Cañas y Barro: 65

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Pero el borracho insistió alegando sus derechos entre las crecientes risas del público, hasta que intervino el tío Paloma con sus preguntas...

Y si entraba por fin en el sorteo y le tocaba uno de los mejores puestos, ¿qué haría de él?, ¿cómo lo explotaría, si no era pescador ni conocía el oficio? El vagabundo sonrió maliciosamente. Lo importante era conseguir el puesto; lo demás corría de su cuenta. Ya se arreglaría de modo que trabajasen otros para él, dándole la mejor parte del producto. Y en su cínica sonrisa vibraba la maligna expresión del primer hombre que engañó a su semejante, haciéndolo trabajar para mantenerse en la holganza.

La franca confesión de Sangonera indignó a los pescadores. No hacia más que formular en voz alta el pensamiento de muchos, pero aquella gente sencilla se sintió insultada por el cinismo del vagabundo y creyó ver en él la personificación de todos los que oprimían su pobreza. ¡Fuera! ¡fuera! A empujones y pellizcos fue conducido hasta la puerta, mientras los pescadores jóvenes movían ruido con los pies y remedaban entre risas una riña de perros y gatos.

El vicario don Miguel se levantó indignado, avanzando su cuerpo de luchador, con la cara congestionada por la ira. ¿Qué era aquello? ¿Qué faltas de respeto se permitían con las personas graves e importantes que formaban la presidencia...? ¡A ver si bajaba él del estrado y le rompía los morros a algún guapo...!

Al hacerse instantáneamente el silencio, el cura se sentó, satisfecho de su poder, y dijo por lo bajo al teniente:

-¿Ve usted? A este ganado nadie lo entiende como yo. Hay que enseñarles el cayado de vez en cuando.

Más aún que las amenazas del pare Miquel, lo que restableció la calma fue ver que el Jurado entregaba al presidente la lista de los pescadores de la Comunidad para cerciorarse de que todos estaban presentes.

Cuantos hombres tenía el Palmar dedicados a la pesca estaban en ella. Bastaba ser mayor de edad, aunque viviera al lado del padre, para figurar en el sorteo de los redolins.

Leía el presidente los nombres de los pescadores, y cada uno de los llamados contestaba «¡Ave María Purísima!» con cierta unción, por estar el vicario presente. Algunos, enemigos del padre Miguel, respondían «Avant!», gozando con el mal gesto que ponía el vicario.


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