Cañas y Barro: 72

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


El Cubano adivinaba esta emoción. Había soñado con él, ¿verdad? Lo mismo le había ocurrido a Tonet en su barraca. Toda la noche viéndola en la oscuridad, extendiendo sus manos como si realmente fuese a tocarla.

Y después de esta mutua confesión quedaban tranquilos; seguros de una posesión moral de la que no se daban exacta cuenta; ciertos de que al fin habían de ser uno del otro fatalmente, por más obstáculos que se levantasen entre los dos.

En el pueblo no había que pensar en otra intimidad que las conversaciones de la taberna. Todo el Palmar los rodeaba durante el día, y Cañamel, enfermizo y quejumbroso, no salía de casa. Algunas veces, conmovido por un relámpago pasajero de actividad, el tabernero silbaba a la Centella, una perra vieja, de cabeza enorme, famosa en todo el lago por su olfato, y metiéndola en su barquito, iba a los carrizales más próximos para tirar a las pollas de agua. Pero a las pocas horas volvía tosiendo, quejándose de la humedad, con las piernas hinchadas como un elefante, según él decía; y no cesaba de gemir en un rincón, hasta que Neleta le hacía sorber algunas tazas de líquidos calientes, anudándole en cabeza y cuello varios pañuelos. Los ojos de Neleta iban hacia el Cubano con una expresión reveladora del desprecio que sentía por su marido.

Terminaba el verano y había que pensar seriamente en los preparativos de la pesca. Los dueños de los otros redolins arreglaban ante sus casas las grandes redes para cerrar las acequias. El tío Paloma estaba impaciente. Los artefactos que poseía Cañamel, restos de su pasada asociación con otros pescadores, no bastaban para la Sequiota. Había que comprar mucho hilo, dar trabajo a muchas mujeres de las que tejían red, para explotar cumplidamente el redolí.

Una noche cenaron en la taberna Tonet y su abuelo para tratar seriamente del negocio. Había que comprar hilo del mejor, del que se fabrica en la playa del Cabañal para los pescadores de mar. El tío Paloma iría a comprarlo, como conocedor experto, pero le acompañaría el tabernero, que quería pagar directamente, temiendo ser engañado si entregaba el dinero al viejo. Después, en la beatitud de la digestión, Cañamel comenzó a sentirse aterrado por el viaje del día siguiente. Había que levantarse al amanecer, sumiéndose en la húmeda bruma desde el lecho caliente, atravesar el lago, ir por tierra a Valencia, dirigirse después al Cabañal y luego desandar todo el camino. Su corpachón, blanducho por la inmovilidad, se estremecía ante el viaje. Aquel hombre, que había pasado gran parte de su vida rodando por el mundo, tenía echadas tan profundas raíces en el barro del Palmar, que se angustiaba pensando en un día de agitación.

El deseo de quietud le hizo modificar su propósito. Se quedaría al cuidado del establecimiento y Neleta acompañaría al tío Paloma. Nadie como las mujeres para regatear y comprar bien las cosas.


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