Cañas y Barro: 77

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 77 de 158
Cañas y Barro Vicente Blasco Ibáñez


Tonet se burlaba de Sangonera. Ya que era tan puro, ¿por qué se emborrachaba? ¿Le mandaba Dios ir de taberna en taberna para correr después los ribazos casi a gatas, con el tambaleo de la embriaguez...?

Pero el vagabundo no perdía su solemne gravedad. Su embriaguez a nadie causaba daño, y el vino era cosa santa: por algo sirve en el diario sacrificio a la Divinidad. El mundo era hermoso, pero visto a través de un vaso de vino parecía más sonriente, de colores más vivos, y se admiraba con mayor vehemencia a su poderoso autor.

Cada uno tiene sus diversiones. Él no encontraba mejor placer que contemplar la hermosura de la Albufera. Otros adoraban el dinero, y él lloraba algunas veces admirando una puesta del sol, sus fuegos descompuestos por la humedad del aire, aquella hora del crepúsculo, que era en el lago más misteriosa y bella que tierra adentro. La hermosura del paisaje se le metía en el alma, y si la contemplaba a través de varios vasos de vino, suspiraba de ternura como un chiquillo. Lo repetía: cada cual gozaba a su modo. Cañamel, por ejemplo, apilando onzas; él contemplando la Albufera con tal arrobamiento, que dentro de la cabeza le saltaban unas coplas más hermosas que las que se cantaban en las tabernas, y estaba convencido de que, a ser como los señores de la ciudad que escriben en los papeles, sabría decir cosas muy notables en medio de su embriaguez.

Después de un largo silencio, Sangonera, aguijoneado por su locuacidad, se oponía a sí mismo objeciones para rebatirlas inmediatamente. Se le diría, como cierto vicario del Palmar, que el hombre estaba condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro, después del primer pecado; mas para esto había venido jesús al mundo, para redimirlo de la primitiva falta, volviendo la humanidad a la vida paradisiaca, limpia de todo trabajo.

Pero ¡ay! los pecadores, aguijoneados por la soberbia, no hablan hecho caso de sus palabras: cada uno quería vivir con mayores comodidades que los demás; había pobres y ricos, en vez de ser todos hombres: los que desoían al Señor trabajaban mucho, muchísimo, pero la humanidad era infeliz y se fabricaba el infierno en el mundo. Le decían a él que si la gente no trabajase se viviría mal. Conforme; serían menos en el mundo, pero los que quedasen permanecerían felices y sin cuidados, subsistiendo de la inagotable misericordia de Dios... Y esto forzosamente había de ocurrir: el mundo no sería siempre igual. Jesús había de volver, para enderezar de nuevo a Iqs hombres por el buen camino. Lo había soñado muchas veces, y hasta en cierta ocasión que estuvo enfermo de tercianas, cuando le entraba el frío de la fiebre, tendido en un ribazo o agazapado en un rincón de su ruinosa barraca, veta la túnica de Él, morada, estrecha, rígida y el vagabundo extendía sus manos para tocarla y sanar repentinamente.

Sangonera mostraba una fe tenaz al hablar de este regreso a la tierra.


<<<
>>>