Cañas y Barro: 147

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Y se asustaba ante el gesto de rebelión, de sorda cólera con que le contestaba el borracho. Adivinaba que su imperio sobre aquella voluntad se había desvanecido. Algunas veces veía brillar en sus ojos un odio naciente, una animosidad de esclavo resuelto a chocar con el antiguo opresor, aniquilándole.

No prestaba atención a Neleta, y llenaba su vaso en todos los toneles de la casa. Cuando le sorprendía el sueño, tendíase en cualquier rincón, y allí. permanecía como muerto, mientras la Centella, con el dulce instinto de los perros, acariciaba su rostro y sus manos.

Tonet no quería que despertase su pensamiento. Tan pronto como la embriaguez comenzaba a desvanecerse, sentía una inquietud penosa.

Las sombras de los que entraban en la taberna, al proyectarse en el suelo, le hacían levantar la cabeza con alarma, como si temiese la aparición de alguien que turbaba sus sueños con el escalofrío del terror.

Necesitaba reanudar la embriaguez, no salir de su estado de embrutecimiento, que le amodorraba el alma embotando sus sensaciones.

Al través de los velos con que la embriaguez envolvía su pensamiento, todo le parecía lejano, difuso, borroso. Creía que iban transcurridos muchos años desde aquella noche pasada en el lago: la última de su existencia de hombre, la primera de una vida de sombras, que atravesaba a tientas con el cerebro oscurecido por el alcohol. El recuerdo de aquella noche le hacía temblar apenas se sentía libre de la embriaguez.

Solamente borracho podía tolerar este recuerdo, viéndolo indeciso, como una de esas vergüenzas lejanas cuya evocación duele menos perdida en las brumas del pasado.

Su abuelo vino a sorprenderle en este embrutecimiento. El tío Paloma aguardaba al día siguiente la llegada de don Joaquín para una cacería en los carrizales. ¿Quería cumplir el nieto su palabra? Neleta le instó a que aceptase. Estaba enfermo, le convenía distraerse, llevaba más de una semana sin salir de la taberna. El Cubano se sintió atraído por la promesa de un día de agitación. Su entusiasmo de cazador volvió a renacer.

¿Iba a vivir siempre lejos del lago?

Pasó el día cargando cartuchos, limpiando la magnifica escopeta del difunto Cañamel; y ocupado en esto, bebió menos. La Centella saltaba en torno de él, ladrando de alegría al ver los preparativos.

A la mañana siguiente se presentó el tío Paloma, trayendo en el barquito a don Joaquín con todos sus arreos vistosos de cazador.


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