Cañas y Barro: 63

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Se le habían muerto dos hijos por comer mal, como decía el pare Miquel, allí presente, y después él había pillado las tercianas trabajando, y las arrastraba meses y meses. No pagaba porque no podía. ¿Y por esto iban a quitarle su derecho a la fortuna? ¿No era él de la Comunidad de Pescadores, como lo fueron sus padres y sus abuelos...?

Se hizo un silencio doloroso, en el que podía oírse el sollozar del infeliz, caído sin fuerzas en su asiento con la cara entre las manos, como avergonzado de su confesión.

-No, redéu, no! -gritó una voz temblona con una energía que conmovió a todos.

Era el tío Paloma, que, puesto de pie, con el gorro encasquetado, los ojillos llameantes de indignación, hablaba apresuradamente, mezclando en cada palabra cuantos juramentos y tacos guardaba en su memoria.

Los viejos compañeros le- tiraban de la faja para llamarle la atención sobre su falta de respeto a los señores de la presidencia; pero él les contestaba con el codo y seguía adelante. ¡Valiente cosa le importaban tales peleles a un hombre como él, que había tratado reinas y héroes...!

Hablaba porque podía hablar. ¡Cristo! Él era el barquero más viejo de la Albufera, y sus palabras debían tomarse como sentencias. Los padres y los abuelos de todos los presentes hablaban por su boca. La Albufera pertenecía a todos, ¿estamos?, y era vergonzoso quitarle a un hombre el pan por si había pagado o no a la Hacienda. ¿Es que esa señora necesitaba para cenar las míseras pesetas de un pescador...?

La indignación del viejo animaba al público. Muchos retan a carcajadas, olvidando la impresión penosa de momentos antes.

El tío Paloma recordaba que él también había sido jurado. Bueno era tener el puño duro con los pillos que huyen del trabajo; pero a los pobres que cumplen su deber y por ser víctimas de la miseria no pueden pagar había que abrirles la mano. ¡Cordones! ¡Ni que fuesen moros los pescadores del Palmar! No; todos eran hermanos y a todos pertenecía el lago. Esas divisiones de ricos y pobres quedaban para la tierra firme, para los «labradores», entre los cuales hay amos y criados. En la Albufera todos eran iguales: el que no pagaba ahora ya pagarla más adelante; y los que tuvieran más que supliesen las faltas de los que nada tenían, pues así había ocurrido siempre... ¡Todos al sorteo!

Tonet dio la señal de la baraúnda aclamando a su abuelo. El tío Toni no parecía muy conforme con las creencias de su padre, pero todos los pescadores pobres se abalanzaron sobre el viejo, demostrándole su entusiasmo con tirones de la blusa y cariñosas palmadas, tan vehementes, que caían sobre su nuca arrugada como una lluvia de cachetes.


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