Cañas y Barro: 57

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Los más viejos del pueblo se agrupaban junto al olivo retorcido y de escasas hojas, único adorno de la plaza. Este árbol raquítico y antiguo, arrancado de las montañas para languidecer en un suelo de barro, era el punto de reunión del pueblo, el sitio donde se desarrollaban todos los actos de su vida civil. Bajo sus ramas se hacían los tratos de la pesca, se cambiaban las barcas y se vendían las anguilas a los revendedores de la ciudad. Cuando alguien encontraba en aguas de la Albufera un mornell abandonado, una percha flotando o cualquier otro útil de pesca, lo dejaba al pie del olivo, y la gente desfilaba ante él, hasta que el dueño lo reconocía por la marca especial que cada pescador ponía a sus útiles.

Todos hablaban del próximo sorteo con la emoción temblorosa del que confía su porvenir al azar. Antes de una hora iba a decidirse para cada uno la miseria de un año o la abundancia. En los corrillos se hablaba de los seis primeros puestos, de los seis redolins mejores, los únicos que podían hacer rico a un pescador, y que correspondían a los seis primeros nombres que salían de la bolsa. Eran los puestos de la Sequiota, o los inmediatos a ella, el camino que seguían las anguilas en las noches tempestuosas, huyendo hacia el mar, para encontrarse con las redes de los redolins, donde quedaban prisioneras.

Se recordaba con misterio a ciertos afortunados pescadores, dueños de un puesto de la Sequiota, que en una noche de tempestad, cuando alborotada la Albufera se rizaba en ondas que dejaban al descubierto el barro del fondo, habían cogido seiscientas arrobas de pesca. ¡Seiscientas arrobas, a dos duros...! Brillaban los ojos con el fuego de la codicia, pero todos se hablaban al oído, repitiendo misteriosamente las cifras de la pesca, temiendo que les oyese alguien que no fuera del Palmar, pues desde pequeño cada cual aprendía, con extraña solidaridad, la conveniencia de decir que se pescaba poco, para que la Hacienda –aquella señora desconocida y voraz- no les afligiera con nuevos impuestos.

El tío Paloma hablaba de los tiempos pasados, cuando la gente no se multiplicaba como los conejos de la Dehesa y sólo entraban en el sorteo unos sesenta pescadores, únicos que constituían la Comunidad.

¿Cuántos eran ahora? En el sorteo del año anterior habían figurado más de ciento cincuenta. Si continuaba creciendo la población, serían más los pescadores que las anguilas y perderla el Palmar las ventajas de su privilegio de los redolins, que le daba cierta superioridad sobre los otros pescadores del lago.

El recuerdo de estos «otros», de los pescadores de Catarroja, que compartían con los del Palmar el disfrute de la Albufera, ponía nervioso al tío Paloma. Los odiaba tanto como a los agricultores que roían el agua creando nuevos campos. Según decía el barquero, aquellos pescadores que vivían lejos del lago, en las afueras de Catarroja, mezclados con los labradores y trabajando la tierra cuando se pagaban bien los jornales, no eran más que pescadores de ocasión, gentes que venían al agua empujadas por el hambre, a falta de cosas más productivas en que ocuparse.

El tío Paloma tenia clavado en el alma el orgullo de estos enemigos, que se consideraban los primeros pobladores de la Albufera. Según ellos, eran los de Catarroja los pescadores más antiguos, aquellos a quienes el glorioso rey don Jaime, después de conquistar Valencia, dio el primer privilegio para que explotasen el lago, con el gravamen de entregar la quinta parte de la pesca a la Corona.


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