Cañas y Barro: 61

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Neleta también había acudido a la plaza, atraída por aquel acto, que era una de las mejores fiestas del pueblo. Iba endomingada, parecía una señorita de Valencia, y la Samaruca, su feroz enemiga, se burlaba en un corro hostil de su moño alto, del traje de color de rosa, del cinturón con hebilla de plata y de su olor de «mujer mala», que escandalizaba a todo el Palmar, haciendo perder la calma a los hombres. La graciosa rubia, desde que era rica, se perfumaba de un modo violento, como si quisiera aislarse del hedor de fango que envolvía al lago. Se lavaba poco la cara, como todas las mujeres de la isla; su piel no era muy limpia, pero jamás faltaba sobre ella un capa de polvos, y a cada paso sus ropas despedían un rabioso perfume de almizcle, que hacía dilatar el olfato con placentera beatitud a los parroquianos de la taberna.

En la muchedumbre se marcó una gran ondulación. ¡Ya estaba allí...!

¡La ceremonia iba a comenzar! Y pasaron ante el gentío el alcalde con su bastón de borlas negras, todos sus adláteres y el enviado de la Hacienda, un pobre empleado al que miraban los pescadores con admiración –imaginando confusamente su inmenso poder sobre la Albufera- y al mismo tiempo con odio. Aquel lechuguino era el que se tragaba la media arroba de plata.

Todos fueron subiendo con lentitud por la estrecha escalerilla de la escuela, que sólo podía contener una persona de frente. Una pareja de carabineros, fusil en mano, guardaba la puerta para impedir la entrada de las mujeres y los chicuelos, que alteraban las deliberaciones de la reunión. De vez en cuando la curiosidad de la gente menuda pretendía arrollarlos, pero los carabineros presentaban las culatas y hablaban de dar una paliza a toda la chiquillería, que con sus gritos turbaba la solemnidad del acto.

Arriba era tanta la aglomeración, que los pescadores, no encontrando sitio en los bancos, se apiñaban en los balcones. Unos, los más antiguos, llevaban el gorro rojo de los viejos habitantes de la Albufera; otros cubrían su cabeza con el pañuelo de largo rabo de los labriegos o con sombreros de palma. Todos iban vestidos de colores claros, con alpargatas de esparto o descalzos, y de esta muchedumbre sudorosa y apretada surgía el eterno hedor viscoso y frío de los anfibios criados en el barro.

Sobre la plataforma del maestro estaba la mesa presidencial. En el centro el enviado de la Hacienda dictando a su escribiente el encabezamiento del acta, y a sus lados el cura, él alcalde, el jurado, el teniente y otros invitados, entre los que figuraba el médico del Pamar, un pobre paria de la ciencia, que por cinco reales venía embarcado tres veces por semana a curar en bloque a los tercianarios pobres.

Se levantó de su asiento el Jurado. Ante él tenía los libros de cuentas de la Comunidad, maravillosos jeroglíficos, en los que no entraba ni una sola letra, estando representados los pagos por figuras de todas clases.


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