Cañas y Barro: 153

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Su serpiente estaba en el pueblo, como la del pastor en el llano salvaje.

Aquella Sancha del Palmar, desde su asiento de la taberna, era la que le mataba con los anillos inflexibles del crimen.

No quería volver al mundo. Imposible vivir entre gentes: no podría mirarlas; vería en todas partes la cabecita deforme, hinchada, monstruosa, con sus cuencas profundas devoradas por los gusarapos. Sólo al pensar en Neleta un velo de sangre pasaba por sus ojos, y en medio de su arrepentimiento alzábase el deseo homicida, el impulso de matar a la que consideraba ahora como su enemiga implacable... ¿Para qué un nuevo crimen?

Allí, en la soledad, lejos de toda mirada, se sentía mejor, y allí quería quedarse.

Además, un miedo absorbente surgía en él con toda la fuerza del egoísmo, única pasión de su vida. Tal vez a aquellas horas circulaba por el Palmar la noticia del horrible suceso. Su abuelo callarla, pero aquel extraño venido de la ciudad no tenía por qué guardar silencio. Buscarían, averiguarían, vendrían los tricornios charolados desde la huerta de Ruzafa; él no tendría valor para sostener las miradas, no sabría mentir, confesaría el crimen, y su padre, aquel trabajador puro ante Dios, morirla de vergüenza... Y si lograba encerrarse en su mentira, salvando la cabeza, ¿qué ganaba con ello? ¿Había de volver a los brazos de Neleta, a verse oprimido otra vez por los anillos del reptil...? No; todo había acabado. Era la mala rama y debía caer; no obstinarse en seguir muerto y sin jugo, agarrado al árbol, paralizando su vida.

Ya no lloraba. Con un supremo esfuerzo de su voluntad salió del doloroso ensimismamiento.

Caída en la proa de la barca estaba la escopeta de Cañamel. Tonet la miró con expresión irónica. ¡Bien reiría el tabernero si le viese! Por primera vez, el parásito engordado a su sombra iba a emplear para una acción buena algo de lo que le había usurpado.

Con tranquilidad de autómata se descalzó un pie, arrojando lejos la alpargata. Montó las dos llaves de la escopeta, y desabrochándose la blusa y la camisa, se inclinó sobre el arma hasta apoyar en el doble cañón su pecho desnudo.

El pie descalzo subió dulcemente a lo largo de la culata buscando los gatillos, y una doble detonación conmovió con tanta fuerza el carrizal, que de todos lados salieron revoloteando las aves, locas de miedo.

El tío Paloma no volvió al Palmar hasta la caída de la tarde.


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