Cañas y Barro: 62

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Así lo habían inventado los antiguos jurados, que no sabían escribir, y así continuaba. Cada hoja contenía la cuenta de un pescador. Nada de inscribir su nombre en la cabecera, sino la marca que cada cual ponía a su barquito y sus redes para reconocerlos. Uno era una cruz, el otro unas tijeras, el de más allá un pico de fálica, el tío Paloma una media luna, y así se entendía el jurado, no teniendo más que mirar el jeroglífico para decir: «Ésta es la cuenta de Fulano». Y después, en el resto de la página, rayas y más rayas, significando cada una de ellas el pago de un mes de impuesto. Los viejos barqueros alababan este sistema de contabilidad. Así cualquiera podía revisar las cuentas, y no había trampas como en esos librotes de números y apretada escritura que sólo entienden los señores.

El Jurado, un mocetón avispado, de cabeza rapada y ojos insolentes, tosió y escupió varias veces antes de hablar. Los invitados, que ocupaban la presidencia, echaron el cuerpo atrás y comenzaron a conversar entre sí. Iban a tratarse primeramente los asuntos de la Comunidad, en los que ellos no podían intervenir. Eran cosas que debían arreglarse entre pescadores. El Jurado comenzó su peroración: «Caballees...!».

Y paseó su mirada imperiosa sobre el concurso, imponiendo silencio.

Abajo, en la plaza, chillaban los chicos como condenados y la charla de las mujeres subía con molesto zumbido. El alcalde hizo salir al alguacil, saltando por entre la gente para imponer silencio y que el jurado siguiera su discurso.

Caballeros, las cosas claras. A él lo habían hecho jurado para cobrar a cada uno su parte y entregar todos los trimestres a la Hacienda cerca de mil quinientas pesetas, la famosa media arroba de plata de que hablaba todo el pueblo. Pues bien; las cosas no podían seguir así. Muchos se retrasaban en el pago, y los pescadores mejor acomodados tenían que suplir la falta. Para evitar en adelante este desorden, proponía que los que no estuviesen al corriente en el pago no entrasen en el sorteo.

Una parte del público acogió con murmullos de satisfacción estas palabras. Eran los que habían pagado, y al quedar excluidos del sorteo muchos de sus compañeros, veían aumentada la probabilidad de conseguir los primeros puestos. Pero la mayoría de la reunión, la de aspecto más mísero, protestaba a gritos, poniéndose de pie, y durante algunos minutos el jurado no pudo dejarse oír.

Al restablecerse el silencio y ocupar todos sus sitios se levantó un hombre enfermizo, de cara pálida, con un resplandor malsano en los ojos. Hablaba lentamente, con voz desmayada; sus palabras se cortaban a lo mejor por un escalofrío. Él era de los que no habían pagado: tal vez nadie debía tanto como él. En el sorteo anterior le tocó uno de los últimos puestos y no había pescado ni para dar de comer a su familia. En un año había perchado dos veces hacia Valencia llevando en el fondo del barquito dos cajas blancas con galones dorados, dos monerías, que le hicieron pedir dinero a préstamo... Pero ¡ay!, ¡qué menos puede hacer un padre que adornar bien a sus pequeños cuando se van para siempre...!


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