Cañas y Barro: 69

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


El codicioso tabernero usaba con el mayor aplomo de estos recuerdos, insistiendo sobre el cariño fraternal que su mujer sentía por el joven.

Luego apeló a una resolución más heroica. Si dudaba de él, si no lo quería por compañero, llamaría a Neleta para que le convenciese.

Seguramente que ella lograría atraerlo al buen camino. ¿Qué...?, ¿la llamaba?

Tonet, seducido por estas proposiciones, dudó antes de aceptarlas. Temía las murmuraciones de la gente; pensaba en su padre, recordando sus severos consejos. Miró en torno suyo, como si pudiera inspirarle el aspecto de la gente, y vio a su abuelo que desde lejos le hacía signos afirmativos con la cabeza.

El barquero adivinaba las palabras de Cañamel. Justamente había pensado en el rico tabernero para que fuese su auxiliar. Y animó a su nieto con nuevos gestos. No debía negarse: aquél era el hombre que necesitaban.

Decidióse Tonet, y el marido de Neleta, adivinando en sus ojos la resolución, se apresuró a formular las condiciones. Él facilitaría todo lo necesario, y Tonet y su abuelo trabajarían: los productos a partir.

¿Estaba conforme...?

Conforme. Los dos hombres se estrecharon la mano, y seguidos de Neleta y el tío Paloma, marcharon hacia la taberna con el propósito de comer juntos para solemnizar el trato.

Por la plaza circuló inmediatamente la noticia. ¡El Cubano y Cañamel se habían juntado para explotar la Sequiota!

A la Samaruca hubo que llevársela de la plaza por orden del alcalde.

Escoltada por, algunas mujeres, emprendió el camino de su barraca, rugiendo como una poseída, llamando a gritos a su hermana, que había muerto hacía años, afirmando a todo pulmón que Cañamel era un sinvergüenza, ya que por realizar un negocio no vacilaba en meter en casa al amante de su mujer.


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