Cañas y Barro: 146

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Sólo entraban en la barraca algunas viejas animosas que se dedicaban por abnegación a mortajar a todos los que morían en el pueblo. En la choza era insoportable el hedor. La gente hablaba con misterio y asombro de la agonía de Sangonera. Desde el día anterior no eran alimentos lo que arrojaba su boca: era algo peor; y las vecinas, apretándose las narices, se lo imaginaban tendido en la paja, rodeado de inmundicias.

Murió al tercer día de enfermedad, con el vientre hinchado, la cara crispada, las manos contraídas por el sufrimiento y la boca dilatada de oreja a oreja por las últimas convulsiones.

Las mujeres más ricas del Palmar, que frecuentaban el presbiterio, sentían tierna conmiseración por aquel infeliz que se había reconciliado con el Señor después de una vida de perro. Quisieron que emprendiese dignamente el último viaje, y marcharon a Valencia para los preparativos del entierro, gastando una cantidad que jamás había visto Sangonera en vida.

Lo vistieron con un hábito religioso, dentro de un ataúd blanco con galones de plata, y el vecindario desfiló ante el cadáver del vagabundo. Sus antiguos compañeros se frotaban los ojos enrojecidos por el alcohol, conteniendo la risa que les causaba ver a su amigote tan limpio, en una caja de soltero y vestido de fraile. Hasta su muerte parecía cosa de broma. ¡Adiós, Sangonera...! ¡Ya no se vaciarían los mornells antes de la llegada de sus dueños; ya no se adornaría con las flores de los ribazos, como un pagano ebrio! Había vivido libre y feliz, sin las fatigas del trabajo, y hasta en el trance de la muerte sabia marchar al otro mundo, con aparato de rico, a costa de los demás.

A media noche metieron el féretro en el < carro de las anguilas», entre los cestones de la pesca, y el sacristán del Palmar, con otros tres amigos, condujo el cadáver al cementerio, deteniéndose en todas las tabernas del camino.

Tonet no se dio exacta cuenta de la muerte de su compañero. Vivía entre tinieblas, siempre bebiendo, y la embriaguez causaba en él un mutismo profundo. El miedo contenía su verbosidad, temiendo hablar demasiado.

-Sangonera ha mort! El teu compañero! -le decían en la taberna.

Él contestaba con gruñidos, bebiendo y dormitando, mientras los parroquianos atribuían su silencio a la pena por la muerte del camarada.

Neleta, blanca y triste, como si a todas horas pasase y repasase un fantasma ante sus ojos, pretendía evitar que su amante bebiera.

-Tonet, no begues -decía con dulzura.


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