Cañas y Barro: 154

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Había dejado en el Saler a su cazador, que deseaba cuanto antes salir del lago y llegar a la ciudad, jurando no volver a aquellos sitios. ¡En dos viajes, dos desgracias! La Albufera sólo guardaba para él sorpresas terribles. La última le iba a costar una enfermedad. El tranquilo ciudadano, padre de numerosa prole, no podía apartar de su memoria el lúgubre envoltorio que habla pasado ante sus ojos. Seguramente que al llegar a su casa tendría que meterse en cama pretextando cualquier dolencia. La sorpresa lo había conmovido profundamente.

El mismo cazador aconsejaba al tío Paloma una reserva absoluta. ¡Que no se le escapase una palabra! Nada habían visto. Debía recomendar el silencio a su pobre nieto, fugitivo, sin duda, por la impresión de la terrible sorpresa. El lago había vuelto a tragarse el secreto, y sería una candidez que ellos hablasen, sabiendo cómo marea la justicia a los inocentes cuando cometen la tontería de ir en su busca. Los hombres honrados deben evitar todo contacto con la ley... Y el pobre señor, después de desembarcar en tierra firme, no se metió en su tartana hasta que el barquero, cada vez más pensativo, le juró varias veces que sería mudo.

Cuando, al anochecer, llegó el tío Paloma al Palmar, amarró frente a la taberna los dos barquitos en que habían salido por la mañana. Neleta, derecha tras el mostrador, buscó en vano a Tonet con su mirada.

El viejo adivinó.

-No l’esperes -dijo con voz fosca.-. No tornarà més..

Y con acento reconcentrado le preguntó si se sentía mejor, hablando de la palidez de su rostro con una intención que hizo estremecerse a Neleta.

La tabernera adivinó inmediatamente que el tío Paloma conocía su secreto.

-Pero... i Tonet? -volvió a preguntar con voz angustiosa.

El viejo hablaba volviendo los ojos, como si deseara no verla, para conservar su forzada calma. Tonet no volvería más. Había huido lejos, muy lejos, a un país de donde nunca se vuelve. Era lo mejor que podía haber hecho... Así, todo quedaba arreglado y en el misterio.

-Pero vosté .. ? vosté ..? -gimió Neleta con angustia, temiendo que el viejo hablase.

El tío Paloma callaría. Lo afirmó golpeándose el pecho. Despreciaba a su nieto, pero tenía interés en que nada se supiera. El nombre de los Palomas, después de siglos de honrado prestigio, no estaba para ser arrastrado por un perezoso y una perra.


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