo de cerdo, longanizas, embutido del mejor; todo frío, pero con un tufillo de grasa que conmovió al vagabundo.

¡Cuánto tiempo que su estómago, habituado a la carne blanca e insípida de las anguilas, no había sentido el peso de las cosas buenas que se fabrican tierra adentro...! Sangonera se reprochó como una falta de respeto al amo despreciar el segundo puchero. Sería tanto como manifestar que él, hambriento vagabundo, no se enternecía ante las buenas cosas que guisaban en casa de don Joaquín. Por una mojada más o menos no iba a enfadarse el cazador.

Y otra vez volvió a acomodarse en el fondo de la barca, con las piernas cruzadas y el puchero entre ellas. Sangonera se estremecía voluptuosamente al tragar los bocados; cerraba los ojos para apreciar mejor su lento descenso al estómago. ¡Qué día, Señor, qué gran día...! Parecíale que mascaba por primera vez en toda la mañana. Ahora miraba con desprecio el primer puchero, metido bajo la proa. Aquel guiso era bueno como entretenimiento, para engañar el estómago y divertir las mandíbulas. Lo bueno era esto: las morcillas, la longaniza, el lomo apetitoso que se deshacía entre los dientes, dejando tal sabor, que la boca buscaba otro pedazo, y otro después, sin tener nunca bastante.

Al ver la facilidad con que se vaciaba el segundo puchero, Sangonera sentía afán por servir al amo, cumpliendo minuciosamente sus obligaciones; y siempre con las mandíbulas ocupadas, miraba a todos lados, lanzando unos gritos que parecían mugidos:

-Per la part del Saler..! Per la part del Palmar!

Para que no se formase un tapón en su garganta, apenas si dejaba quieta la bota. Bebía y bebía de aquel vino, mucho mejor que el de Neleta; y el rojo líquido parecía excitar su apetito, abriendo nuevas simas en el estómago sin fondo. Sus ojos brillaban con el fuego de una embriaguez feliz; su cara, en fuerza de colorearse, tomaba un tinte violáceo, y los eructos ruidosos le conmovían de pies a cabeza. Con sonrisa placentera se golpeaba el hinchado vientre.

-Eh! Què tal? Com va això? -preguntaba a su estómago, como si fuese un amigo, dándole palmadas.


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