Cañas y Barro: 155

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 155 de 158
Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


-Plora, gossa, plora! -decía el barquero con irritación.

Debía llorar toda su vida, ya que era la perdición de una familia. ¡Que conservase su dinero! No seria él quien viniera a pedírselo a cambio del silencio... Y si quería saber dónde estaba su amante, dónde su hijo, no tenia más que mirar al lago. La Albufera, madre de todos, guardaría el secreto con tanta fidelidad como él.

Neleta quedó aterrada por esta revelación; pero aun en medio de su inmensa sorpresa miraba con inquietud al viejo, temiendo por su porvenir al verlo confiado al mutismo del tío Paloma.

El viejo se golpeó una vez más el pecho. ¡Que viviese feliz y gozase su riqueza! El callaría siempre.

La noche fue lúgubre en la barraca de los Palomas. A la luz moribunda del candil, el abuelo y el padre, sentados frente a frente, hablaron mucho tiempo, con su gravedad de seres distanciados por el carácter, que sólo podían aproximarse a impulsos de la desgracia.

El tío Paloma no usó de paliativos para dar la noticia. Había visto al chico muerto, con el pecho destrozado por dos cargas de perdigones, hundido en el barro de la mata, con los pies fuera del agua, junto al barquito abandonado. El tío Toni apenas pestañeó. Sólo sus labios se apretaron convulsivamente, y con las manos crispadas se arañó las rodillas.

Un lamento prolongado, estridente, salió del ángulo oscuro de la barraca donde estaba la cocina, como si en esta lobreguez degollasen a alguien. Era la Borda que gemía, aterrada por la noticia.

-Silenci, chiqueta! -gritó imperiosamente el viejo.

-Calla, calla! -dijo el padre.

Y la infeliz sollozó sordamente, oprimida en su dolor por la firmeza de aquellos dos hombres de férrea voluntad, que, al ser mordidos por la desgracia, permanecían con exterior impasible, sin la más leve emoción en los ojos.

El tío Paloma relataba lo ocurrido a grandes rasgos: la aparición de la perra con su horrible presa; la fuga de Tonet; después, a la vuelta del Saler, su minuciosa exploración por la mata, presintiendo una desgracia, y su hallazgo del cadáver. El lo adivinaba todo. Recordaba la desaparición de Tonet la víspera de la tirada; la palidez y el desfallecimiento de Neleta; su aspecto de enferma después de aquella noche, y con su astucia de viejo reconstruía el parto doloroso en el silencio nocturno, con el terror a ser oída por los vecinos, y después el infanticidio, un crimen que le hacia despreciar a Tonet, más por cobarde que por criminal.


<<<
>>>