Cañas y Barro: 55

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Sobre la pila de agua bendita, un cartelón con caracteres góticos rezaba así:

Si por la ley del amor
no es lícito delinquir,
no se permite escupir
en la casa del Señor

No había en el Palmar quien no admirase estos versos, obra, según el tío Paloma, de cierto vicario, allá en los tiempos en que el barquero era mozo. Todos se habían ejercitado en la lectura, deletreándolos durante las innumerables misas de su existencia de buenos cristianos. Pero si se admiraba la poesía, no se aceptaba el consejo, y los pescadores, sin respeto alguno a «la ley del amor», tosían y escupían con su crónica ronquera de anfibios, deslizándose la ceremonia religiosa en un continuo carraspeo que ensuciaba el piso y hacía volver al oficiante su colérica mirada.

Nunca había tenido el Palmar vicario como, el pare Miquel. Decíase que lo habían enviado allí de castigo, pero él parecía tomar su desgracia muy a gusto. Cazador infatigable, apenas terminaba su misa se calzaba las alpargatas de esparto, encasquetábase la gorra de piel, y seguido por su perro, metíase Dehesa adentro o hacía correr su barquito por entre los espesos carrizales para tirar a las pollas de agua. Había que ayudarse un poco en su miserable posición, según él decía. El sueldo era de cinco reales diarios, y estaba condenado a morir de hambre, como sus antecesores, a no ser por la escopeta, que toleraban los guardas de la selva, y surtía de carne su mesa todos los días. Las mujeres admiraban su energía de varón fuerte, viendo cómo las dirigía casi a puñetazos. Los hombres no celebraban menos la llaneza con que trataba las funciones de su ministerio. Era un cura de escopeta. Cuando el alcalde tenía que pasar la noche en Valencia, dejaba su autoridad en manos de don Miguel; y éste, satisfecho de la transformación, llamaba al cabo de los carabineros de mar.

-Usted y yo somos las únicas autoridades del pueblo. Velemos por él.

Y salían de ronda toda la noche, con la carabina pendiente del hombro, entrando en las tabernas para enviar las gentes a dormir, deteniéndose en el presbiterio varias veces para beber una copa de caña, hasta que apuntaba el día, y don Miguel, dejando el arma y su, traje de contrabandista, se entraba en la iglesia para decir la misa a los pescadores.


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