Cañas y Barro: 45

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 45 de 158
Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


El sombrío trabajador fue allá, silencioso como siempre, con un ligero bufido que movía sus labios como si se pegasen uno a otro.

Su hijo bebía en el centro de la taberna con la sed del ebrio, rodeado de un público atento, al que hacia reír con el relato de las barrabasadas cometidas en esta expedición de recreo.

De un revés, el tío Toni le rompió el porrón que llevaba a su boca, abatiéndole la cabeza sobre un hombro. Tonet, anonadado por el golpe y viendo a su padre frente a él, se encogió por unos momentos; pero después, brillando en sus ojos una luz turbia e impura que daba miedo, se lanzó contra él, gritando que nadie le pegaba impunemente, ni aun su mismo padre.

Pero no era fácil rebelarse contra aquel hombretón grave y silencioso, firme como el deber, y que llevaba en sus brazos la energía de más de treinta años de continua batalla con la miseria. Sin despegar los labios contuvo a la fierecilla, que pretendía morderle, con una bofetada que le hizo tambalearse, y casi al mismo tiempo, con el empuje de uno de sus pies lo envió contra el muro, haciéndole caer de bruces en la mesilla de unos jugadores.

La gente se abalanzó sobre el padre, temiendo que en su cólera de atleta silencioso aporrease a todos los concurrentes de la taberna. Cuando se restableció la calma y soltaron al tío Toni su hijo ya no estaba allí. Había huido levantando los brazos en actitud desesperada... ¡Le habían pegado...! ¡A él, que tan temido era...! ¡Y en presencia de todo el Palmar...!

Transcurrieron algunos días sin que se tuvieran noticias de Tonet.

Poco a poco se supo algo por la gente que iba al Mercado de Valencia. Estaba en el cuartel de Monte-Olivete, y muy pronto se embarcaría para Cuba. Había sentado plaza. Al huir desesperado hacia la ciudad, se había detenido en las tabernas inmediatas al cuartel donde estaba el banderín de enganche para Ultramar. La gente que pululaba por allí, voluntarios en espera de embarque y reclutadores astutos, le habían decidido a tal resolución.

El tío Toni en el primer momento quiso protestar. El muchacho no tenia aún veinte años; se había cometido una ilegalidad. Además, era su hijo, su único hijo. Pero el abuelo le hizo desistir con su habitual dureza.

Era lo mejor que podía hacer su nieto. Crecía torcido: ¡que corriese mundo y que sufriera!, ¡ya se encargarían de enderezarlo! Y si moría, un vago menos; al fin, todos, más pronto o más tarde, habían de morir.

El muchacho partió sin protesta. La Borda fue la única que, escapándose de la barraca, se presentó en Monte-Olivete y le despidió llorando, después de entregarle toda su ropa y los cuartos de que pudo apoderarse sin que se enterara el tío Toni. A Neleta ni una palabra: el novio parecía haberla olvidado.


<<<
>>>