Cañas y Barro: 56

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Los domingos, mientras realizaba el sagrado acto, miraba con el rabillo del ojo a los fieles, fijándose en los que escupían con insistencia, en las comadres que charlaban murmurando de la vecina, en los chicuelos que se empujaban cerca de la puerta; y al volverse, irguiendo su arrogante cuerpo para bendecir a todos, miraba con tales ojos a los culpables, que éstos se estremecían adivinando las próximas amenazas del pare Miquel. Él era quien había expulsado a patadas al ebrio Sangonera, al pillarle por tercera o cuarta vez empuñando la botella de vino de la sacristía. En su casa sólo el cura podía beber. El genio violento le acompañaba en todas sus funciones sagradas, y muchas veces, en plena misa, al notar que el sucesor de Sangonera equivocaba las respuestas o andaba tardo en trasladar el Evangelio de un lado a otro, le largaba una coz por debajo de las randas del alba, chasqueando la lengua como si llamase a su perro.

Su moral era sencilla: residía en el estómago. Cuando los penitentes excusaban sus faltas en el confesonario, la penitencia era siempre la misma. ¡Lo que debían hacer era comer más! Por eso el demonio los agarraba al verlos tan flacos y amarillentos. Lo que él decía: «Buenos bocados y menos pecados». Y si alguien contestaba alegando su miseria, indignábase el cura, soltando un taco redondo. Recordons! ¿Pobres y vivían en la Albufera, el mejor rincón del mundo? Allí estaba él con sus cinco reales, y lo pasaba mejor que un patriarca. Le habían enviado al Palmar creyendo hacerle la santísima, y sólo cambiaba su puesto por una canonjía en Valencia. ¿Para qué habría criado Dios las becadas de la Dehesa, que volaban en enjambre como las moscas, los conejos, tan numerosos como las hierbas, y todos aquellos pájaros del lago, que no había más que remover los cañares para que saltasen a docenas? ¿Es que esperaban que la carne cayese ya desplumada y con sal en sus calderos...? Lo que debían tener era más afición al trabajo y temor a Dios.

No todo había de ser pescar anguilas, pasando las horas sentados en una barca, como mujeres, y comer carne blancuzca que olía a barro. Así estaban de enmohecidos y pecadores, que daban asco. El hombre que es hombre, ¡cordones! debía ganarse como él la comida... ¡a tiros...!

Después de Pascua Florida, cuando todo el Palmar vaciaba su saco de pecados en el confesonario, menudeaban los escopetazos en la Dehesa y en el lago, y los guardas iban locos de un lado a otro, sin poder adivinar a qué obedecía este furor repentino por la caza.

Terminó la misa, y la muchedumbre se esparció por la plazoleta. Las mujeres no volvían a sus barracas para preparar el caldero de mediodía.

Se quedaban con los hombres frente a la escuela, donde se verificaba el sorteo: el mejor edificio del Palmar, el único con dos pisos, una casita que tenia abajo el departamento de los niños y arriba el de las niñas. En el piso superior se verificaba la ceremonia, y al través de las ventanas abiertas se veía al alguacil, ayudado por Sangonera, arreglar la mesa con el sillón presidencial para el señor que vendría de Valencia y los bancos de las dos escuelas para los pescadores miembros de la Comunidad.


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