Cañas y Barro: 67

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


¿Podía escoger el puesto? Apenas le contestaron con un signo afirmativo, hizo la petición: quería la Sequiota. Y cuando vio que el escribiente tomaba nota, salió como un rayo del local, atropellando a todos, empujando las manos que le tendían los amigos para saludarle.

En la plaza, la multitud aguardaba con tanto silencio como arriba. Era costumbre que los primeros agraciados bajasen inmediatamente a comunicar su buena suerte, tirando el sombrero en alto como signo de alegría.

Por esto, apenas vieron a Tonet bajar casi rodando la escalerilla, una aclamación inmensa le saludó.

-És el Cubano...! És Tonet el del bigot! Té l’u! Te l’u...!

Las mujeres se abalanzaban a él con la vehemencia de la emoción, abrazándolo, llorando, como si las pudiera tocar algo de su buena suerte, y recordando a su madre. ¡Cómo se alegraría la pobre si viese aquello!

Y Tonet, revuelto entre las faldas, enardecido por la cariñosa ovación, abrazó instintivamente a Neleta, que sonreía, brillándole de contento los verdes ojos.

El Cubano quería celebrar su triunfo. Envió por cajones de gaseosas y cervezas a casa de Cañamel para todas aquellas señoras; que bebiesen los hombres cuanto quisieran; ¡él pagaba! En un instante, la plaza se convirtió en un campamento. Sangonera, con la actividad siempre despierta cuando se hablaba de beber, había secundado los deseos de su generoso amigo trayendo de casa de Cañamel todas las pastas viejas y duras almacenadas en los cristales del escaparate; y pasaba de corro en corro, llevando vasos y deteniéndose con frecuencia en el reparto para obsequiarse á sí mismo.

Iban bajando los agraciados con los otros primeros puestos, y echaban su sombrero en alto, gritando: «Vítol, vítol!». Pero sólo acudían a ellos su familia y sus amigos. Toda la atención era para Tonet, para el número uno, que tan rumboso se mostraba.

Los pescadores abandonaban la escuela. Habían ya salido unas treinta boletas; sólo quedaban los redolins malos, los que apenas daban para comer, y la gente desocupaba el local, sin sentir interés por el sorteo.

El tío Paloma iba de grupo en grupo recibiendo felicitaciones. Por primera vez se mostraba satisfecho de su nieto. ¡Je, je...! La suerte es siempre de los pillos: ya lo decía su padre. Allí estaba él, con sus ochenta sorteos, sin conseguir nunca el uno, y llegaba el nieto de correrla por tierras lejanas, y al primer año, la suerte. Pero en fin... todo caía en la familia. Y se entusiasmaba pensando que iba a ser durante un año el primer pescador de la Albufera.


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