Cañas y Barro: 157

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Excitado por los lloros de la Borda, el viejo la amenazaba. Debía callar.¿Es que quería perderlos?

La noche fue interminable, de un silencio trágico. El lóbrego ambiente de la barraca parecía aún más denso, como si sobre él proyectasen su sombra las alas negras de la desgracia.

El tío Paloma, con la insensibilidad del viejo duro y egoísta que desea prolongar su vida, dormitaba en la silleta de esparto. Su hijo pasaba las horas inmóvil, con los ojos desmesuradamente abiertos, fijos en el oleaje de sombras que la trémula luz del candil trazaba en la pared. La Borda, sentada en el fogón, sollozaba débilmente, oculta en la sombra.

Hubo un momento en que el tío Toni se estremeció como si despertase.

Se irguió, fue a la puerta de la barraca, y abriéndola, miró al cielo estrellado. Debían ser las tres. La calma de la noche pareció penetrar en él, afirmando la resolución que acababa de surgir en su voluntad.

Se aproximó al viejo y lo empujó, hasta despertarlo.

-Pare... pare! -dijo con voz suplicante-. A on està...?

El tío Paloma, medio dormido, protestó furioso. Debía dejarle en paz. Aquello no tenía remedio. Quería dormir, y ¡ojalá no despertase nunca...!

Pero el tío Toni continuaba suplicando. Debía pensar que era su nieto; él, que era el padre, no podría vivir mientras no lo contemplase por última vez. Se lo imaginaría a todas horas en el fondo del lago, corrompido por las aguas, devorado por las bestias, sin la sepultura en tierra que alcanzaban los más miserables, hasta aquel Sangonera que vivió sin padre. ¡Ay! ¡Trabajar sufriendo toda la vida para asegurar el pan al hijo único, y abandonarlo después, sin saber dónde está su tumba, como los perros muertos que se arrojan en la Albufera! ¡No podía ser, padre! ¡Era muy cruel! Jamás tendría valor para navegar en el lago, pensando que tal vez su barca pasaba sobre el cadáver del hijo.

-Pare... pare! -imploraba moviendo al viejo casi dormido.

El tío Paloma se irguió, como si fuese a pegarle. ¿Quería dejarle en paz? ¿Buscar él otra vez a aquel cobarde...? ¡Que le dejasen dormir! No quería revolver el barro, con peligro de hacer pública la deshonra de su familia.

-Però... a on està? -preguntaba ansioso el padre.

Él iría solo; pero ¡por Dios! debía decirle el sitio. Si el abuelo no hablaba, sentíase capaz de pasar el resto de la vida registrando el lago, aunque hiciera público su secreto.

-En la mata del Bolodró -dijo por fin el viejo-. Te costará d’encontrar. Y cerró los ojos, inclinando la cabeza para reanudar aquel sueño del que no quería salir.

El tío Toni hizo un gesto a la Borda. Cogieron sus azadones de enterradores, sus perchas de barqueros, los agudos tridentes que servían para la pesca de las piezas gruesas, encendieron un farol en la luz del candil, y en el silencio de la noche atravesaron el pueblo para embarcarse en el canal.


Cañas y Barro de Vicente Blasco Ibáñez

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