Cañas y Barro: 158

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 158 de 158
Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


El negro barquito, con el farol en la proa, pasó toda la noche evolucionando por el interior de los carrizales. Veíasele como una estrella roja errando a través de las cañas.

Cerca del amanecer la luz se apagó. Habían encontrado el cadáver, después de dos horas de busca angustiosa, tal como lo vio el abuelo: con la cabeza hundida en el barro, los pies fuera del agua y el pecho convertido en una masa sanguinolenta, destrozado a boca de jarro por la metralla de los cartuchos de caza.

Lo recogieron con sus tridentes del fondo del agua. El padre, al clavar su fitora en aquel bulto blanducho, izándolo a la barca con sobrehumano esfuerzo, creyó que la hundía en su propio pecho. Después fue la marcha lenta, angustiosa, mirando a todos lados, como criminales que temen ser sorprendidos. La Borda, siempre sollozante, perchaba en la proa; el padre ayudábala en el otro extremo de la barca; y entre estas dos figuras rígidas, que recortaban su negra silueta en la difusa luz de la noche estrellada, yacía tendido el cadáver del suicida.

Abordaron a los campos del tío Toni, aquel suelo artificial, formado espuerta sobre espuerta, a fuerza de puños, con una tenacidad loca.

El padre y la Borda, cogiendo el cadáver, lo descendieron cuidadosamente a tierra, como si fuese un enfermo que podía despertar. Después, con sus azadones de enterradores infatigables, comenzaron a abrir una fosa.

Una semana antes aún traían tierra allí desde todos los extremos del lago. Ahora la quitaban para ocultar la deshonra de la familia.

Comenzaba a amanecer cuando bajaron el cadáver al fondo de la fosa, que rezumaba agua por todos lados. Una luz fría y azulada extendíase sobre la Albufera, dando a su superficie el duro reflejo del acero. Por el espacio gris pasaban en triángulo las primeras bandadas de pájaros.

El tío Toni miró por última vez a su hijo. Después volvió la espalda, como si le avergonzasen las lágrimas que rompían por fin la dureza de sus ojos.

Su vida estaba terminada. ¡Tantos años de batalla con el lago, creyendo que formaba una fortuna, y preparando, sin saberlo, la tumba de su hijo...!

Hería con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida.

Primero la había dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones; ahora, cuando había que abonarla, la entregaba sus propias entrañas, el hijo, el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.

La tierra cumpliría su misión: crecería la cosecha como un rnar de espigas cobrizas sobre el cadáver de Tonet. Pero a él... ¿qué le restaba que hacer en el mundo?

Lloró el padre contemplando el vacío de su existencia, la soledad que le esperaba hasta la muerte, lisa, monótona, interminable, como aquel lago que brillaba ante sus ojos, sin una barca que cortase su rasa superficie.

Y mientras el lamento del tío Toni rasgaba como un alarido de desesperación el silencio del amanecer, la Borda, viendo de espaldas a su padre, inclinóse al borde de la fosa y besó la lívida cabeza con un beso ardiente, de inmensa pasión, de amor sin esperanza, osando, ante el misterio de la muerte, revelar por primera vez el secreto de su vida.

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia)

Septiembre-noviembre 1902


<<<