Cañas y Barro: 76

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Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


El alma protestaba de su servidumbre, diciendo al hombre: «No trabajes», esparciendo por los músculos la dulce embriaguez de la pereza, como un adelanto de la felicidad que a los buenos aguarda en el cielo.

-Escolta, Tonet, escolta -decía Sangonera a su amigo con acento solemne.

Y recordaba desordenadamente sus lecturas evangélicas; los preceptos que hablan quedado impresos en su memoria. No había que preguntarse con angustia por la comida y el vestido, porque, como decía Jesús, las aves del cielo no siembran ni siegan, y a pesar de esto, comen; ni los lirios del campo necesitan hilar para vestirse, pues los viste la bondad del Señor. Él era criatura de Dios y a Él se confiaba. No quería insultar al Señor trabajando, como si dudase de la bondad divina que había de socorrerle. Solamente los gentiles, o lo que es lo mismo, las gentes del Palmar que se guardaban el dinero de la pesca sin convidar a nadie, eran capaces de afanarse por el ahorro, dudando siempre del mañana.

Él quería ser como los pájaros del lago, como las flores que crecían en los carrizales: vago, inactivo y sin otro recurso que la divina Providencia.

En su miseria, nunca dudaba del mañana. «Le basta al día su propio afán.» Ya le traería el día siguiente su disgusto. Por el momento, le bastaba la amargura del día presente; la miseria, que le proporcionaba su intento de conservarse puro, sin la menor mancha de trabajo y de terrenal ambición en un mundo donde todos se disputaban a golpes la vida, molestando y sacrificando cada cual al vecino para robarle un poco de bienestar.

Tonet seguía riendo de estas palabras del borracho, dichas con exaltación creciente. Admiraba sus ideas con tono zumbón, proponiéndole abandonar el lago para meterse en un convento, donde no tendría que batallar con la miseria. Pero Sangonera protestaba indignado. Había reñido con el vicario, saliendo del presbiterio para siempre, porque le repugnaba ver en sus antiguos amos un espíritu contrario al de los libros que leían. Eran iguales a los demás: vivían atenazados por el deseo de la peseta ajena, pensando en la comida y el vestido, quejándose del decaimiento de la piedad cuando no entraba dinero en casa, con la zozobra en el mañana, dudando de la bondad de Dios, que no abandona a sus criaturas.

Él tenla fe y vivía con lo que le daban o con lo que encontraba a mano.

Ninguna noche le faltaba un puñado de paja donde acostarse, ni sentía hambre hasta el punto de desfallecer. El Señor, al ponerle en el lago, había colocado a su alcance todos los recursos de la vida para que fuese ejemplo de un verdadero creyente.


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